Una investigación sostiene que el cambio climático cambia cómo se lee a Poe y Conrad

Obras de Poe, Conrad y Storm describen costas, islas y hielos que cambian de lugar. Una investigación publicada en la revista Paragraph propone que los lectores del futuro tendrán que leerlas con otros ojos.

El cambio climático esta cambiando los lugares donde transcurren las novelas clásicas
El cambio climático esta cambiando los lugares donde transcurren las novelas clásicas

En 1838, Edgar Allan Poe publicó su única novela, La narración de Arthur Gordon Pym, y llevó a sus personajes hasta una región templada de la Antártida. Era pura invención. El continente real guarda la mayor parte del hielo del planeta y nadie lo describiría hoy como un lugar benigno.

Sin embargo, un lector que abra ese libro dentro de cien años podría tener una relación distinta con la página, porque el hielo austral, las costas y los mares que ahora damos por sabidos estarán en otro sitio. Una investigación publicada en Paragraph, y reseñada por The Conversation, parte de esa paradoja. Los libros no cambian, pero cambia el territorio al que remiten.

Una costa que se mueve

Rachel Carson ya lo había advertido en 1951, en El mar que nos rodea. La línea entre tierra y océano nunca fue estable, y los mares avanzaron y retrocedieron durante toda la historia del planeta. Lo que distingue a la época actual es el ritmo. Según los datos que cita The Conversation, desde 1993 el nivel medio global ha subido unos diez centímetros.

Esa cifra tiene dos orígenes que se suman.

El hielo de los continentes, el de Groenlandia, el de la Antártida y el de los glaciares de montaña, se derrite y agrega agua al mar. Además, el agua se dilata cuando se calienta. Aunque no se fundiera ni un cubo de hielo, el océano ocuparía más volumen solo por absorber calor, y como cubre más del setenta por ciento de la superficie terrestre, unos pocos milímetros al año acaban pesando.

Las costas literarias empiezan a sentir ese cambio. En La mitad del reino, de Lore Segal, una de las escenas transcurre en una playa de Brooklyn que un lector futuro podría encontrar sumergida. Philip Hoare recorre en El mar interior espacios litorales que van de Inglaterra a Sri Lanka, y algunos podrían exigir a quien lo lea una dosis de imaginación que hoy no hace falta. Los bancos de arena de los mares del Sur donde Joseph Conrad ubicó Freya, la de las Siete Islas, en 1912, tal vez ya hayan desaparecido bajo el agua.

Los libros no cambian, pero un lugar real puede ser uno de fantasía en 100 años
Los libros no cambian, pero un lugar real puede ser uno de fantasía en 100 años

El caso de Theodor Storm es todavía más curioso. En El jinete del caballo blanco, de 1888, el protagonista Hauke Haien estudia geometría y la aplica a un dique en la costa del mar del Norte, convencido de que resistirá siglos. Una inundación pone a prueba el muro y también la fe en la capacidad humana de dominar el agua.

Storm escribía sobre una región con memoria de catástrofes, porque las crónicas atribuyen a la tormenta de 1362 la destrucción de la ciudad frisona de Rungholt. Nada en el relato habla de calentamiento global y atribuírselo sería un anacronismo. Lo que ha cambiado es lo que nosotros sabemos. Conocemos las condiciones que gobiernan el comportamiento de las costas y sabemos que se están modificando, de modo que el dique de Hauke Haien se lee hoy con otro contexto.

La montaña también se mueve

El agua no es la única que altera los paisajes. El 26 de agosto de 2026, una enorme masa de roca y hielo se desprendió a unos 5200 metros de altitud en el Himalaya.

En cuestión de minutos se transformó en una avalancha de escombros y agua que bajó hacia la frontera entre Nepal y el Tíbet. Fue tan violenta que sus señales sísmicas se confundieron al principio con las de un terremoto. La montaña, en efecto, hizo temblar el suelo.

La literatura comparada se pregunta desde hace tiempo cómo las obras adquieren sentidos nuevos al circular entre épocas y culturas. El clima agrega una vuelta inesperada, ya que el futuro también puede intervenir en la historia de una obra. Un texto que hoy leemos como realista podría empezar a parecer fantástico por describir paisajes que dejaron de existir.

Las causas se siguen investigando y no corresponde atribuir un episodio puntual al cambio climático sin demostrarlo. Pero el contexto físico es conocido. Los glaciares de la región retroceden, y el permafrost, ese suelo congelado que funciona como una especie de pegamento dentro de las fisuras de la roca, pierde firmeza cuando se calienta.

Una ladera que estuvo estable durante milenios puede dejar de estarlo en cuestión de horas. De allí viene lo que más se repetirá en los próximos años, la sensación de que lugares aparentemente fijos cambian de manera abrupta.

Ese vértigo no afecta solo a quienes viven al pie de esas laderas. También alcanza a los libros, que conservan experiencias de lugares y ponen en contacto épocas que ninguna vida individual puede abarcar. La literatura comparada se pregunta desde hace tiempo cómo las obras adquieren sentidos nuevos al circular entre épocas y culturas.

El clima agrega una vuelta inesperada, ya que el futuro también puede intervenir en la historia de una obra. Un texto que hoy leemos como realista podría empezar a parecer fantástico por describir paisajes que dejaron de existir. Y una ficción como la de Poe podría recorrer el camino contrario.

Los libros no predicen nada ni sustituyen a la climatología, la glaciología o la oceanografía. Las páginas siguen igual, con las mismas palabras de Conrad, de Storm o de Poe, y el paisaje que describen es lo que se corre. Cada lector llega desde un futuro distinto y por eso lee un libro distinto, aunque el texto no haya cambiado.

Referencia de la noticia

Dominguez, Cesar. Under the Sea in the Age of the Meteorocene: Towards a New Constitution.