El Observatorio Rubin emitió casi un millón de alertas en su primera noche de operaciones

El Observatorio Rubin acaba de dar un paso gigante en la astronomía: durante una sola noche emitió 800.000 alertas sobre cambios en el cielo. El sistema, que promete revolucionar cómo vemos el universo, funcionará a full antes de fin de año.

Esta ilustración artística representa el inicio de la transmisión de alertas. Los diferentes iconos representan diversos tipos de alertas, incluyendo asteroides, supernovas, núcleos galácticos activos y estrellas variables. Créditos: NSF–DOE Vera C. Rubin Observatory/NOIRLab/SLAC/AURA/P. Marenfeld/J. Pinto
Esta ilustración artística representa el inicio de la transmisión de alertas. Los diferentes iconos representan diversos tipos de alertas, incluyendo asteroides, supernovas, núcleos galácticos activos y estrellas variables. Créditos: NSF–DOE Vera C. Rubin Observatory/NOIRLab/SLAC/AURA/P. Marenfeld/J. Pinto

La primera vez que uno mira el cielo nocturno desde un lugar oscuro, lejos de las luces de la ciudad, tiene una sensación de paz, de inmovilidad. Como si las estrellas estuvieran clavadas ahí, iguales a las de hace mil años. Pero esa tranquilidad es pura mentira. Arriba todo se mueve, explota, parpadea y cambia. El problema es que nuestros ojos no son lo suficientemente poderosos como para seguirle el ritmo.

Ahora vamos a tener un asistente de lujo para espiar qué está pasando. El Observatorio Vera C. Rubin, ese proyecto del que los astrónomos vienen hablando hace años, acaba de largar oficialmente sus primeras alertas en tiempo real. La noche del 24 de febrero, mientras la mayoría de nosotros dormía, el telescopio ubicado en Chile emitió 800.000 avisos a científicos de todo el mundo. El mensaje, en criollo, era más o menos este: "che, mirá lo que encontré".

El observatorio está en la cima del Cerro Pachón, en Chile, pero sus datos viajan rápido. Muy rápido. Cada 40 segundos, el telescopio apunta a una nueva región del cielo y saca una foto con la cámara digital más grande jamás construida: 3200 megapíxeles, suficiente para detectar objetos millones de veces más débiles de lo que nuestros ojos pueden ver.

La imagen sale disparada desde los Andes hasta California, donde un centro de datos la procesa en cuestión de segundos. Ahí, un sistema compara esa foto con las anteriores de la misma zona. Si algo cambió -una estrella que aumentó su brillo, un punto que antes no estaba, algo que se movió- salta una alerta. Todo el proceso, desde que el telescopio captura la imagen hasta que los astrónomos reciben el aviso, dura dos minutos.

Qué estamos viendo realmente

Entre esas primeras 800.000 alertas aparecieron cosas que suenan a ciencia ficción pero son reales: supernovas recién nacidas (estrellas que explotan), estrellas variables que cambian de brillo como si alguien les estuviera encendiendo y apagando, núcleos de galaxias donde hay agujeros negros activos devorando materia, y asteroides que andan dando vueltas por el gran vecindario.

El Observatorio Rubin lleva el nombre de una astrónoma que en los años 60 y 70 juntó evidencias clave de que existía algo que después llamaríamos materia oscura.

Cuando el observatorio empiece a funcionar a pleno, antes de que termine el año, va a generar entre 5 y 7 millones de alertas por noche. Durante una década, va a filmar el cielo del hemisferio sur como si fuera una película en time-lapse. Los científicos estiman que en el primer año este telescopio va a fotografiar más objetos que todos los observatorios ópticos juntos en toda la historia de la humanidad.

Pensalo un segundo: toda la astronomía desde Galileo hasta hoy, superada en doce meses.

Cazar lo que pasa y avisar a tiempo

El sistema está pensado para que cualquier investigador, esté donde esté, pueda enterarse rápido de algo interesante y pedirle a otros telescopios que apunten para el mismo lado antes de que el fenómeno desaparezca. Porque a veces los cambios espaciales duran muy poco.

Las estrellas jóvenes, por ejemplo, son unos bichos bastante inestables. "Pueden tener explosiones repentinas de brillo cuando les cae materia encima, pero esos eventos son cortos y los científicos se los pierden fácilmente si no hay un monitoreo continuo", explica Rosaria Bonito, investigadora del Instituto Nacional Italiano de Astrofísica. Con Rubin, dice, “vamos a poder atraparlos justo en el momento exacto”.

Detectar asteroides con tiempo, seguirles los movimientos y evaluar si representan una amenaza es una de las pocas formas que tenemos hoy de defender el planeta, y Rubin va a ser un ojo enorme para esa tarea.

El sistema también permitirá monitorear con mayor precisión los asteroides que podrían representar una amenaza para la Tierra. Detectar estos objetos con anticipación, seguir sus trayectorias y evaluar los riesgos es una de las pocas estrategias que tenemos para pensar en defensa planetaria. Con su capacidad de rastreo continuo, Rubin se convertirá en una herramienta central para esa tarea.

El problema de tener demasiada información

Acá viene el otro desafío: con millones de alertas por noche, los astrónomos no pueden sentarse a mirarlas una por una. Necesitan ayuda. Por eso hay un ejército de intermediarios, programas inteligentes que filtran, clasifican y ordenan todo ese diluvio de datos antes de que lleguen a los científicos.

Algunos de estos intermediarios se especializan: hay uno que busca supernovas en sus primeras horas de vida, otro que rastrea objetos del sistema solar, otro que cruza información con catálogos de otras longitudes de onda, como rayos X o infrarrojo. Usan algoritmos de aprendizaje automático para aprender a reconocer patrones y encontrar justo lo que cada equipo de investigación necesita.

"Lo revolucionario de Rubin es que cualquiera va a poder acceder a estas alertas", apunta Tom Matheson, del Centro de Datos y Ciencia Comunitaria. Eso incluye no solo a investigadores profesionales, sino también a estudiantes y científicos ciudadanos. Hay plataformas como Zooniverse donde cualquier persona con ganas puede ayudar a clasificar eventos cósmicos. Una especie de ciencia participativa a escala planetaria.