Restaurar el suelo, la forma más rápida para ayudar a enfriar el planeta

Recortar emisiones es imprescindible, pero su efecto en el termómetro tarda décadas. Devolverle agua y vida al suelo, en cambio, baja la temperatura de superficie en una sola temporada. El IPCC lo respalda con alta confianza, y también marca el límite: enfría la región donde uno vive, no el promedio del planeta.

Aunque los efectos son regionales, un suelo restaurado con buena cantidad de humedad ayuda a moderar los efectos de la temperatura, especialmente a minimizar olas de calor.
Aunque los efectos son regionales, un suelo restaurado con buena cantidad de humedad ayuda a moderar los efectos de la temperatura, especialmente a minimizar olas de calor.

Hay una asimetría que explica buena parte de la frustración climática de los últimos treinta años. Si mañana el mundo entero dejara de emitir dióxido de carbono, la temperatura global no bajaría de inmediato: la inercia del sistema, el calor acumulado en los océanos, la larga vida del CO2 en la atmósfera, haría que el termómetro tardara décadas en responder. Es la política climática más necesaria que existe, y también la más lenta en dar resultados visibles.

La restauración de los suelos no reemplaza la reducción de emisiones de CO2, pero sí ofrece un beneficio inmediato: aumenta la retención de agua, potencia la evapotranspiración y puede reducir el impacto de las olas de calor a escala regional desde la primera temporada agrícola.

Existe, sin embargo, una palanca que actúa en una escala de tiempo completamente distinta. La humedad del suelo modifica la temperatura del aire en cuestión de semanas, no de generaciones. Un campo que retiene agua y transpira está más fresco este verano, no dentro de treinta años. Esa velocidad de respuesta es lo que hace que la restauración de suelos aparezca hoy en el debate climático como la vía más rápida de enfriamiento disponible.

La afirmación se volvió titular a partir de un informe de la organización Save Soil, difundido por medios ambientales. Conviene separar la física sólida del argumento forzado, porque el informe suma un dato, que el CO2 explicaría apenas un 5% de la dinámica térmica del planeta, que no está respaldado por el IPCC, la NOAA ni el ECMWF, y que confunde el balance energético de superficie con los motores del calentamiento de largo plazo. No hace falta ese número. La tesis se sostiene mejor sin él.

Por qué el suelo enfría, y por qué lo hace rápido

El mecanismo se llama evapotranspiración, y es uno de los términos dominantes del balance de energía de la superficie terrestre. Un suelo con buena estructura, materia orgánica, raíces, hongos, poros, absorbe agua, la guarda y la libera lentamente a través de la vegetación. Al pasar de líquido a vapor, esta agua se lleva calor de la superficie sin elevar su temperatura. En promedio global, ese flujo de calor latente ronda los 80 vatios por metro cuadrado. Mientras haya humedad disponible, el paisaje se refrigera solo.

Cuando el suelo se degrada, el circuito se apaga. La misma radiación solar que antes evaporaba agua pasa a convertirse en calor sensible: superficie más caliente, aire más caliente, atmósfera más seca. No es una hipótesis. El Informe Especial del IPCC sobre Cambio Climático y Tierra lo establece con alta confianza: los suelos secos favorecen e intensifican las olas de calor estivales, precisamente por la caída de la evapotranspiración y el aumento del calor sensible.

Y la contracara está en la misma frase del IPCC, con nombre y apellido agronómico. Los suelos húmedos (el informe menciona el riego y las prácticas de manejo que mantienen un cultivo de cobertura todo el año) amortiguan los eventos de calor extremo, al aumentar la evapotranspiración y reducir el calor sensible. Dicho de otro modo: la cobertura no es solo una práctica conservacionista. Es aire acondicionado. Ahí está la clave de la velocidad. El carbono orgánico que un lote acumula tarda años en construirse, pero el agua que ese carbono retiene enfría desde la primera temporada en que está disponible. Según el portal de sequía de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD), aumentar un 1% el carbono del suelo permite retener alrededor de 180.000 litros de agua adicionales por hectárea. Son micropresas invisibles bajo los pies, y funcionan el verano siguiente.

Regional, no global: dónde se siente el enfriamiento

El alcance de este mecanismo tiene una escala definida, y conviene nombrarla con precisión. El IPCC establece con alta confianza que los efectos biofísicos del suelo influyen sobre el clima regional, y aclara que no hay confianza en que influyan sobre el clima global. El capítulo sobre interacciones tierra-clima del informe lo detalla: la expansión de la vegetación amortigua o intensifica el calentamiento regional según la ubicación, la estación y la hora del día.

Los suelos empobrecidos aumentan la erosión por efecto del viento y permiten un mayor calentamiento del aire circundante en episodios de olas de calor.
Los suelos empobrecidos aumentan la erosión por efecto del viento y permiten un mayor calentamiento del aire circundante en episodios de olas de calor.

Lejos de restarle fuerza al argumento, esa escala es la que lo vuelve accionable. Restaurar el suelo no reemplaza el recorte de emisiones: es la palanca que da resultados en el plazo en que vivimos. El CO2 fija la tendencia de fondo del planeta a lo largo de décadas; el suelo decide cuánto calor soporta un lote, una cuenca o una región el verano que viene. Son dos relojes distintos, y el campo necesita los dos.

Para el productor, esa distinción es la que importa. Nadie planifica una campaña en función del promedio global. Se planifica en función de si en enero la ola de calor va a encontrar un suelo que transpira o uno que irradia. El PNUMA dedicó una de sus notas de prospectiva a este circuito: la degradación de suelos y la pérdida de retención de agua alteran el movimiento del agua en la atmósfera, con menos lluvia, más sequías y temperaturas regionales más altas, incluso en zonas alejadas del daño original. Si la física no alcanza, está la contabilidad. Según la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD), cada dólar invertido en restaurar tierras degradadas genera entre 7 y 30 dólares en beneficios económicos.