De una vez cada cuarenta años a cada seis: el cambio climático transforma los incendios extremos de Canadá

Lo que antes era un evento excepcional, de una vez cada cuarenta años, hoy puede repetirse cada seis. Así lo revela el análisis de atribución climática publicado esta semana sobre los incendios que arrasaron Canadá en julio, y que expusieron a más de 120 millones de personas en Estados Unidos a aire peligroso.

Los mega incendios que se generan en Canadá alcanzan una dimensión tal que son imposibles de controlar y menos de extinguir con la tecnología humana disponible. Imagen: WWA
Los mega incendios que se generan en Canadá alcanzan una dimensión tal que son imposibles de controlar y menos de extinguir con la tecnología humana disponible. Imagen: WWA

Más de 3 millones de hectáreas ardieron en Canadá entre junio y julio de este año, concentradas principalmente en Ontario y los Territorios del Noroeste. El gobierno canadiense declaró un nivel 4 de preparación nacional, el más alto de su escala, mientras cientos de incendios activos, muchos fuera de control, forzaban evacuaciones masivas. Trece comunidades de Primeras Naciones tuvieron que abandonar sus territorios sólo en Ontario.

Los incendios extremos que afectaron Canadá en julio fueron, en promedio, el doble de probables debido al cambio climático. Un evento que sin calentamiento global ocurriría una vez cada 40 años puede repetirse ahora cada dos a seis años en los Territorios del Noroeste.

Lo excepcional no fue únicamente la magnitud del área quemada, sino la velocidad con la que se acumuló. Según datos del Sistema Canadiense de Información sobre Incendios Forestales, cerca del 94% de la superficie total quemada se concentró en apenas cinco semanas, entre fines de junio y fines de julio. El humo generado viajó cientos de kilómetros y afectó a más de 120 millones de personas en el medio oeste y el noreste de Estados Unidos, con alertas de calidad de aire que llegaron hasta Minnesota y New Hampshire.

Frente a un evento de esta escala, la pregunta que se hacen los científicos ya no es si el cambio climático tuvo un rol, sino cuánto pesó exactamente. Y ahí es donde entra el trabajo de World Weather Attribution (WWA), la red internacional de científicos que se especializa en responder esa pregunta con métodos estadísticos rigurosos poco después de que ocurre cada evento extremo.

Cómo se mide la huella del cambio climático en un incendio

Atribuir un incendio forestal al cambio climático es más complejo que hacerlo con una ola de calor o una lluvia extrema, porque el fuego depende de múltiples factores: la vegetación disponible, la humedad del suelo, la actividad humana y las condiciones meteorológicas del momento. Por eso los investigadores de WWA no analizaron los incendios en sí, sino la meteorología que los hizo posibles, a través de un indicador llamado Daily Severity Rating (DSR), que mide qué tan difícil resulta controlar un fuego una vez que se inicia.

A la izquierda, se muestra la actividad de incendios forestales detectada (FRP, por sus siglas en inglés) del 1 al 18 de julio, con las regiones de estudio del evento superpuestas. A la derecha, se muestra la actividad de incendios caracterizada por barras negras (FRP) y la calificación de severidad diaria promedio espacialmente representada por líneas naranjas (DSR) para las regiones de los Territorios del Noroeste (arriba) y Ontario (abajo). Imagen: WWA
A la izquierda, se muestra la actividad de incendios forestales detectada (FRP, por sus siglas en inglés) del 1 al 18 de julio, con las regiones de estudio del evento superpuestas. A la derecha, se muestra la actividad de incendios caracterizada por barras negras (FRP) y la calificación de severidad diaria promedio espacialmente representada por líneas naranjas (DSR) para las regiones de los Territorios del Noroeste (arriba) y Ontario (abajo). Imagen: WWA

Un equipo de científicos de Canadá, Estados Unidos, los Países Bajos y el Reino Unido comparó las condiciones de DSR observadas en julio en Ontario y los Territorios del Noroeste con lo que habría ocurrido en un mundo sin el calentamiento de 1,4 °C que ya acumula el planeta desde la era preindustrial. Para eso combinaron datos observacionales con modelos climáticos, el mismo enfoque que WWA aplicó en 2023 para atribuir la severidad de los incendios de Quebec, que en ese momento resultaron siete veces más probables por la acción humana.

El resultado de este nuevo análisis: el cambio climático hizo que las condiciones extremas de fuego en Ontario y los Territorios del Noroeste fueran, en promedio, el doble de probables. Pero ese "doble" es la cifra más conservadora del estudio, la que surge de combinar modelos y observaciones. Cuando los investigadores miraron solo los datos observados, más sensibles a lo que realmente ocurrió este año, el aumento de probabilidad fue mucho mayor: un factor de cinco en los Territorios del Noroeste para el evento de siete días de fuego más intenso, y un factor de 3,5 en Ontario para ese mismo tipo de evento.

De un evento cada 40 años a uno cada seis

Más allá de los múltiplos, hay un dato que ilustra mejor el cambio de escala: en un mundo sin calentamiento humano, un evento de fuego tan extremo como el de este año se habría esperado, en promedio, una vez cada 40 años. En el clima actual, ese mismo tipo de evento se espera cada dos a seis años en los Territorios del Noroeste, y cada seis a quince años en Ontario, según el análisis observacional del estudio.

"El impacto del cambio climático es muy real, y podemos cuantificar cuál es y en qué medida se ha vuelto más grave", explicó Theodore Keeping, científico climático del Imperial College de Londres y coautor del informe, según recoge Eos, el medio de noticias científicas de la American Geophysical Union (AGU). Friederike Otto, líder científica de WWA y también coautora del estudio, agregó en una conferencia de prensa que aunque duplicar una probabilidad pueda sonar como un cambio menor, "un pequeño cambio hace una diferencia enorme para un ecosistema y una comunidad".

Los incendios canadienses, señaló, ya son "increíblemente difíciles de suprimir con la capacidad humana y tecnológica disponible", y cualquier agravamiento adicional implica estirar aún más esos recursos. El informe también advierte que la sequía de largo plazo que es medida a través de la precipitación efectiva de los 24 meses previos a los incendios, no mostró una tendencia atribuible al cambio climático en ninguna de las dos regiones. Es decir, lo que disparó la severidad de este año no fue un déficit hídrico sostenido, sino la combinación puntual de calor extremo, sequedad y viento durante julio, sumada a una intensa actividad de rayos que encendió múltiples focos de manera simultánea.