Cuando la estepa patagónica era un bosque húmedo: qué revelan los fósiles hallados cerca de Bariloche

Dos nuevas especies fósiles encontradas a unos 50 kilómetros de Bariloche confirman que el norte de la Patagonia estuvo cubierto por bosques húmedos hace 20 millones de años. El hallazgo muestra cómo el ascenso de los Andes transformó aquel paisaje verde en la estepa seca de hoy.

Comparación fruto fósil y actual de la especie Eucryphia. Imagen: Conicet
Comparación fruto fósil y actual de la especie Eucryphia. Imagen: Conicet

La Patagonia que hoy asociamos con la estepa, el viento y los horizontes secos no siempre fue así. Hace unos 20 millones de años, buena parte del norte de la región estaba cubierta por bosques húmedos, parecidos a los que todavía sobreviven del otro lado de la cordillera, en el sur de Chile. Un nuevo hallazgo científico acaba de aportar una prueba concreta de ese pasado perdido.

Un fruto y hojas fósiles hallados cerca de Bariloche revelan que hace 20 millones de años el norte de la Patagonia albergaba bosques húmedos.

Un equipo del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA, CONICET-UNCo) de Bariloche y de la División Paleobotánica del Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia" identificó dos especies fósiles nuevas del género Eucryphia, plantas que crecieron en la zona durante el Mioceno temprano. El trabajo, liderado por el investigador Mauro Passalia, se publicó en la revista especializada International Journal of Plant Sciences.

Los restos aparecieron en la Formación Ñirihuau, en estratos expuestos en la mina de carbón de Pico Quemado, a unos 50 kilómetros al sudeste de San Carlos de Bariloche. El detalle no es menor: el carbón se forma justamente a partir de enormes acumulaciones de materia vegetal, de modo que el propio yacimiento ya era una primera señal de que allí, alguna vez, la vida vegetal fue exuberante.

Un fruto fósil poco común y una historia que cruza océanos

El hallazgo tiene un valor especial porque los frutos fósiles de este género son de los más raros del registro mundial. A partir de una cápsula madura, los investigadores describieron la especie Eucryphia nirihuaensis; con las hojas, compuestas y de bordes serrados, propusieron una segunda, Eucryphia paraglutinosa. Como el fruto y las hojas aparecieron en el mismo nivel, es probable que pertenecieran a una única planta.

El hallazgo aporta información sobre la historia biogeográfica de este género de plantas, que actualmente cuenta con pocas especies distribuidas en el hemisferio sur. Imagen: Conicet
El hallazgo aporta información sobre la historia biogeográfica de este género de plantas, que actualmente cuenta con pocas especies distribuidas en el hemisferio sur. Imagen: Conicet

Esas hojas guardan una notable semejanza con una especie que todavía vive: el guindo santo (Eucryphia glutinosa), típico de los bosques templados húmedos del sur de Chile. Su pariente, el ulmo (Eucryphia cordifolia), es uno de los árboles característicos de la selva valdiviana. Encontrar a sus antepasados fósiles del lado argentino refuerza una idea potente: ese ambiente húmedo llegó a extenderse mucho más al este de lo que hoy imaginamos, en compañía de araucarias, podocarpos y antepasados de los actuales coihue, ñire y lenga.


Hay además un enigma que trasciende la Patagonia. Hoy el género Eucryphia aparece repartido entre Sudamérica y Australia (cinco de sus especies actuales viven en bosques australianos), una distribución partida en dos por el océano que es herencia de la antigua Gondwana. Según Mauro Passalia, la presencia de estas plantas indica un régimen de lluvias "relativamente alto, al menos estacionalmente", que contrasta de lleno con la aridez actual de la zona. El fósil, en otras palabras, funciona como un termómetro y un pluviómetro del pasado.

Cómo un paisaje verde se transformó en estepa

Acá es donde la historia deja de ser solo botánica y se vuelve, sobre todo, una historia climática. Si hace 20 millones de años llovía lo suficiente como para sostener un bosque húmedo en un lugar hoy seco, algo cambió de manera profunda. Y ese algo tiene nombre: la cordillera de los Andes.

Estratos de la Formación Ñirihuau, portadora de los fósiles estudiados, en la mina de carbón de Pico Quemado. Imagen: Conicet.
Estratos de la Formación Ñirihuau, portadora de los fósiles estudiados, en la mina de carbón de Pico Quemado. Imagen: Conicet.

En estas latitudes, la humedad llega principalmente desde el Pacífico, empujada por los persistentes vientos del oeste. Hace 20 millones de años los Andes patagónicos aún no habían alcanzado su altura actual, así que ese aire húmedo podía avanzar hacia el este y alimentar bosques frondosos. A medida que la cordillera fue creciendo, se convirtió en una barrera cada vez más difícil de sortear.


Al chocar con la montaña, el aire húmedo se ve forzado a ascender, se enfría y descarga casi toda su humedad sobre la ladera chilena; cuando finalmente baja hacia el este, ya llega seco. Ese mecanismo, conocido como sombra de lluvia, es el que fue apagando de a poco aquellos bosques y dejó en su lugar la estepa que hoy define al paisaje patagónico. Por eso un fruto de pocos milímetros preservado en una veta de carbón dice mucho más de lo que aparenta: nos recuerda que el clima no es un telón de fondo inmóvil, sino un sistema capaz de moldear, y de borrar, paisajes enteros a lo largo del tiempo.

Referencia de la noticia

Mauro G. Passalia, Matías A. Machado, Ari Iglesias, and Ezequiel I. Vera. Eucryphia Fruit and Leaves (Cunoniaceae) from the Earliest Miocene Ñirihuau Flora, Patagonia, Argentina.