¿Por qué el reloj tiene 60 minutos y no 100? El misterio de 5.000 años que viene de Babilonia y aún persiste

Cada vez que mirás el reloj usás un sistema inventado hace cinco milenios en Mesopotamia. Nadie pudo cambiarlo, ni siquiera Napoleón. Te contamos la historia.

El número 60 domina tu vida hace 5.000 años: la historia que nadie te contó del reloj
El número 60 domina tu vida hace 5.000 años: la historia que nadie te contó del reloj

Mirá el reloj. Sesenta minutos en una hora, sesenta segundos en un minuto. Parece lo más natural del mundo, pero hay una pregunta que casi nadie se hace: ¿por qué 60 y no 100?

Vivimos en un mundo decimal —diez dedos, diez en la calculadora, diez en el sistema métrico— y sin embargo el tiempo sigue funcionando con una lógica que viene de otra civilización, otro continente y hace casi 5.000 años.

Todo empezó en Mesopotamia, la región que hoy ocupa Irak, donde los sumerios desarrollaron el primer sistema de conteo posicional de la historia: el sexagesimal.

La elección del 60 no fue arbitraria ni mística. Fue brillantemente práctica: el 60 es el número más pequeño que puede dividirse exactamente por 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20 y 30. Eso lo hacía ideal para repartir tierras, calcular cosechas y —más tarde— medir el cielo.

Los babilonios, herederos de los sumerios, usaban los nudillos para contar: con el pulgar recorrían las doce falanges de los otros cuatro dedos, llegando a 12 en cada mano, y multiplicaban por los cinco dedos de la otra para alcanzar 60. Una calculadora humana elegante y portable.

Cuando alguien intentó cambiar el reloj... ¡y perdió!

El sistema sexagesimal sobrevivió a imperios, traducciones y siglos porque los astrónomos griegos y alejandrinos, especialmente Ptolomeo en el siglo II d.C., lo adoptaron para dividir el círculo en 360 grados y medir los movimientos celestes. De ahí, ese mismo lenguaje migró sin escalas al tiempo cotidiano.

El desafío más serio llegó en plena Revolución Francesa: en 1793, la Convención Nacional decretó el tiempo decimal, con días de 10 horas, cada hora de 100 minutos y cada minuto de 100 segundos. Los relojes decimales se fabricaron, se vendieron, se exhibieron. Y al cabo de dos años, la gente los ignoró por completo. En 1795 el sistema fue abandonado: el hábito de cinco milenios había ganado sin pelear.

Hoy, una versión contemporánea del debate resurge de otro modo: la propuesta de un tiempo universal único, eliminando los 24 husos horarios. Sus impulsores, argumentan que simplificaría la coordinación global, evitaría errores y facilitaría las telecomunicaciones. El contraargumento es igualmente poderoso: en ese mundo, el almuerzo en Buenos Aires coincidiría con el Five O'Clock Tea de Londres, aunque en ambos lugares sería las 10 de la mañana.

Las diferencias horarias ya generan problemas concretos: vuelos perdidos, reuniones fallidas, errores médicos por confusión de turnos, e incluso el famoso "bug del año 2000" que paralizó al mundo por la forma en que los sistemas registraban fechas. El tiempo, cuando no se coordina bien, cuesta vidas y millones.

El número más viejo del mundo y que sigue vigente

Que el tiempo funcione con base 60 no es un capricho ni un error histórico: es la solución más robusta que encontraron cuatro civilizaciones distintas a lo largo de miles de años. Los intentos de reemplazarlo fracasaron no por falta de lógica, sino porque el cambio cultural de algo tan cotidiano —algo que marca cuándo comemos, dormimos y trabajamos— requiere una fricción que ningún decreto puede vencer. El tiempo está tatuado en la biología social de la humanidad.

La próxima vez que llegues cinco minutos tarde a una reunión, pensá en esto: estás usando el mismo sistema de medición que un astrónomo babilónico usaba para calcular el movimiento de Júpiter. El reloj en tu muñeca tiene cinco mil años de historia. Y por ahora, nadie ha podido —ni podrá fácilmente— cambiarle ni un segundo.