Residuos radiactivos en el mar, a 1000 km de la costa de Francia: ¿se puede seguir bañándose en el Atlántico?
Cientos de miles de barriles radiactivos yacen en el fondo del Atlántico, lejos de las miradas. Una amplia campaña científica dirigida por el CNRS tiene ahora como objetivo evaluar su estado y sus efectos sobre los ecosistemas marinos.

El descubrimiento de más de 200.000 bidones de residuos radiactivos sumergidos en las profundidades del Atlántico Nororiental es motivo de legítima preocupación. Sin embargo, estos residuos se encuentran a una profundidad de casi 4.700 metros y a unos 1.000 kilómetros de la costa francesa, en una zona abisal muy alejada de las playas.
Hoy en día, la cuestión principal no es nadar en la costa, sino comprender los efectos a largo plazo de estos depósitos antiguos en los ecosistemas de aguas profundas.
Una práctica considerada normal durante mucho tiempo
Entre las décadas de 1950 y 1990, varios países con industria nuclear, entre ellos Francia, el Reino Unido, Bélgica y los Países Bajos, vertieron residuos radiactivos al océano.
En aquel momento, esta práctica estaba permitida e incluso se consideraba una solución segura: los barriles se depositaban en llanuras abisales, lejos de las costas y en zonas consideradas geológicamente estables.
Según el CNRS, se han depositado más de 200.000 bidones en la principal zona de vertido del Atlántico Nororiental. Estos contienen principalmente residuos radiactivos de baja o muy baja actividad, procedentes en particular de laboratorios, hospitales o la industria nuclear.
#Communiqué ️ Menée par le CNRS, avec notamment l'@Ifremer_fr et l'@ASNR_FR, cette campagne vise à mieux comprendre les interactions entre les 200 000 fûts de déchets radioactifs immergés et les écosystèmes de l'océan profond.
— CNRS (@CNRS) July 2, 2026
https://t.co/QNSxgwgzCa pic.twitter.com/ymdPg8Gu2Y
Los residuos solían recubrirse con betún, cemento o resina antes de ser depositados en bidones metálicos destinados a ralentizar su degradación.
Esta práctica se ha ido cuestionando gradualmente a medida que se comprenden mejor sus impactos ambientales. El vertido de residuos radiactivos al mar está prohibido desde 1993, tras los cambios en la normativa internacional.
Una campaña científica pionera
Durante mucho tiempo, los científicos conocieron la existencia de estos depósitos, pero su ubicación precisa y su estado de conservación permanecieron poco documentados. Los medios tecnológicos disponibles no permitían una exploración sencilla a profundidades superiores a los 4000 metros.

Para subsanar esta deficiencia, el CNRS lidera el proyecto NODSSUM, en colaboración con Ifremer, la Autoridad de Seguridad Nuclear y Protección Radiológica (ASNR) y varios laboratorios franceses y europeos.
Una campaña oceanográfica inicial, realizada en 2025, permitió cartografiar varios miles de tambores utilizando el robot submarino autónomo UlyX, equipado con un sonar de alta resolución. Los investigadores también recolectaron muestras de agua, sedimentos y organismos marinos a cierta distancia de los tambores para establecer una evaluación inicial de referencia
Observaciones sin precedentes de los barriles en primer plano
Una segunda misión, realizada entre mayo y junio de 2026 a bordo del buque oceanográfico Pourquoi Pas?, fue mucho más allá. En esta ocasión, los científicos utilizaron el sumergible tripulado Nautile para realizar 20 inmersiones a una profundidad de casi 4700 m y observar directamente varios barriles.
Los investigadores han descubierto que algunos barriles se encuentran en un estado avanzado de degradación, llegando en ocasiones a derramarse parcialmente su contenido sobre los sedimentos circundantes.
Las mediciones realizadas in situ confirmaron la presencia de radionúclidos característicos de estos residuos, en niveles superiores al ruido de fondo natural de esta zona, pero lo suficientemente bajos como para permitir la manipulación de muestras sin importantes restricciones de protección radiológica.
Una fauna significativa en el abismo
La misión también deparó una sorpresa: las profundidades abisales albergan una biodiversidad mucho más rica de lo que se imaginaba cuando se vertieron los residuos. Peces, anémonas, corales, esponjas y crustáceos han colonizado las zonas que rodean los bidones.

Los investigadores ahora buscan comprender si la presencia de desechos influye en estos ecosistemas y cómo pueden circular los radionúclidos en este entorno profundo.
Las numerosas muestras de agua, sedimentos y organismos recolectadas serán analizadas en el laboratorio en los próximos meses. El objetivo es comprender mejor el destino de la radiactividad en las profundidades oceánicas , una zona aún en gran parte inexplorada, y ampliar nuestro conocimiento sobre las interacciones entre estos antiguos depósitos y los ecosistemas abisales.
Advertencia: ¿nadar es peligroso?
La respuesta es no. El CNRS y sus socios no pretenden estudiar los peligros de la natación pública. Más bien, están observando los efectos de los residuos radiactivos en el ecosistema marino circundante.
Hasta la fecha, no hay indicios de que estos residuos radiactivos representen un riesgo para la natación en la costa atlántica francesa. Esto es especialmente cierto si se tiene en cuenta que los bidones se encuentran a una profundidad de 4300 metros y a más de 1000 kilómetros de la costa francesa más cercana, señalan los investigadores.
Referencia de la noticia
CNRS. (2026). Déchets radioactifs immergés dans l'Atlantique : une mission scientifique pour documenter les interactions avec les écosystèmes.