En 1984 la NASA mandó 3.301 abejas al espacio para realizar un insólito experimento
Un experimento estudiantil metió miles de abejas dentro de un transbordador espacial para responder una pregunta que parecía casi absurda. Lo que encontraron después de siete días en órbita todavía sorprende a los científicos.

En abril de 1984, mientras el transbordador Challenger se preparaba para realizar la primera reparación de un satélite en la historia espacial, viajaba a bordo una carga mucho menos habitual que los instrumentos científicos de siempre: una colonia de unas 3.301 abejas melíferas, encerradas en un módulo diseñado especialmente para el vuelo.
En la Tierra, las abejas usan la gravedad como punto de referencia constante: orientan hacia abajo las celdas hexagonales de sus panales y hasta la usan para comunicarse entre sí. Cuando una abeja recolectora encuentra comida, vuelve a la colmena y realiza la famosa "danza de la abeja", un movimiento en forma de ocho donde el ángulo respecto a la vertical del panal indica la dirección del sol, y la duración del movimiento marca la distancia hasta el alimento. Sacar a esas abejas del campo gravitatorio terrestre equivalía a borrarles, de un día para el otro, buena parte de su sistema de navegación.
Los primeros días fueron caóticos. Según el informe oficial de la NASA, las abejas intentaban volar como siempre y terminaban estrellándose contra las paredes del recinto, incapaces de mantener una trayectoria recta sin la señal gravitacional a la que estaban acostumbradas. Pero la adaptación llegó más rápido de lo esperado. Con el paso de los días, empezaron a moverse de un lado a otro sin chocar, e incluso a flotar dentro de su hábitat con relativa naturalidad.
Un panal casi idéntico al de la Tierra
Lo más llamativo no fue que aprendieran a moverse, sino que retomaron su trabajo habitual. Durante los siete días que duró la misión, la colonia construyó cerca de 200 centímetros cuadrados de panal, y el análisis posterior determinó que la estructura era prácticamente igual a la que fabrican en la Tierra, con la misma geometría hexagonal de siempre. La reina, además, llegó a poner unos 35 huevos durante el viaje, aunque ninguno de ellos eclosionó tras el regreso.
The honey bee waggle dance communicates information about resource location from a foraging worker to nestmates.
— Science Magazine (@ScienceMagazine) March 10, 2023
New research in Science shows that this complex dance is in part learned by young bees as they observe more experienced bees. https://t.co/UFIhTF1Z1N pic.twitter.com/dQWWzWh2jH
Este resultado sugiere que el comportamiento social y constructivo de una colonia no depende tanto de la gravedad como se pensaba, sino de una serie de instintos que persisten incluso cuando cambian por completo las condiciones del entorno. Para cualquiera que alguna vez se preguntó qué tan "programados" están los animales por su medio ambiente, este experimento es un buen ejemplo de que ciertos comportamientos colectivos son más resistentes de lo que parecen.
Parte de una tradición espacial poco conocida
Las abejas de 1984 no fueron los primeros insectos en viajar al espacio. Las moscas de la fruta habían sido los primeros animales enviados fuera de la atmósfera, ya en 1947, y con los años la lista sumó gusanos de seda, hormigas, arañas y mariposas, cada uno pensado para responder una pregunta biológica específica: las arañas para estudiar cómo tejen sus telas sin gravedad, las hormigas para analizar el movimiento colectivo, las moscas para investigación genética y de radiación.
Que se elijan insectos y no animales más grandes tiene una razón práctica: son organismos compactos, baratos de transportar y muy bien estudiados en la Tierra, lo que permite comparar con precisión su comportamiento normal contra lo que ocurre en microgravedad. El módulo donde viajaron las abejas, construido por Honeywell, terminó donado al Museo Nacional del Aire y el Espacio Smithsonian, y el mismo diseño se reutilizó al año siguiente para otro experimento estudiantil, esta vez con moscas domésticas.
Por qué este experimento sigue siendo relevante
Con la mirada puesta en misiones espaciales cada vez más largas, entender cómo se comportan los sistemas biológicos complejos -no solo organismos individuales, sino colonias enteras con división de tareas- en ausencia de gravedad sigue siendo un tema de interés real para la ciencia espacial.
Para cualquier persona interesada en el futuro de la exploración espacial, este tipo de pruebas -modestas, casi curiosas vistas desde hoy- forman parte de entender qué formas de vida terrestre podrían sostenerse, y cómo, en los viajes de larga duración que la humanidad todavía tiene por delante.