El segundo árbol más antiguo del mundo está en Argentina y tiene más de 2600 años
En un área protegida de la Patagonia crece un alerce milenario que comenzó a desarrollarse antes de la era romana y hoy es clave para entender el clima del pasado.

En un mundo dominado por la velocidad, la urgencia y la renovación constante, existe en la Argentina un ser vivo que obliga a pensar en otra escala de tiempo. No aparece en rankings turísticos ni protagoniza campañas publicitarias, pero lleva más de dos milenios creciendo en silencio, ajeno a fronteras, imperios y revoluciones.
Se trata del segundo árbol más antiguo del mundo, un ejemplar que supera los 2.600 años de edad y que vive en la Patagonia argentina. Su existencia no solo despierta asombro, sino que también aporta información clave para comprender cómo fue el clima del planeta mucho antes de que existieran registros meteorológicos sistemáticos.
Un gigante milenario en la Patagonia argentina
El protagonista de esta historia es un alerce andino, un ejemplar de Fitzroya cupressoides, una conífera endémica de los bosques templados del sur de Argentina y Chile. Este árbol crece dentro del Parque Nacional Los Alerces, una de las áreas naturales mejor conservadas del país y reconocida como Patrimonio Mundial por la Unesco.
Los resultados indican que este árbol comenzó a crecer alrededor del año 600 antes de Cristo. En ese momento, el Imperio Romano todavía no se había consolidado y buena parte del mundo actual ni siquiera existía como concepto político o cultural.
Solo un árbol en el planeta lo supera
A escala global, solo un ejemplar supera al alerce patagónico en longevidad comprobada. Se trata de Methuselah, un pino longevo que vive en las Montañas Blancas de California y cuya edad ronda los 4.850 años.
Its a new year and I thought Id show everyone Methuselah, a Bristlecone Pine Tree in the protected White Mountains of California. Methuselah is almost 5000 years old, one of if not the oldest living organism on earth, enjoy.. pic.twitter.com/NzbNmI2Kwd
— I left the Democratic Party because they left me (@WyattEarpMenifi) January 3, 2026
Esta comparación coloca a la Argentina en un lugar destacado dentro del mapa mundial de los grandes hitos naturales, aunque se trate de un récord silencioso y poco visible. A diferencia de otros fenómenos extremos o paisajes emblemáticos, este árbol no se exhibe ni se explota turísticamente, porque su preservación depende de minimizar la intervención humana.
Durante gran parte del siglo XX, los alerces fueron intensamente explotados por su madera, valorada por su durabilidad y resistencia. Esa presión redujo de forma drástica las poblaciones naturales hasta que la especie quedó protegida por ley.
Un archivo natural del clima y una advertencia silenciosa
La extraordinaria longevidad del alerce se explica por una combinación de factores biológicos y ambientales. Su crecimiento es extremadamente lento, lo que da lugar a una madera muy densa y resistente a insectos, hongos y enfermedades.
Cada anillo de crecimiento funciona como un registro ambiental. En su estructura queda plasmada información sobre lluvias, sequías, incendios forestales, erupciones volcánicas y variaciones de temperatura que ocurrieron en la región durante más de dos milenios.
Por ese motivo, estos árboles tienen un enorme valor científico: los datos que aportan permiten reconstruir el clima del pasado y mejorar la comprensión de los cambios climáticos actuales. En un contexto de calentamiento global y aumento de eventos extremos, esta información resulta clave para afinar los modelos que proyectan escenarios futuros.
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— ᴀɴɢᴇʟɪᴄᴀ ᴘᴇʀᴇʏʀᴀ (@AngelicaPereyra) April 18, 2015
El acceso al Alerce Milenario está estrictamente controlado: su ubicación exacta no se difunde de manera masiva y no se permite tocarlo ni rodearlo libremente. Incluso alteraciones mínimas del entorno pueden afectar su equilibrio, después de más de 2.600 años de crecimiento continuo.
A pesar de su relevancia mundial, el segundo árbol más antiguo del planeta sigue siendo poco conocido por el gran público. No suele aparecer en los manuales escolares ni en los circuitos turísticos tradicionales, una paradoja que refleja cómo muchos de los mayores tesoros naturales del país permanecen fuera del centro de la conversación.
El tiempo que no vemos
El alerce milenario ofrece una lección silenciosa pero contundente. Mientras civilizaciones enteras surgieron y desaparecieron, este árbol siguió creciendo milímetro a milímetro, sosteniendo en su tronco una memoria climática que recién ahora comenzamos a interpretar.
Saber que en la Patagonia argentina vive el segundo árbol más antiguo del mundo no es solo un dato curioso ni un récord estadístico. Es un recordatorio de que el planeta guarda historias mucho más largas que las nuestras y de que entender el clima del futuro también implica escuchar a quienes llevan miles de años registrándolo en silencio.