San Valentín en tiempos de algoritmos: ¿puede la IA convertirse en el nuevo objeto de amor?

A días del 14 de febrero, una encuesta revela que cada vez más personas establecen vínculos emocionales con chatbots. Entre la curiosidad, la soledad y el avance tecnológico, el romance digital plantea preguntas profundas sobre el amor humano.

Afirman que los sentimientos que experimenta una persona al interactuar con IA son reales, aunque el vínculo no lo sea en términos humanos.
Afirman que los sentimientos que experimenta una persona al interactuar con IA son reales, aunque el vínculo no lo sea en términos humanos.

Mientras las vidrieras de negocios se llenan de corazones rojos y las reservas para cenas románticas empiezan a agotarse, una pregunta inesperada se cuela en la previa del Día de los Enamorados: ¿es posible enamorarse de una inteligencia artificial? Para una porción nada despreciable de usuarios, la respuesta es sí.

Una encuesta reciente de la consultora Fractl, realizada a 1.000 adultos estadounidenses, indica que una de cada cinco personas que usa inteligencia artificial cree que el amor entre humanos y sistemas de IA puede ser real. El dato más llamativo va un paso más allá: el 3 % admite utilizar a su chatbot como pareja.

No se trata de una simple curiosidad tecnológica. El fenómeno ocurre en paralelo a la expansión de la IA en el mundo laboral, donde ya se la reconoce por mejorar la productividad en ciertos sectores y, al mismo tiempo, generar temor por la posible pérdida de empleos. Ahora, el impacto parece extenderse al terreno más íntimo.

Confesiones, nombres propios y horas de charla

El estudio de Fractl muestra que la relación entre usuarios y chatbots no es superficial. Uno de cada tres usuarios de IA generativa asegura haber compartido secretos personales con su asistente virtual, un gesto que tradicionalmente se reserva para vínculos de mucha confianza.

Además, uno de cada cinco le puso nombre a su chatbot, y una proporción similar pasa entre tres y cinco horas semanales conversando con él. En ese contexto, no sorprende que las búsquedas vinculadas a la llamada “psicosis de la IA” hayan aumentado un 2.285 %, reflejando tanto fascinación como preocupación.

Incluso, el 8 % de los encuestados afirma que su chatbot expresó amor de manera espontánea, y el 42 % teme que este tipo de fenómenos pueda afectarlos a ellos o a alguien cercano.

¿Amor real o ilusión emocional?

Para Alexandra Cromer, consejera profesional licenciada de Thriveworks, la situación merece cautela. “Muchos usuarios de IA creen que el amor romántico puede ser ‘real’ entre humanos e IA, fruto de una profunda negación —y quizás desesperación—”, señaló en diálogo con Newsweek.

Cromer aclara que la IA no es sensible ni autónoma. “Una relación romántica real implica a dos personas diferentes, con opiniones y experiencias propias, que eligen comprometerse. Eso no ocurre con un sistema que responde en función de datos”, advierte.

El cerebro también se enamora de una pantalla

La psicóloga y experta en relaciones Wendy Walsh aporta una mirada complementaria. Según explica, los sentimientos que experimenta una persona al interactuar con IA son reales, aunque el vínculo no lo sea en términos humanos. “Las proyecciones sobre una pantalla pueden generar cambios neuroquímicos y hormonales muy similares a los del amor”, señaló en declaraciones a Newsweek en nombre de DatingNews.com.

El fenómeno ocurre en paralelo a la expansión de la IA en el mundo laboral.
El fenómeno ocurre en paralelo a la expansión de la IA en el mundo laboral.

Walsh destaca que algunas personas son más susceptibles: quienes atraviesan situaciones de soledad, presentan apego ansioso o tienen dificultades en la conexión social. En esos casos, la retroalimentación constante y validante de un chatbot puede resultar altamente gratificante.

Riesgos, alivios y un futuro incierto

La especialista también señala que, en ciertos contextos sociales, la tecnología puede funcionar como válvula de escape. Sin embargo, Cromer alerta sobre los posibles efectos a largo plazo: aislamiento social, aumento de la depresión, retraimiento y abandono de vínculos humanos significativos, además de la consolidación de patrones de pensamiento poco saludables.

De cara a este 14 de febrero, el debate queda abierto. Walsh lo resume con una esperanza: “Ojalá aún tengamos espacio para la conexión humana real. El desafío será que la tecnología no la reemplace, sino que no nos haga olvidar por qué sigue siendo insustituible”.

En tiempos donde hasta el amor puede programarse, San Valentín vuelve a recordarnos que el contacto humano —imperfecto, impredecible y real— sigue siendo el gran desafío del corazón.