Un sapo que caza a ciegas con 128 sensores en los dedos y otros superpoderes del mundo animal
Una rana del Amazonas que casi no ve atrapa peces en aguas turbias con la punta de los dedos. Su caso integra un repertorio más amplio de sentidos en anfibios y reptiles, que detectan calor, vibraciones y campos magnéticos.

Un ratón no puede apagar su calor corporal. Aunque se quede quieto en un rincón oscuro, su cuerpo emite radiación infrarroja, y hay serpientes con órganos pensados para captarla. Las víboras de foseta tienen un par de fosas bien visibles entre el ojo y la fosa nasal. Las boas y las pitones tienen varias fosas más pequeñas alrededor de la boca. En todos los casos, terminaciones nerviosas muy sensibles registran cambios mínimos de temperatura, y el cerebro combina ese dato con lo que ve la serpiente para ubicar a la presa y atacar.
El órgano funciona de manera parecida a una cámara estenopeica, porque una abertura diminuta proyecta el calor sobre una membrana sensible. Para el depredador, el roedor es una mancha tibia sobre un fondo más frío, aún cuando la información visual sea pobre.
La lengua bífida suma otro canal. Todas las serpientes la usan para oler el aire en busca de presas o de pareja, de modo que calor, vista y olfato trabajan en conjunto.
Una rana que caza con los dedos
El sapo de Surinam enfrenta un problema distinto, parecido al de alguien que bucea sin linterna. Vive en las aguas turbias de la cuenca del Amazonas, tiene el cuerpo plano, ojos diminutos y una visión muy deficiente. Aun así atrapa peces con precisión. Cuando uno nada cerca, abre la boca de golpe y lo succiona en una fracción de segundo. Es una rana, aunque lleva nombre de sapo por su piel marrón y verrugosa, que además lo camufla en el fondo barroso.

Según informó The Conversation, investigadores de la Universidad de California encontraron la explicación en la punta de sus dedos. Cada uno termina en un grupo de 16 pequeños lóbulos, y entre todos suman 128 estructuras sensoriales en miniatura. Están cargadas de terminaciones nerviosas sensibles al tacto, capaces de percibir los movimientos más sutiles del agua. Incluso en completa oscuridad, la rana extiende las patas delanteras con los dedos abiertos y detecta la presencia de un pez.
El medio explica en parte por qué esa solución funciona. En agua turbia, la luz se dispersa en las partículas en suspensión y la visión pierde alcance. Las vibraciones, en cambio, se transmiten bien, porque el agua es mucho más densa que el aire. El sonido, por ejemplo, viaja más de cuatro veces más rápido en el agua, y un animal que se mueve genera ondas de presión que llegan lejos.
Los animales acuáticos, reptiles incluidos, tienen más necesidad de sentidos innovadores justamente por esas diferencias físicas. Algunos modifican sentidos conocidos, otros detectan lo que los humanos no percibimos y otros difuminan los límites entre un sentido y otro.
Una piel que respira, bebe y siente
Los anfibios llevan la percepción en otra dirección. Respiran y beben a través de la piel, que además excreta toxinas para defenderse de los depredadores y les permite captar el entorno. El agua, las sustancias disueltas y otros datos ambientales están en contacto permanente con su cuerpo. A eso se suma la mecanorrecepción cutánea, es decir, la capacidad de detectar estímulos mecánicos a través de la piel. La superficie está cubierta de receptores que registran tacto, presión y vibración, de forma similar a los nuestros.

Esa red permite una estrategia de poco gasto. Una rana puede quedarse inmóvil mientras su cuerpo vigila el ambiente, y algunas especies reaccionan solo cuando un depredador en movimiento llega a una distancia de entre 38 y 76 centímetros. Para un animal que pasa buena parte de su vida casi quieto, es una ventaja concreta, porque un sapo que se mueve de más puede llamar la atención de un depredador o espantar a su presa.
Brújulas que nadie ve
La capacidad más difícil de estudiar es la magnetorrecepción, la detección del campo magnético terrestre. Hay indicios en diversos anfibios y reptiles. Salamandras, ranas, tortugas, cocodrilos y algunos lagartos responden a campos magnéticos en condiciones experimentales, aunque los mecanismos y su importancia ecológica cambian de una especie a otra.
Las tortugas marinas son el caso más conocido. Las crías que entran por primera vez al océano emprenden viajes de hasta 13.000 kilómetros y los experimentos mostraron que reaccionan a campos magnéticos asociados con distintas ubicaciones geográficas. Ese campo no es uniforme. Su intensidad y su inclinación varían de un punto a otro del planeta, de modo que un animal capaz de registrar esas diferencias cuenta con una especie de mapa natural.
Una cría de tortuga no tiene teléfono, receptor GPS ni brújula. Su sistema nervioso, sin embargo, contiene mecanismos que extraen información de una fuerza que los humanos no percibimos de forma consciente.