Ni meteoritos ni glaciaciones: la ciencia revela que provocó la extinción masiva más letal de nuestro planeta
Un estudio aporta una nueva explicación sobre por qué algunas especies sobrevivieron a la Gran Mortandad de hace 252 millones de años. La clave habría estado en su capacidad para seguir respirando en océanos cada vez más cálidos y pobres en oxígeno.

Hace unos 252 millones de años, la vida en la Tierra estuvo al borde del colapso definitivo. Al finalizar el período Pérmico se produjo la mayor extinción masiva de la que se tenga registro, un episodio tan devastador que eliminó cerca del 90 % de las especies marinas y alrededor del 70 % de los vertebrados terrestres. Según algunos estudios, la desaparición de organismos marinos incluso alcanzó entre el 94 % y el 96 % en determinados grupos.
Los arrecifes prácticamente dejaron de existir, extensos bosques desaparecieron y los ecosistemas necesitaron entre cinco y diez millones de años para recuperar niveles de biodiversidad similares a los anteriores. No por casualidad, este evento es conocido por los paleontólogos como la Gran Mortandad.
Un misterio que seguía sin respuesta
Desde hace décadas, la comunidad científica coincide en que el desencadenante de aquella catástrofe fueron las gigantescas erupciones volcánicas de las Traps Siberianas. Durante miles de años, estos volcanes expulsaron enormes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera, provocando un intenso calentamiento global y una progresiva pérdida de oxígeno en los océanos.
Un nuevo estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, propone una respuesta sorprendentemente simple. La diferencia, sostienen sus autores, pudo depender de la capacidad de los organismos para seguir respirando cuando el planeta comenzó a calentarse.
El oxígeno, el factor que decidió la supervivencia
Existe un principio básico de la fisiología animal. A medida que aumenta la temperatura, el metabolismo se acelera y las células necesitan consumir más oxígeno para mantener sus funciones. Pero en el océano ocurre, al mismo tiempo, el fenómeno contrario: el agua caliente retiene menos oxígeno disuelto.

El resultado es una combinación especialmente crítica. Los animales requieren más oxígeno justo cuando el ambiente les ofrece menos.
Los científicos conocen este proceso como hipoxia dependiente de la temperatura. Según la investigación liderada por Erik A. Sperling, este mecanismo pudo actuar como un auténtico filtro biológico durante la extinción del final del Pérmico, determinando qué especies podían adaptarse a las nuevas condiciones y cuáles estaban condenadas a desaparecer.
Las especies modernas ayudaron a reconstruir el pasado
Como resulta imposible medir directamente el metabolismo de organismos extinguidos hace cientos de millones de años, el equipo recurrió a una estrategia diferente: estudiar a sus descendientes actuales.
Los investigadores analizaron especies representativas de la antigua fauna paleozoica, como los braquiópodos y los crinoideos, que dominaron los mares antes de la Gran Mortandad, y las compararon con grupos característicos de la fauna moderna, entre ellos los bivalvos y los gasterópodos, que pasaron a dominar los océanos durante el Mesozoico.
Mediante experimentos de respirometría, evaluaron cómo aumentaba la demanda de oxígeno de cada grupo cuando se incrementaba la temperatura. Posteriormente, combinaron esos resultados con modelos climáticos capaces de reconstruir las condiciones ambientales existentes hace 252 millones de años.
Los datos mostraron una diferencia contundente. Los representantes de la antigua fauna paleozoica resultaban mucho más vulnerables a la combinación de altas temperaturas y escasez de oxígeno que los grupos que terminarían imponiéndose después de la extinción masiva. Cuando los océanos se calentaron, gran parte de sus hábitats simplemente dejó de ser compatible con su supervivencia.
Una advertencia que también apunta al presente
Aunque el trabajo ayuda a resolver uno de los grandes interrogantes de la historia de la vida en la Tierra, sus implicancias van mucho más allá del pasado.
Para Sperling y su equipo, comprender cómo respondió la biodiversidad a un calentamiento extremo ocurrido hace millones de años puede aportar herramientas para anticipar los efectos del cambio climático actual sobre los ecosistemas marinos.
La diferencia con aquella crisis es significativa. Hace 252 millones de años, las especies no tuvieron forma de adaptarse a la rapidez de los cambios ambientales. Hoy, en cambio, la ciencia puede identificar esos procesos mientras todavía están ocurriendo, lo que ofrece una oportunidad para entender mejor los riesgos que enfrentan los océanos en un planeta que continúa calentándose.
Referencia de la noticia
Yuangeng Huang, et.al.. The stability and collapse of marine ecosystems during the Permian-Triassic mass extinction.