El Pacífico arde y el Atlántico no logra ni un huracán: el misterio de la temporada de huracanes 2026

Ocho tormentas tropicales y ningún huracán: el Atlántico vive su temporada más silenciosa desde que hay satélites, mientras el Pacífico acumula monstruos de categoría 5. ¿Qué hay detrás de esta situación inédita?

Vista del huracán Isabel (2003) desde el espacio. La imagen fue tomada por un miembro de la tripulación de la Expedición 7 a bordo de la Estación Espacial Internacional el 15 de septiembre de 2003. (NASA)
Vista del huracán Isabel (2003) desde el espacio. La imagen fue tomada por un miembro de la tripulación de la Expedición 7 a bordo de la Estación Espacial Internacional el 15 de septiembre de 2003. (NASA)

Si en junio alguien te decía que íbamos a llegar a octubre sin un solo huracán en el Atlántico, lo habrías tomado como un chiste de meteorólogos. Pero acá estamos: la temporada 2026 ya generó ocho tormentas tropicales y ninguna cruzó el umbral de los 119 km/h de velocidad del viento necesarios para ser considerado huracán.

En un año normal, a esta altura ya habría unos cinco huracanes, dos de ellos de categoría 3 o superior.

En cambio, el Pacífico vive una fiesta de ciclones: 20 tormentas con nombre y tres huracanes de categoría 5, lo que empata el récord. Hawái soportó a Lala, Lowell y Nolo, y Polo alcanzó vientos de 290 km/h frente a México. ¿Cómo puede un océano arder mientras el otro se queda mudo?

El Niño, el gran saboteador del Caribe

El sospechoso principal es un evento El Niño que apunta a ser el más intenso que haya visto cualquier persona viva. Ese Pacífico afiebrado, con zonas hasta 5 °C más cálidas de lo normal, reorganiza la circulación atmosférica y bombea vientos fuertes en altura sobre el Caribe. Así nace la cizalladura vertical: el viento cambia de velocidad y dirección con la altura.

Para un huracán es letal, como un trompo al que alguien le pega manotazos en la parte superior: por más que gire abajo, nunca logrará enderezarse.

La cizalladura del viento es el cambio en la velocidad o la dirección del viento a diferentes alturas en la atmósfera, y funciona como el factor más crítico para controlar la formación o destrucción de un huracán.
La cizalladura del viento es el cambio en la velocidad o la dirección del viento a diferentes alturas en la atmósfera, y funciona como el factor más crítico para controlar la formación o destrucción de un huracán.

Desde julio, esa cizalladura fue la más fuerte desde que se comenzó a medir en 1979. Y cayeron los récords: primer septiembre sin huracanes desde 1994 y la espera más larga de la era satelital por su primer huracán. Si el primero llega después del 8 de octubre, será el más tardío desde 1905.

La huella del calentamiento global

Lo curioso es que el combustible sobra: el Atlántico tiene sus segundas aguas más cálidas registradas. Al polvo del Sahara y al aire seco se suma una pista climática: la troposfera alta se calienta más rápido que las capas bajas y achica el contraste térmico que impulsa las tormentas.

Es la primera vez en la historia moderna que ningún huracán se ha formado en el Atlántico al 21 de septiembre
Es la primera vez en la historia moderna que ningún huracán se ha formado en el Atlántico al 21 de septiembre

Esto es similar a lo que pasa con un globo aerostático, que sube porque el aire que lo rodea está más frío; si arriba también se calienta, se queda a mitad de camino. Este patrón se detecta desde 2010 y podría estar corriendo el pico de la temporada hacia más tarde.

Calma no es sinónimo de seguridad

Una temporada sin huracanes no es una temporada sin daños. Arthur y Edouard, simples tormentas tropicales, provocaron inundaciones repentinas y rescates en el Golfo de México, porque una atmósfera más cálida carga más humedad. Edouard tocó tierra a solo 23 km/h de ser huracán.

En 2025, la temporada venía tranquila hasta que Melissa, de categoría 5, golpeó Jamaica y Cuba a fines de octubre. Alcanza con uno solo, y la categoría no mide el impacto.

Solo hay registros de dos temporadas sin huracanes registrados, 1907 y 1914, ambas sin satélites para vigilar lo que sucede en el océano. Las próximas semanas dirán si 2026 se suma a esa lista.

Lo seguro es que una fiebre en el Pacífico puede reescribir la agenda de tormentas a miles de kilómetros, y que el calentamiento global está agregando reglas que recién empezamos a descifrar.