Polémica por el boom turístico que llega a Florida para presenciar los despegues de Space X

La Costa Espacial de Florida vive una transformación radical de la mano de la iniciativa privada impulsada por Space X. Miles de visitantes llegan a presenciar los despegues y las comunidades locales se debaten si ganan o pierden con esta explosión del turismo espacial terrestre.

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Las playas cercanas se llenan de espectadores que esperan horas para ver unos segundos de historia. Crédito: NASA/Ben Cooper

Ya en los años 80 y 90 las costas con centros de lanzamiento eran un atractivo turístico, pero a una escala modesta. Ahora, con la reutilización de cohetes de Space X, el costo por vuelo ha bajado y el número de lanzamientos se multiplicó. Como resultado, la experiencia de “ver despegar un cohete” ya no es exclusiva de los ingenieros.

Así, los lanzamientos de cohetes, que antes eran eventos esporádicos, se han convertido en un fenómeno casi diario que ha potenciado el turismo y la economía local, al mismo tiempo que genera una intensa controversia social y ecológica.

La región se ha convertido en una suerte de "Disneyland de cohetes", donde la expectativa de presenciar un evento espacial es el principal motor de viaje. El atractivo es innegable: el 41 % de los visitantes que llegan a la zona tienen como principal motivación ver un lanzamiento en vivo.

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El cielo vibra, la tierra tiembla: el espectáculo espacial divide opiniones en la costa. Crédito: NASA

Este boom ha creado un nuevo ecosistema de negocios centrados en la épica espacial: hoteles temáticos, cafés que anuncian “vista al lanzador”, paseos fotográficos, acampadas al borde del Río Grande.

El auge de lanzamientos se concentra en la histórica Costa Espacial de Florida, la zona donde históricamente operó la NASA. La mayor actividad está en las cercanías de Cabo Cañaveral y el Centro Espacial Kennedy. En la última década, la iniciativa privada ha aterrizado en el lugar y revitalizado las plataformas de lanzamiento.

La bonanza trae empleos directos y efectos visibles: se estima que la inversión de Space X supera los US$ 3000 millones en infraestructura en el área. Además, se calcula que entre el 75 % y el 80 % de los empleados contratados son locales, lo que resulta en un impulso económico para la comunidad. Para la hotelería, restaurantes y tours, la fiesta es aún más palpable: llenos de reservas, tarifas al alza y grandes ganancias.

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Los rugidos metálicos rompen la quietud del amanecer.

Este impacto es visible en la infraestructura. En el 2024 se inauguraron en la Costa Espacial tres nuevos hoteles que sumaron 374 plazas y las cifras siguen in crescendo: este 2025 se inauguraron siete hoteles más, que sumaron 1.000 plazas a la oferta y los proyectos en curso agregarán 10 mil plazas para el final de la década. El crecimiento acompaña las proyecciones de la industria, que estima que se realizarán unos 400 lanzamientos anuales para el 2030.

El detrás de escena del espectáculo: grietas, ruidos y uso de recursos

El auge de los lanzamientos espaciales refleja una revolución impulsada por el modelo de bajo costo y la reutilización. SpaceX cambió el paradigma al recuperar y reutilizar las primeras etapas de sus cohetes. Esa innovación, unida al creciente interés por presenciar los despegues, convirtió a los lanzamientos en un negocio que mezcla ciencia, espectáculo y turismo, y que transforma zonas costeras antes marginales en nuevos destinos preferidos.

Lógicamente, no todo es color de rosa para la comunidad local. “Cada vez que lanzan algo, tengo que volver a colgar cuadros en la pared”, expresó una vecina de la zona en declaraciones al diario El Mundo. Es que los cohetes sacuden más que el aire: algunas infraestructuras se resienten, las vías de circulación se ven restringidas según las ventanas de lanzamiento, y la presión sobre los servicios locales crece.

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Turistas y vecinos observan el ascenso de la nave: entre la fascinación y la incomodidad. Crédito: NASA

Además, el crecimiento de la actividad espacial choca con las preocupaciones ambientales. La ubicación de las plataformas de lanzamiento, usualmente dentro o cerca de áreas naturales protegidas, representa riesgos para los ecosistemas.

Varios estudios advierten que los lanzamientos frecuentes generan estruendos, vibraciones, nubes de vapor, polvo y restos metálicos que alteran la fauna y la flora.

Por ejemplo, cerca de Boca Chica se han reportado declives en poblaciones de aves costeras tras el aumento de lanzamientos. Los pescadores tradicionales ven cómo la ola turística les va cerrando espacios, y las comunidades indígenas y usuarios históricos de la costa denuncian no haber sido consultados sobre los cierres temporales de playas o cambios de uso de los espacios.

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Desde los cafés con “vista al cohete” hasta las casas vecinas agrietadas, el impacto de los lanzamientos se siente en todos los niveles.

Uno de los cuestionamientos más importantes es el enorme consumo de agua. Sólo las operaciones planeadas para el Starship de Space X implican una demanda hídrica colosal: se estima que la empresa prevé utilizar 1,5 millones de litros de agua por lanzamiento y otros 250.000 litros por cada aterrizaje, principalmente para enfriar los equipos de la plataforma. Sumando estos usos, la demanda anual podría alcanzar los 190 millones de litros.

Estas cifras son alarmantes para el condado de Brevard, que ya enfrenta la escasez de agua potable para sus propios residentes y empresas. El conflicto por el uso de los recursos naturales está planteado.

Según algunas voces críticas, la tolerancia de los residentes ha llegado a su límite. Antes, cuando el actor principal era la NASA, los vecinos estaban dispuestos a respaldar el programa espacial porque lo percibían como el cumplimiento de un deber patriótico. Ahora que la actividad está dominada por Space X, propiedad de Elon Musk, ese sentimiento se ha desvanecido.

El auge de los cohetes es un ejemplo del dilema del progreso: dinamismo económico y revolución tecnológica a cambio de un costo ecológico y social. Los lanzamientos continúan, el turismo prospera y la línea entre la épica espacial y la protección del planeta se difumina. El espectáculo está garantizado, pero las preguntas sobre quién se beneficia y quién paga el precio están más vivas que nunca.