Antártida 2026: el “rebote” del hielo que no alcanza para frenar una señal climática inquietante

Aunque la extensión mínima de hielo marino volvió a valores cercanos al promedio, los científicos advierten que no se trata de una recuperación, sino de una pausa dentro de una tendencia más profunda y preocupante.

La cobertura mínima de hielo marino antártico del verano que ha terminado en el hemisferio sur se ubicó en el decimosexto lugar desde que hay registros satelitales. Aunque es mayor que el de años anteriores, los científicos aclaran que se trata de una pausa y no de una tendencia final.
La cobertura mínima de hielo marino antártico del verano que ha terminado en el hemisferio sur se ubicó en el decimosexto lugar desde que hay registros satelitales. Aunque es mayor que el de años anteriores, los científicos aclaran que se trata de una pausa y no de una tendencia final.

El 26 de febrero de 2026, la extensión de hielo marino antártico alcanzó un mínimo provisional de 2,58 millones de km², un valor que a simple vista podría interpretarse como una señal de normalidad. Sin embargo, tal como indica el National Snow and Ice Data Center (NSIDC), este dato sigue ubicándose por debajo del promedio climático 1981-2010, evidenciando que el sistema continúa alterado.

El mínimo de hielo marino antártico no resultó tan bajo como el de años anteriores. Los investigadores señalan que no se trata de una tendencia sino de la variabilidad en el marco de un ciclo descendente.

Este mínimo fue el 16º más bajo en casi cinco décadas de registros satelitales, lo que confirma que, aunque el año no rompió récords negativos, tampoco representa un verdadero alivio. TLa extensión fue significativamente mayor que el récord de 2023, pero aún forma parte de una secuencia de años excepcionalmente bajos.

El dato clave no está en un año aislado, sino en la tendencia: la Antártida viene atravesando una racha de mínimos históricos que comenzaron a intensificarse en los últimos años. En este contexto, el “rebote” de 2026 no implica recuperación, sino variabilidad dentro de un sistema que ya cambió de estado.

Del colapso reciente a una falsa sensación de estabilidad

Para entender 2026, hay que mirar hacia atrás. En 2023, la Antártida registró la menor extensión de hielo marino desde que existen mediciones satelitales, marcando un punto de inflexión. Tal como indica el NSIDC, ese año también presentó un máximo invernal inusualmente bajo, algo que refuerza la hipótesis de un cambio estructural.

Esta imagen de la NASA, capturada por Blue Marble, muestra el hielo marino antártico el 26 de febrero de 2026, fecha en la que probablemente alcanzó su extensión mínima anual. La extensión promedio del hielo marino el 26 de febrero fue de 2,58 millones de kilómetros cuadrados, lo que la sitúa en el decimosexto puesto entre las extensiones más bajas registradas en los 48 años de datos satelitales. Crédito: NSIDC/NASA Earth Observatory
Esta imagen de la NASA, capturada por Blue Marble, muestra el hielo marino antártico el 26 de febrero de 2026, fecha en la que probablemente alcanzó su extensión mínima anual. La extensión promedio del hielo marino el 26 de febrero fue de 2,58 millones de kilómetros cuadrados, lo que la sitúa en el decimosexto puesto entre las extensiones más bajas registradas en los 48 años de datos satelitales. Crédito: NSIDC/NASA Earth Observatory

El verano austral de 2025 continuó esa tendencia extrema: el hielo descendió hasta 1,98 millones de km², aproximadamente un 30 % por debajo de la media. Según datos de la NASA Earth Observatory, este evento contribuyó a que la extensión global combinada de hielo marino (Ártico + Antártida) alcanzara su mínimo histórico.

En ese marco, el valor de 2026 puede parecer una mejora, pero tal como explica el informe State of the Cryosphere 2025, en realidad se trata de una oscilación dentro de una alta variabilidad interanual. Es decir: el sistema no volvió a la normalidad, simplemente dejó de estar en su punto más extremo… por ahora.

Un sistema climático bajo presión constante

Detrás de estos cambios hay múltiples factores que interactúan. Tal como explica el NSIDC, la variabilidad del hielo marino antártico está influenciada por patrones como la Oscilación Antártica y fenómenos como El Niño, que modifican vientos y temperaturas en la región.

Pero hay una señal más profunda: el calentamiento del Océano Austral. Según el informe State of the Cryosphere, el aumento de temperatura en las capas superficiales del océano dificulta la formación y estabilidad del hielo, incluso en años donde las condiciones atmosféricas podrían favorecer su crecimiento.

Este fenómeno no es menor. El hielo marino cumple un rol clave en la regulación climática global, reflejando radiación solar y actuando como barrera entre el océano y la atmósfera. Su reducción implica mayor absorción de calor, retroalimentando el calentamiento global.

En definitiva, el mínimo de 2026 no es una buena noticia ni una mala noticia en sí misma: es una señal. Una advertencia de que el sistema climático antártico ya no se comporta como antes. Y como en muchos procesos del cambio climático, lo más peligroso no es el récord… sino la nueva normalidad.