Un estudio descubre secretos de las tormentas solares en poesías japonesas del siglo XIII
Un estudio combina crónicas medievales y análisis de carbono-14 en árboles japoneses para identificar una tormenta solar del siglo XIII, clave para entender riesgos actuales en la exploración espacial.

En la Tierra, la actividad solar extrema suele manifestarse como un espectáculo tan fascinante como inofensivo: las auroras. Sin embargo, más allá del escudo protector del campo magnético terrestre, la historia es muy distinta. Allí, el Sol puede volverse impredecible y peligroso, liberando súbitas erupciones y eyecciones de masa coronal que arrojan partículas a velocidades vertiginosas.
Algunas de estas explosiones desencadenan los llamados eventos de protones solares (SPE, por sus siglas en inglés), en los que partículas de alta energía son expulsadas hacia el espacio —y eventualmente hacia la Tierra— a velocidades que pueden alcanzar el 90 % de la luz.
El riesgo no es meramente teórico. En 1972, una serie de estos eventos ocurrió entre las misiones Apolo 16 y 17. De haber coincidido con alguna de ellas, los astronautas habrían quedado expuestos a niveles letales de radiación. Hoy, con el renovado interés por regresar a la Luna, comprender estos fenómenos se vuelve una necesidad urgente.
Árboles enterrados y pistas del pasado
En este contexto, un equipo del Okinawa Institute of Science and Technology (OIST) desarrolló un enfoque innovador para rastrear tormentas solares del pasado. La estrategia combina dos fuentes poco convencionales: registros históricos y análisis de carbono-14 en árboles antiguos.
El carbono-14 es un isótopo que se forma cuando partículas energéticas provenientes del espacio interactúan con la atmósfera terrestre. Estas señales quedan registradas en materiales orgánicos —como los anillos de crecimiento de los árboles— y permiten reconstruir la actividad solar a lo largo de miles de años.
Gracias a técnicas de medición ultra precisas, desarrolladas durante más de una década, los científicos pueden detectar incluso variaciones muy sutiles, imposibles de identificar con métodos tradicionales. Esto abre la puerta a estudiar no solo los eventos más extremos, sino también otros más frecuentes y menos intensos, aunque igualmente peligrosos.
Una crónica medieval como guía
Pero había un problema: este tipo de análisis es complejo y demanda mucho tiempo. Saber dónde y cuándo buscar resulta crucial. En este caso, la pista inicial surgió de un documento inesperado: el Meigetsuki, el diario del cortesano y poeta japonés Fujiwara no Teika.
A partir de allí, el equipo examinó madera de asunaro —una conífera japonesa— extraída en la prefectura de Aomori, al norte del país. Los resultados fueron contundentes: detectaron picos de carbono-14 que delataban la ocurrencia de un evento solar de intensidad intermedia.
Un Sol más activo de lo esperado
Para precisar la fecha, los científicos recurrieron además a estudios dendroclimáticos, que comparan patrones de crecimiento de los anillos de los árboles con condiciones climáticas regionales. De este modo, lograron ubicar el evento entre el invierno del año 1200 y la primavera de 1201.
Ese período coincide con registros históricos en China que mencionan auroras visibles en latitudes inusualmente bajas, otro indicio de intensa actividad solar.

Según explicó la investigadora Hiroko Miyahara, los datos no solo permitieron fechar con precisión este evento, sino también reconstruir el comportamiento del ciclo solar en esa época. Hoy se sabe que la actividad del Sol sigue ciclos de aproximadamente once años. Sin embargo, en aquel entonces estos ciclos eran más cortos: duraban entre siete y ocho años.
Esto sugiere que el Sol atravesaba una fase particularmente activa. El evento detectado, de hecho, ocurrió en el pico de uno de esos ciclos.
Más frecuentes de lo que se creía
Tradicionalmente, la investigación sobre tormentas solares históricas se centró en episodios extremadamente intensos, pero poco comunes. El aporte de este estudio es distinto: permite identificar eventos “sub-extremos”, que representan entre el 10 % y el 30 % de la intensidad de los más severos.
Detectarlos no es sencillo. Precisamente por eso, la combinación de fuentes —registros históricos, análisis de carbono-14 y estudios dendroclimáticos— resulta clave para avanzar en este campo.
Claves para el futuro de la exploración espacial
El trabajo, publicado en la revista Proceedings of the Japan Academy, Series B, ayuda a completar vacíos en el registro histórico de la actividad solar. Y no se trata solo de reconstruir el pasado: el objetivo es mejorar la capacidad de anticipar eventos futuros.
“Los enfoques integrados como este son esenciales para reconstruir con precisión la actividad solar y comprender mejor las características del clima espacial extremo”, señaló Miyahara.
Uno de los hallazgos más intrigantes del estudio es que algunas auroras prolongadas en latitudes bajas parecen haber ocurrido durante fases de mínima actividad solar, algo que contradice las expectativas actuales. Este tipo de anomalías abre nuevas preguntas sobre el comportamiento del Sol y sus efectos.
En un contexto en el que las misiones espaciales vuelven a ganar protagonismo, entender estos fenómenos ya no es solo una cuestión académica. Es, en muchos sentidos, una cuestión de seguridad.
Referencia de la noticia
Extremely Active Sun from 1190 to 1220 in the Medieval Period: Intercomparison of Historical Records and Tree-ring Carbon-14, Proceedings of the Japan Academy Series B (2026). DOI: 10.2183/pjab.102.011
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