Ni delfines ni chimpancés: un organismo sin cerebro desafía nuestra comprensión de la inteligencia

No tiene neuronas ni consciencia, y aun así planifica con mayor eficiencia que algunas metrópolis. Un moho mucilaginoso demuestra que la inteligencia no tiene por qué ser una cuestión del cerebro.

El moho mucilaginoso Physarum polycephalum forma redes ramificadas de protoplasma, sin cerebro, pero con sorprendentes capacidades para resolver problemas.
El moho mucilaginoso Physarum polycephalum forma redes ramificadas de protoplasma, sin cerebro, pero con sorprendentes capacidades para resolver problemas.

Es amarillento, viscoso y vive oculto en bosques húmedos. Sin embargo, desafía una de las suposiciones más fundamentales de la ciencia moderna: que la inteligencia requiere necesariamente un cerebro.

El organismo unicelular Physarum polycephalum , también conocido como moho mucilaginoso, no posee neuronas ni sistema nervioso. Sin embargo, resuelve problemas, optimiza vías y aprende de la experiencia; es decir, exhibe adaptaciones basadas en el comportamiento.

Lo que inicialmente parece una curiosidad de la naturaleza se ha convertido en un importante campo de investigación en los últimos años. Biólogos, informáticos e incluso planificadores de tráfico investigan cómo un organismo sin un órgano de control central llega a soluciones sorprendentemente eficientes.

Decisiones tomadas sin un grupo de expertos central

Physarum polycephalum pertenece a los mixomicetos, un grupo de mohos mucilaginosos que biológicamente no se clasifican claramente como plantas, animales ni hongos. En su fase activa, forma una red ampliamente ramificada de estructuras tubulares.

A través de estos canales, el protoplasma pulsa rítmicamente hacia adelante y hacia atrás, impulsado por procesos químicos y físicos.

Estas corrientes pulsantes son más que un mero movimiento:

  • Permiten al organismo recibir información de su entorno y reaccionar ante ella.
  • A medida que se acerca a una fuente de alimento, fortalece ciertas conexiones dentro de su red.
  • Si sus extensiones entran en contacto con sustancias nocivas, se evitan o desmantelan dichas zonas.

Lo sorprendente es que todo esto ocurre sin control central. Las decisiones surgen de la dinámica de todo el sistema: descentralizada, pero coordinada.

El camino más corto a través del laberinto

Un experimento realizado por investigadores japoneses a principios de la década de 2000 atrajo especial atención:

Colocaron el moho mucilaginoso en un laberinto, en cuyos extremos se colocaron copos de avena como fuente de alimento. En pocas horas, el organismo había formado una red que conectaba ambos puntos por el camino más corto posible.

El Physarum polycephalum no "calcula" conscientemente el camino más eficiente, pero su comportamiento fisicoquímico conduce a un resultado sorprendentemente similar a un cálculo.

Lo que podría haber parecido una coincidencia biológica resultó ser un patrón reproducible:

El moho mucilaginoso exploró inicialmente varias rutas, eliminó las conexiones ineficientes y finalmente estabilizó la ruta óptima. Los informáticos identificaron paralelismos entre esto y los algoritmos de optimización matemática utilizados en el análisis de redes o la planificación de rutas.

¿Aprender sin memoria?

Aún más provocativos son los experimentos que atribuyen al organismo una especie de capacidad de aprendizaje:

En experimentos realizados en universidades europeas, el moho mucilaginoso fue expuesto repetidamente a sustancias amargas como la cafeína o la quinina. Inicialmente, las evitó. Sin embargo, tras repetidos contactos, las evadió cada vez más rápido, como si hubiera comprendido que no existía peligro real.

Si el organismo se divide y luego se reúne, parece conservar esta adaptación.

Por eso, algunos investigadores hablan de una forma primitiva de memoria biológica, almacenada no en las células nerviosas, sino en la dinámica alterada de su red.

Estas observaciones desafían las definiciones convencionales de aprendizaje. Si un organismo unicelular sin sinapsis adapta su comportamiento, entonces la inteligencia podría tener que concebirse de forma más amplia.

Un mapa del metro hecho de slime

Otro experimento en Japón fue noticia en todo el mundo en 2010:

Los científicos recrearon la estructura geográfica del área metropolitana de Tokio en una placa de gel. Colocaron copos de avena en las ubicaciones de las principales estaciones de tren. Luego, introdujeron el moho mucilaginoso en el centro.

En cuestión de días, surgió una red de conexiones tubulares que conectaba las fuentes de alimento. La estructura se parecía sorprendentemente a la red de metro y ferrocarril de la región.

Lo que más destaca es que la red biológica ha demostrado ser robusta frente a perturbaciones y ha evitado desvíos innecesarios.

Los planificadores de tráfico e ingenieros lo vieron como algo más que un simple experimento: los principios de crecimiento del moho mucilaginoso se transfirieron a modelos informáticos para hacer más eficientes las redes de transporte y comunicación.

Repensando la inteligencia

Nadie afirmaría que el Physarum polycephalum piensa como un humano. Carece de consciencia, lenguaje y emociones. Y, sin embargo, demuestra que resolver problemas complejos no requiere necesariamente un cerebro.

Esto abre nuevas perspectivas para la investigación. Los procesos biológicos sirven de modelo para algoritmos que optimizan las cadenas de suministro, gestionan los flujos de tráfico o estabilizan las redes de comunicación. El moho mucilaginoso se convierte así en un modelo de inteligencia «corporizada», una inteligencia que surge de la materia, el movimiento y el entorno.

Referencia de la noticia:

Maze-solving by an amoeboid organism“ – klassisches Experiment, das zeigt, wie Physarum polycephalum den kürzesten Weg in einem Labyrinth findet.

Rules for biologically inspired adaptive network design“ – Netzwerkbildung, die dem Verkehrsnetz von Tokio ähnelt.

„Path finding by tube morphogenesis in an amoeboid organism“ – weitere experimentelle Beobachtungen zur Wegwahl.