Tragedia en Venezuela: la ciencia explica por qué el desastre ya estaba construido antes del terremoto

Dos terremotos devastaron Venezuela el 24 de junio, pero la tragedia estaba construida mucho antes, por décadas de vulnerabilidad acumulada. Así como la ciencia tiene nombre para elloo, los desastres no tienen nada de naturales.

La diferencia entre un terremoto y una catástrofe no se mide en la escala de Richter... se mide en inversión en preparación y educación sobre riesgos, en sistemas de alerta, en edificios sismoresistentes, en infraestructura crítica resiliente y en instituciones sólidas.
La diferencia entre un terremoto y una catástrofe no se mide en la escala de Richter... se mide en inversión en preparación y educación sobre riesgos, en sistemas de alerta, en edificios sismoresistentes, en infraestructura crítica resiliente y en instituciones sólidas.

El 24 de junio de 2026, en apenas 39 segundos, Venezuela vivió dos de los terremotos más fuertes de su historia reciente: uno de magnitud 7,2 y otro de magnitud 7,5.

Al cierre de esta nota, el balance oficial se acercaba a los 1000 muertos, más de 3.000 heridos, y desgarradoras cifras de desaparecidos. El Servicio Geológico de Estados Unidos estima que el número final podría superar los diez mil fallecidos.

La tierra tembló. Pero la pregunta que los científicos del riesgo llevan décadas respondiendo no es tanto cuánto tembló, sino en qué condiciones la encontró.

En 2010, Chile perdió alrededor de 521 personas por un sismo de magnitud 8,8, que liberó quinientas veces más energía y generó ondas sísmicas 63 veces más amplias que el terremoto de Haití ese mismo año; un sismo de magnitud 7,0 pero cuyo conteo final fue de más de 300.000 muertos. La geología fue casi irrelevante. Lo que mató fue la vulnerabilidad.

Cuando el desastre está construido antes de ocurrir

Los investigadores Blaikie, Cannon, Davis y Wisner, en el texto clásico At Risk (1994), lo dijeron hace tres décadas: los desastres no son naturales. Son la materialización de riesgos acumulados social y económicamente. Lo que la tierra libera es energía; lo que la convierte en tragedia es el entorno humano que la recibe.

Venezuela llegó al 24 de junio en el peor momento posible. Según la ONU, casi ocho millones de personas necesitaban asistencia urgente y el plan humanitario apenas había recibido el 14% de su financiamiento. Los hospitales ya funcionaban al límite: las primeras imágenes mostraron salas de emergencia improvisadas en veredas.

Más del 40% de las viviendas afectadas carecía de certificación sísmica, construidas en el boom petrolero de 1950 a 1970, cuando la urbanización acelerada no contempló la seguridad estructural.

El contraste con Chile lo vuelve elocuente. Analistas del Brookings Institution señalaron que la gobernanza efectiva y el control de la corrupción fueron determinantes. Décadas de revisión de códigos y cultura de preparación ciudadana permitieron que el noveno sismo más poderoso jamás registrado en el planeta dejara poco más de 500 muertos.

La energía liberada por un terremoto puede darnos una idea de su magnitud. Se toma como referencia, la bomba nuclear "Little Boy" soltada en Hiroshima, el 9 AGO 1945. Es claro que la magnitud del terremoto no predice la cantidad de muertos: son las condiciones sociales, económicas e institucionales las que definen la magnitud del daño.
La energía liberada por un terremoto puede darnos una idea de su magnitud. Se toma como referencia, la bomba nuclear "Little Boy" soltada en Hiroshima, el 9 AGO 1945. Es claro que la magnitud del terremoto no predice la cantidad de muertos: son las condiciones sociales, económicas e institucionales las que definen la magnitud del daño.

Turquía y Siria en 2023 ofrecen otro espejo. Un doblete sísmico de 7,8 y 7,5 mató a unas 59.000 personas: el 0,06% de la población turca y un porcentaje aún mayor en Siria, donde doce años de guerra civil habían desmantelado cualquier tejido institucional. Mismo epicentro, tasas de mortalidad radicalmente distintas.

En Turquía, incluso con mejores recursos, la corrupción en la construcción había dejado edificios resistentes sólo a los papeles en lugar de resistentes al sismo.

El caso de Japón cierra el argumento. El 11 de marzo de 2011, un sismo de magnitud 9,1 Mw, el cuarto más poderoso jamás registrado, más de doscientas veces más energético que el de Venezuela, y el tsunami que generó mataron a unas 20.000 personas en una nación de 127 millones: el 0,016% de su población.

Décadas de cultura sísmica, alertas integradas, arquitectura antisísmica y protocolos de evacuación enseñados desde la infancia marcan la diferencia en la cantidad de muertos por terremotos en Japón con otros países.

El riesgo no distingue terremotos de inundaciones

La diferencia entre una catástrofe y una tragedia evitable no se mide en la escala de Richter. Se mide en la historia previa: en los sistemas de alerta, en los hospitales que soporten una emergencia, en las viviendas que no se derrumben al primer sacudón.

La misma lógica aplica a inundaciones, deslizamientos y sequías, eventos a los que la ciencia hace décadas les quitó el rótulo de "naturales".

En 2023, las inundaciones de Derna (Libia) mataron a más de 11.000 personas cuando dos presas con décadas de mantenimiento postergado cedieron. En 2024, las de Valencia dejaron más de 220 muertos en plena Europa: los avisos tempranos llegaron tarde, los protocolos fallaron. El agua no era más intensa. El Estado no estaba listo.

En las inundaciones de Valencia (2024) falló todo lo que tenía que fallar: no hubo alertas, coordinación ni preparación. Aún sin calentamiento global, muchas ciudades se inundarían hoy en día.
En las inundaciones de Valencia (2024) falló todo lo que tenía que fallar: no hubo alertas, coordinación ni preparación. Aún sin calentamiento global, muchas ciudades se inundarían hoy en día.

El investigador Allan Lavell lo resumió con claridad: los desastres no son inevitables, sino el resultado de décadas de mala gestión del riesgo y vulnerabilidad social acumulada.

Venezuela no es un caso atípico: es el recordatorio más reciente y doloroso de algo que la ciencia lleva décadas advirtiéndonos y que los tomadores de decisiones siguen ignorando. Los terremotos no se evitan. Las tragedias, sí.