La NASA envió 12,5 millones de semillas de tomate al espacio: volvieron casi 6 años después y el resultado sorprendió
Debían permanecer poco tiempo fuera de la Tierra, pero quedaron allí durante casi seis años. Cuando regresaron, el resultado abrió nuevas preguntas sobre cultivar alimentos en el espacio.

En abril de 1984, el transbordador espacial Challenger transportó una carga bastante diferente de las que suelen asociarse con una misión de la NASA: 12,5 millones de semillas de tomate destinadas a permanecer fuera de la Tierra. El objetivo era sencillo de formular, aunque mucho más complejo de responder: comprobar qué podía ocurrir con ese material biológico después de quedar expuesto al ambiente espacial.
El experimento formaba parte de SEEDS —Space Exposed Experiment Developed for Students— y las semillas viajaron dentro del Long Duration Exposure Facility (LDEF), una gran plataforma diseñada para permanecer durante meses en órbita terrestre. La intención inicial no era dejarlas allí durante casi seis años, pero una serie de acontecimientos terminó convirtiendo al ensayo en una prueba bastante más exigente de lo previsto.
Un año que terminó convertido en casi seis
El LDEF debía regresar a la Tierra mucho antes, pero su recuperación comenzó a demorarse y el accidente del Challenger, ocurrido en enero de 1986, modificó profundamente el programa de vuelos espaciales de Estados Unidos. Cuando la misión regreso a tierra en enero de 1990, las semillas habían permanecido 69 meses alrededor de nuestro planeta, sometidas durante todo ese tiempo a condiciones muy diferentes de las terrestres.
Después del regreso, la NASA impulsó un gigantesco experimento educativo y distribuyó semillas espaciales junto con muestras de control entre miles de escuelas, donde alumnos y docentes siguieron su evolución. Alrededor de 3,3 millones de estudiantes participaron de la experiencia, registrando germinación, crecimiento y desarrollo para comprobar si aquel viaje extraordinariamente prolongado había dejado consecuencias visibles.
Los primeros resultados mostraron que las semillas espaciales continuaban siendo perfectamente viables y alcanzaron una germinación cercana al 73,8 %, frente a aproximadamente 70,3 % entre las que habían permanecido en la Tierra. La diferencia no permitía afirmar que viajar al espacio las hubiera mejorado, pero sí mostraba algo mucho más significativo: casi seis años en órbita no habían destruido su capacidad de convertirse en plantas.
Antes de los tomates, hubo árboles que viajaron alrededor de la Luna
La idea de enviar semillas fuera de la Tierra no comenzó con aquella misión de 1984, sino que existía un antecedente mucho más temprano y simbólico. Trece años antes, durante Apollo 14, el astronauta Stuart Roosa llevó cientos de semillas de árboles mientras orbitaba la Luna, en un experimento desarrollado junto con el Servicio Forestal de Estados Unidos.
50 years ago today, Apollo 14 was on its way to the Moonand it was carrying the seeds for hundreds of "Moon Trees" that have been planted around the world >> https://t.co/SPkcUHgqIq #Apollo50 pic.twitter.com/soyqwSuN6n
— NASA Marshall (@NASA_Marshall) February 4, 2021
Después del regreso, muchas de esas semillas germinaron y dieron origen a los llamados Moon Trees, ejemplares que posteriormente fueron plantados en distintos lugares de Estados Unidos y otros países. Aquella experiencia ya planteaba una pregunta que décadas más tarde seguiría vigente: hasta qué punto una semilla podía atravesar un viaje espacial y conservar intacta su capacidad biológica.
Más de medio siglo después, esa historia volvió a repetirse con una tecnología completamente diferente, pero con un fuerte componente simbólico y científico. En 2022, la misión Artemis I volvió a transportar semillas de árboles alrededor de la Luna, y una nueva generación de Moon Trees comenzó posteriormente a distribuirse para continuar aquella experiencia iniciada durante el programa Apollo.
De comprobar si sobrevivían a intentar producir comida
Con el paso de los años, sin embargo, la investigación dejó de concentrarse únicamente en determinar si una semilla podía viajar al espacio y regresar con vida. El desafío pasó a ser mucho más ambicioso: conseguir que una planta pudiera completar buena parte de su ciclo allí arriba y, eventualmente, transformarse en alimento para una tripulación.

El salto resulta especialmente importante porque producir una hoja de lechuga plantea desafíos muy diferentes de los necesarios para obtener un fruto en una planta de ciclo más prolongado. Cultivos como tomate o pimiento requieren más agua, floración, polinización y formación de frutos, exactamente el tipo de problema que cualquier futura misión de larga duración hacia la Luna o Marte tendrá que resolver.
Una pregunta que todavía sigue abierta
Aquellos 12,5 millones de tomates nunca pretendieron resolver por sí solos el problema de alimentar astronautas lejos de la Tierra, pero terminaron ocupando un lugar particular dentro de esa historia. Quedaron en medio de dos etapas muy diferentes de la investigación espacial: la de comprobar si una semilla podía resistir semejante viaje y la actual, que intenta convertir a las plantas en parte de los sistemas de supervivencia humana.
Hoy la agricultura espacial ya no funciona solamente como una curiosidad científica, porque cuanto más largas sean las misiones y más lejos viaje el ser humano, mayor será la dificultad de depender exclusivamente de cargamentos enviados desde nuestro planeta. En ese escenario, aquella prueba inesperadamente prolongada con semillas de tomate dejó una enseñanza que todavía conserva vigencia: la vida vegetal puede soportar condiciones mucho más extremas de lo que alguna vez se imaginó.