Se queda sin hielo: el macizo Alvear en Tierra del Fuego perdió el 80 % de su cobertura en 124 años y es irreversible
En el extremo sur de Argentina, un glaciar que fue postal y brújula turística se convirtió en termómetro del calentamiento global. Su retroceso no solo cambia el paisaje: también anticipa menos hielo, menos agua regulada y más urgencia de planificar.

Tal como informó Sobre La Tierra, un estudio académico de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) reconstruyó el derrumbe del macizo Alvear en Tierra del Fuego, cerca de Ushuaia: entre 1900 y 2024 perdió el 80 % de su superficie de hielo y redujo su longitud a la mitad. El hallazgo, divulgado originalmente por Pablo A. Roset, duele por lo concreto: no es “sensación de deshielo”, son mediciones con más de un siglo de distancia entre una y otra.
El dato que más inquieta no es solo cuánto se achicó, sino su aceleración. Hasta fines de los ‘70 el retroceso promediaba 1 hectárea por año; luego, la tasa saltó a 3,5 hectáreas anuales en promedio, con un pico de 62 metros por año entre 1999 y 2004. En línea con esa tendencia, registros locales también muestran que, desde los ‘90, las temperaturas mínimas extremas se volvieron menos frecuentes y que las precipitaciones anuales exhiben una tendencia decreciente en el período 1991–2020, según el Plan Local de Acción Climática de la ciudad.
El macizo Alvear no es una excepción “del fin del mundo”: es un capítulo local de un fenómeno planetario. Tal como explica la Organización Meteorológica Mundial, el período 2022–2024 registró la mayor pérdida trianual de masa glaciar observada, y 2024 se ubicó entre los años más negativos, con pérdidas estimadas en cientos de miles de millones de toneladas de hielo. La ciencia que compila series satelitales e in situ también muestra aceleración reciente: en el registro global 1976–2024, cerca de la mitad del agua perdida por glaciares se concentró en la última década, y 2023 fue un año récord de pérdida anual.
No es percepción: así se midió una desaparición
En glaciología, el primer enemigo de las discusiones públicas es la vaguedad (“se derriten”, “se achican”). Por eso es clave cómo se mide. En este caso, el trabajo nació como una investigación académica con teledetección: la Escuela para Graduados de FAUBA registró la defensa del estudio titulado “Variación espacio-temporal de los glaciares del macizo Alvear , desde la Pequeña Edad de Hielo hasta la actualidad mediante sensores remotos pasivos”, con tutoría de Rodolfo Javier Iturraspe. Y, tal como cuenta SLT-FAUBA, con recorridas en terreno para reconstruir la huella histórica anterior a la era satelital.

Los números duros, cuando se los mira juntos, cuentan una historia sin metáforas: 80 % menos área, 50 % menos longitud, tres veces más velocidad de retracción desde la segunda mitad del siglo XX. Además, la propia UBA advierte que hoy el glaciar está partido en dos, señal típica de un sistema que perdió continuidad, espesor y capacidad de “aguantar” veranos cada vez más cálidos. En criósfera, eso significa una cosa: el margen de recuperación se achica más rápido que el hielo.
El Inventario Nacional de Glaciares es el resultado de más de una década de trabajo del IANIGLA relevando, mapeando y monitoreando el hielo de montaña a lo largo de más de 4.000 km de cordillera. pic.twitter.com/0v2d8Mii2u
— IANIGLA - CONICET (@ianigla) February 24, 2026
¿“Irreversible” es un titular o un diagnóstico? La respuesta es incómoda: puede ser ambas cosas. La literatura científica reciente viene subrayando que, aun si el mundo lograra frenar el calentamiento, muchos glaciares responden con retraso (por su propia inercia) y seguirán perdiendo masa durante décadas. Incluso limitando el calentamiento a 1,5 °C los glaciares del mundo perderían una porción importante de su masa hacia 2100 y desaparecería cerca de la mitad de los glaciares inventariados (sobre todo los pequeños).
Paisajes nuevos, agua incierta
Cuando un glaciar retrocede no solo se pierde una “lengua blanca”: se pierde memoria del territorio. Tal como relató SLT-FAUBA, la retracción se llevó por delante las Cuevas del Alvear, un hito social y turístico—, antes de 2019. Pero el mismo proceso que borra también crea: la Laguna Celeste, inexistente décadas atrás, hoy funciona como una postal nueva, nacida del deshielo que llena una cavidad excavada por el propio hielo. Es un recordatorio cruel: el paisaje cambia igual, lo planifiquemos o no.

El impacto excede la caminata o la foto: en muchas regiones de montaña, los glaciares cumplen un rol de “batería” hídrica, amortiguando extremos. Por eso el Inventario Nacional es estratégico: Argentina inventarió 16.968 cuerpos de hielo, que cubren 8.484 km², y debe actualizarse periódicamente. El Plan Local de Acción Climática recuerda que el deshielo estival del cordón Martial alimenta cursos que atraviesan la ciudad hasta el Canal Beagle, y que la temperatura aparece como factor especialmente determinante en el balance de masa de glaciares de la zona.
Y aquí aparece el tercer vértice de la historia: la política pública. Mientras la evidencia muestra retracción acelerada, el debate legislativo discute el alcance de la protección. La discusión gira, en parte, sobre qué se considera “ambiente periglacial” y si la protección debe acotarse a geoformas con “función hídrica relevante”.