El extraño caso de los arcoíris blancos: por qué se forman y cómo hacer para verlos
Son poco frecuentes, casi invisibles y aparecen solo cuando la atmósfera se combina de una manera muy particular. Qué los hace distintos y en qué situaciones es posible encontrarlos.

El cielo es escenario de fenómenos fascinantes: nubes que crecen como montañas, rayos que cortan la noche, atardeceres que parecen incendiar el horizonte. Algunos son tan habituales que ya forman parte del paisaje. Otros, en cambio, aparecen pocas veces y solo cuando se combinan condiciones muy precisas.
En ese grupo menos frecuente están los llamados arcoíris de niebla: arcos pálidos, casi blancos, que recuerdan a los arcoíris de siempre, pero esconden una física bastante distinta.
El arcoíris de niebla, o fogbow, es una de esas situaciones en las que la atmósfera repite una receta conocida, pero cambia un ingrediente clave y el resultado se transforma por completo.
Un arcoíris que parece desvanecido
A diferencia del arcoíris clásico, con su secuencia de colores bien definida, el arco de niebla es tenue. A veces se percibe blanco; otras, con apenas un borde rojizo en el exterior y un tono azulado hacia el interior. Es más ancho, menos nítido, como si alguien hubiera pasado un pincel húmedo sobre los colores.

La explicación no está en la luz -que es la misma- sino en el tamaño de las gotas de agua que flotan en el aire.
El arcoíris tradicional aparece cuando la luz del Sol atraviesa gotas de lluvia relativamente grandes. En ese recorrido, la luz se refracta al entrar, se refleja dentro de la gota y vuelve a refractarse al salir.
Ese doble cambio de dirección separa los colores porque cada longitud de onda se desvía en un ángulo distinto. Por eso el rojo queda arriba y el violeta abajo: no es un capricho, es geometría pura. El resultado es un arco bien definido, con bordes claros y colores intensos.
Cuando las gotas son demasiado chicas
En la niebla, las gotas son muchísimo más pequeñas, casi microscópicas. Y ahí aparece el cambio clave.
La luz sigue refractándose, pero entra en juego la difracción. En lugar de salir en direcciones bien definidas, la luz se abre en un abanico amplio al interactuar con gotas tan chicas.

¿El resultado? Los colores dejan de separarse con claridad. Como se “desparraman” en muchas direcciones, terminan superponiéndose unos con otros en el mismo sector del cielo. Es decir: se dispersan, pero justamente por eso se mezclan.
Por eso el arco pierde intensidad y aparece ese blanco dominante, con colores apenas insinuados.
¿Por qué los arcoiris siempre son curvos?
Hay otra característica que comparten todos los arcoíris, tengan o no colores: su forma.
Aunque desde el suelo vemos un arco, en realidad se trata de un círculo completo. La mitad inferior queda oculta por el horizonte. Desde un avión, ese círculo puede verse entero.
La forma aparece porque la luz sale de las gotas en un ángulo muy preciso respecto a la dirección opuesta al Sol, que pasa por tu cabeza.

En el arcoíris clásico, ese ángulo ronda los 42°. Solo las gotas ubicadas en esa posición exacta envían luz hacia tus ojos. Si uno pudiera dibujarlo, vería un cono de luz con el observador en el vértice.
En los arcos de niebla ocurre lo mismo, pero con bordes más difusos, como si ese ángulo fuera una zona más amplia y menos precisa.
Y hay un detalle que suele sorprender: cada persona ve su propio arcoíris. Si te movés, el arco se mueve con vos. No se puede alcanzar porque no tiene una ubicación fija.
Un fenómeno esquivo
Los arcos de niebla no son comunes, pero tampoco imposibles. Para ver uno, se necesita una combinación bastante precisa: niebla presente, el Sol bajo y a la espalda del observador, y una visibilidad suficiente como para distinguir el contraste.

Son más frecuentes en zonas costeras, regiones montañosas o lugares donde la niebla aparece seguido. Incluso pueden formarse con luz de Luna, aunque en ese caso son extremadamente tenues.
Otros juegos de la luz
Cuando las condiciones cambian un poco, el cielo ofrece variantes del mismo fenómeno.
Arcoíris doble: a veces aparece un segundo arco más tenue por encima del principal. Se forma cuando la luz rebota dos veces dentro de la gota antes de salir. Ese recorrido extra invierte el orden de los colores.

Arcos supernumerarios: son bandas finas, pegadas al arco principal, con tonos suaves. En este caso, vuelve a aparecer la difracción, mostrando que la luz también se comporta como una onda.
Todos estos arcos parten de lo mismo: luz solar y agua suspendida en el aire. Pero pequeños cambios -como el tamaño de las gotas- modifican por completo el resultado.
El arcoíris de niebla no es una rareza aislada: es una demostración de lo sensible que es la interacción entre la luz y la atmósfera.
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