Se llena de esferas doradas y perfuma cuadras enteras: el árbol argentino que marca la llegada de la primavera
Durante algunas semanas, un perfume intenso invade calles y plazas. El responsable es un árbol nativo que florece casi desnudo y cubre sus ramas de esferas doradas.

Primero aparece el perfume. Puede sentirse al caminar por una plaza o una calle arbolada, incluso antes de descubrir de dónde viene, porque durante unas pocas semanas una especie bastante discreta durante el resto del año se transforma por completo.
Después llega la imagen que explica todo: ramas todavía casi desnudas cubiertas por pequeñas esferas amarillo-doradas. No es uno de los gigantes del arbolado porteño ni necesita alcanzar grandes alturas para hacerse notar, pero su floración se convirtió en una de las señales más particulares de la llegada de la primavera.
Un árbol nativo que florece antes de llenarse de hojas
Se trata del aromito, espinillo o aromo criollo (Vachellia caven), una especie autóctona de Sudamérica que crece naturalmente hasta el centro de la Argentina. Según el Sistema de Información de Biodiversidad de la Administración de Parques Nacionales, es un árbol pequeño, caducifolio y espinoso que normalmente alcanza entre 2 y 5 metros de altura.

Su principal espectáculo ocurre al comienzo de la primavera. Las flores aparecen agrupadas en cabezuelas redondeadas, están formadas por numerosas flores diminutas y tienen el color amarillo dorado que les da ese aspecto de pompones distribuidos sobre las ramas.
El detalle más curioso es el momento en que aparecen. El Gobierno de la Ciudad señala que el aromito puede florecer antes de que broten las nuevas hojas, una característica que deja las inflorescencias prácticamente solas sobre la estructura del árbol y vuelve mucho más intensa la impresión visual.
También tiene espinas blanquecinas que pueden alcanzar unos 3 centímetros, hojas pequeñas y compuestas y frutos en forma de legumbres duras que se vuelven negras al madurar. Parques Nacionales ubica su floración principalmente entre octubre y noviembre y la fructificación desde noviembre hasta febrero.
Del paisaje natural a las calles de Buenos Aires
La presencia del aromito en Buenos Aires forma parte de una historia mucho más amplia: la construcción deliberada del bosque urbano porteño. Las primeras plantaciones sistemáticas de árboles en la ciudad comenzaron hacia fines del siglo XIX, cuando las autoridades empezaron a utilizar el arbolado como herramienta estética, sanitaria y de transformación del espacio público.
Aromito (Vachellia caven) con 20 años de edad, con su floración perfumada de fin del invierno. Parque de Flora Nativa Benito Quinquela Martín, La Boca, Ciudad de Buenos Aires. https://t.co/doZNRpYU5M
— P a i s a j e a n t e (@paisajeante) September 10, 2026
En 1863, por ejemplo, ya se habían plantado unos 185 paraísos sobre la avenida Belgrano, pero el Gobierno porteño considera 1881 como el comienzo del arbolado organizado, porque desde entonces las intervenciones empezaron a registrarse anualmente. Para 1885, Buenos Aires todavía tenía apenas unos 1.100 árboles y buena parte de las plantaciones dependía de los propios vecinos.
Más tarde, la familia Thays tuvo un papel decisivo en la transformación de parques, avenidas y bulevares. Desde los viveros municipales se cultivaban especies que luego se distribuían por distintos puntos de la ciudad, siguiendo una concepción muy ligada al higienismo europeo: los árboles no sólo debían embellecer Buenos Aires, sino también mejorar las condiciones ambientales de una ciudad que crecía rápidamente.

Hoy, esa lógica incorporó además criterios de biodiversidad. El aromito integra el grupo de especies nativas presentes en el arbolado urbano, junto con ceibos, ibirá pitá, aguaribay, lapachos y anacahuitas, una elección que busca recuperar parte de la vegetación propia de la región.
Un aromito que quedó ligado a la historia argentina
Existe, además, un ejemplar con una historia particular. En Plaza Sicilia, dentro del Parque Tres de Febrero, crece un retoño del denominado Aromo del Perdón, vinculado a la residencia que Juan Manuel de Rosas tuvo en Palermo durante el siglo XIX.
Según la tradición recogida por el Gobierno porteño, Rosas descansaba bajo aquel aromo y allí conversaba con su hija Manuelita, quien habría aprovechado algunos de esos encuentros para pedir clemencia por adversarios políticos. El ejemplar original desapareció, pero un nuevo retoño fue plantado en 2019 y mantiene viva esa referencia histórica.
Por eso, cuando las ramas vuelven a cubrirse de pequeñas esferas doradas, el espectáculo tiene algo más que color y perfume. El aromito trae hasta el paisaje urbano una especie que estaba aquí mucho antes de que Buenos Aires se convirtiera en la enorme ciudad que la rodea.