El extraño caso de uno de los países menos conocidos del mundo, se ubica en los cuatro hemisferios y está desapareciendo
Con apenas 9.500 turistas al año, Kiribati es único en el mundo por su ubicación en cuatro hemisferios. Pero el avance del mar lo convierte en un país en riesgo.

En medio del prácticamente interminable -y, por momentos, misterioso- Océano Pacífico existe un país tan remoto como fascinante y desconocido. Se trata de Kiribati, un archipiélago del que poco y nada se habla, pero que ostenta dos récords curiosos.
Por un lado, es el país menos visitado del mundo. Pero, además, es el único que se extiende en los cuatro hemisferios del planeta (norte, sur, este y oeste).
Pero hay algo más, que combina rareza geográfica con un dato preocupante: su inminente desaparición, marcada -fundamentalmente- por el cambio climático y como el mar se va "comiendo" su territorio.
¿Kiriba qué? El país menos visitado del mundo
Por año, son apenas unos 9.500 turistas quienes llegan a este rincón perdido del mapa. Una cifra ínfima si se la compara con otros destinos paradisíacos del Pacífico.
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— Bird-Photo-Tours ASIA (@BirdPhotoTours) March 25, 2026
El motivo no es la falta de belleza de hecho Kiribati está formado por 32 islas coralinas, muchas de ellas rodeadas de playas vírgenes, aguas turquesas y paisajes prácticamente intactos. Aquí el problema es su aislamiento extremo, la escasa infraestructura y los crecientes efectos del cambio climático.
Aunque su territorio terrestre no supera los 811 km2, su dominio marítimo abarca unos 3,5 millones de km2, lo que lo convierte en uno de los países con mayor extensión oceánica del mundo. Y es precisamente esta particularidad lo que le otorga a Kiribati el título de ser el único Estado que se distribuye entre los cuatro hemisferios.

Las islas se agrupan en tres grandes conjuntos: Gilbert, Fénix y de la Línea. Allí se encuentra Kiritimati, el atolón (formación circular de coral que encierra una laguna interior) más grande del planeta.
Pero apenas unas 20 islas están habitadas, y en total viven cerca de 140.000 personas (la mayoría en condiciones muy precarias).
Primer obstáculo: un paraíso casi imposible de alcanzar
Llegar a Kiribati no es tarea sencilla. El viaje puede demandar más de 24 horas de vuelo, con múltiples escalas en ciudades como Los Ángeles, Hawái o Singapur. Tampoco existen rutas marítimas comerciales ni ferris internacionales, y el país cuenta con apenas dos aeropuertos internacionales.
A diferencia de otros destinos masivos en el Pacífico, las autoridades han optado por un modelo de turismo controlado, priorizando la conservación ambiental y la preservación de sus ecosistemas.
Pero quienes logran llegar pueden confirmar que se trata de un verdadero paraíso. Y es que en Kiribati descubren una forma de vida ligada estrechamente a las tradiciones.

En muchas de sus islas, la población subsiste gracias a la pesca, el cultivo de cocos y el árbol del pan. En la capital, gran parte de los lugareños vive en viviendas tradicionales, aunque la modernidad empieza a abrirse paso con internet, vehículos y pequeños comercios.
Lo que la guerra dejó
Más allá de su presente silencioso y casi desapercibido, Kiribati tuvo un papel clave en la historia del siglo XX. Durante la Segunda Guerra Mundial, la isla de Tarawa fue escenario de una de las batallas más sangrientas del frente del Pacífico. En el islote de Betio murieron cerca de 6.000 personas, en un enfrentamiento que terminó con la victoria de las fuerzas aliadas.

En la actualidad, ese pasado convive con acuerdos internacionales que sostienen su economía, como los vinculados a la pesca sostenible y el comercio con la Unión Europea.
El problema invisible: Kiribati se está hundiendo
Si hay algo que define el presente -y el futuro- de Kiribati es la crisis ambiental. La mayoría de sus atolones se eleva apenas seis metros sobre el nivel del mar, y en algunos casos, como en Tarawa, no supera los tres metros.
Esto convierte al país en uno de los más vulnerables del mundo frente al aumento del nivel del mar. Según estimaciones recientes, 81% de la población ya ha sufrido directamente sus efectos, desde inundaciones hasta la pérdida de tierras habitables.

El avance del océano provoca, además, la salinización del agua dulce, la degradación de los suelos y una creciente dificultad para sostener la agricultura y la pesca.
Crisis sanitaria y superpoblación
La situación más crítica se observa en Tarawa del Sur, donde vive casi la mitad de la población. Se trata de una estrecha franja de tierra densamente poblada, donde el crecimiento urbano desordenado genera problemas de hacinamiento, falta de servicios básicos y presión sobre los recursos naturales.
Organizaciones como Médicos Sin Fronteras han intervenido para atender necesidades urgentes, especialmente en salud materno-infantil. Y es que el país enfrenta además altas tasas de enfermedades como tuberculosis, lepra y diabetes, junto con un acceso muy limitado a la atención médica.

La escasez de agua potable es otro desafío crítico. Porque los pozos están contaminados por agua salada y residuos, lo que agudiza los problemas sanitarios.
Esther Karume takes us to Abaiang, Kiribati, where she leads health screenings for women of child-bearing age, testing blood sugar levels and blood pressure to identify risks early and protect both mother and child pic.twitter.com/YQD6VJ4VKk
— MSF International (@MSF) January 4, 2026
Lo que agrava un poco más la situación de cara al futuro es que, de acuerdo a las proyecciones, para 2030, el país necesitará al menos 50 % más de alimentos. Ello en un contexto donde los recursos ya hoy son escasos.
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