Cuando hace calor, los animales se vuelven más agresivos y menos inteligentes
Cuando sube el termómetro, las aves dejan de aprender, los peces se vuelven agresivos y los perros muerden más. Un creciente cuerpo de investigación revela que el calor extremo no solo mata: primero desorienta.

Es un día abrasador en el desierto de Kalahari, Sudáfrica. Una hembra de batis de alas blancas intenta alcanzar unos gusanos de seda colocados detrás de una pequeña barrera de plástico transparente. En condiciones normales, el pájaro resuelve el problema en segundos: simplemente rodea la pared por un lado. Pero cuando la temperatura sube, el animal se bloquea. Pica el plástico, una y otra vez, incapaz de ejecutar la solución que en otro momento le resultaba obvia. Ese experimento forma parte de un creciente cuerpo de investigación que muestra cómo los animales pierden claridad mental durante las olas de calor.
Cuando hace calor, las aves tienen dificultades para aprender, los perros muerden con más frecuencia y los gamuzas, animales parecidos a las cabras, se vuelven más combativos. Si los animales no pueden mantenerse lo suficientemente alertas como para encontrar comida o evitar depredadores, sus posibilidades de sobrevivir se reducen, advierte Amanda Ridley, ecóloga conductual de la Universidad de Australia Occidental y coautora del estudio sobre los batis.
En el Kalahari, donde los batis de alas blancas usan su inteligencia para buscar gusanos, las temperaturas están aumentando al doble de la media global. Es la misma historia en gran parte del planeta: las temperaturas suben y el pensamiento animal se resiente, tal como indica Knowable. Las consecuencias de esos deterioros cognitivos podrían propagarse por ecosistemas enteros. Si los polinizadores olvidan qué flores visitar, los cultivos y las plantas silvestres pueden fallar. Si las aves no encuentran alimento con la misma facilidad, sus crías pueden no sobrevivir.
De los gamuzas agresivos a los guppis desorientados: la ciencia en el campo
Los estudios se acumulan en muy distintas especies y latitudes. Más de 1.600 horas de observaciones durante dos veranos revelaron que cuando las temperaturas pasaron de 12 a 18 °C en poblaciones de gamuza, la vegetación se volvió más escasa y la agresividad entre los animales se disparó. Los individuos se volvieron territoriales en torno a los parches de comida, adoptaron posturas amenazantes, se persiguieron mutuamente, y los ataques escalaron en algunos casos. Los autores del estudio predicen que la agresividad de las gamuzas aumentará un 50% hacia 2080 debido al cambio climático.

El pez tropical conocido como julie dorado también se vuelve más conflictivo con el calor. Normalmente, cuando se coloca frente a un espejo, reconoce su reflejo como un extraño y muestra cierta hostilidad , eriza la aleta, por ejemplo. Pero si la temperatura habitual de 26 °C sube hasta los 29 °C, el pez se vuelve más agresivo: puede morder y golpear con la cola contra el espejo, intentando espantar o atacar a su propia imagen. No distingue la amenaza real de la ilusión porque su capacidad cognitiva ya está comprometida por el calor.
Un estudio de 2025 de la Universidad de Padova probó guppis machos expuestos a una ola de calor experimental de cinco días a 32°C, frente a los 26 °C de control. Los resultados mostraron deterioros cognitivos significativos que afectaron comportamientos clave para la supervivencia: alimentación, evasión de depredadores y elección de pareja. Los guppis son peces ectotérmicos, no pueden regular su temperatura corporal, y en ese sentido actúan como un modelo extremo de lo que el calor hace al sistema nervioso cuando no hay mecanismos internos de defensa.
El cerebro bajo presión: lo que ocurre a nivel fisiológico
El mecanismo no es arbitrario. Los diamantes mandarines, pinzones cebra australianos, fueron sometidos a pruebas de aprendizaje a temperaturas de 22 °C y de 43-44 °C, temperaturas que ocurren naturalmente en su rango de distribución. A altas temperaturas, los pájaros exhibieron comportamientos de disipación de calor durante la mayoría de las pruebas y su rendimiento cognitivo cayó en dos de tres medidas: perdieron más recompensas de comida y mostraron más conductas improductivas. El rendimiento motor también declinó. El cerebro, literalmente, se sobrecalienta.

Las abejas desarrollaron una solución evolutiva ingeniosa para defenderse de este problema. Cuando el clima es abrasador, las abejas se salpican la cara con gotas de agua durante el vuelo. De esa manera obtienen enfriamiento convectivo para su cerebro, explica Emily Baird, neurocientífica de la Universidad de Estocolmo. Pero esa respuesta tiene un costo: tiempo, energía y atención que se desvían de las tareas esenciales como recolectar néctar, recordar rutas y comunicar la ubicación de las flores a la colmena.
Un estudio sobre los batis de alas blancas en condiciones naturales de estrés térmico encontró que los individuos necesitaron en promedio el doble de intentos para aprender una asociación cuando la temperatura máxima durante las pruebas superó los 38 °C, en comparación con temperaturas moderadas. Las temperaturas más altas también se asociaron con un rendimiento reducido en tareas de control inhibitorio, pero solo en las hembras. La cognición no falla de forma uniforme: las especies, los sexos y las tareas responden de modo diferente, lo que complica aún más la predicción de los efectos ecológicos.
Referencia de la noticia
Elizabeth M. Wiley, Amanda R. Ridley, The effects of temperature on offspring provisioning in a cooperative breeder, Animal Behaviour, Volume 117, 2016, Pages 187-195, ISSN 0003-3472, https://doi.org/10.1016/j.anbehav.2016.05.009.