Así era el tren Trasandino que unía océanos, cruzaba la Cordillera de los Andes y trajo su propio fantasma
Durante gran parte del siglo XX el Tren Trasandino permitió unir Argentina con Chile cruzando la siempre inhóspita Cordillera de los Andes. Recuerdos de esta obra faraónica, los restos que quedan en pie y la leyenda de su propio fantasma.

Hubo una época en que cruzar la Cordillera de los Andes no era una aventura de rutas serpenteantes, túneles modernos -con extensas demoras- ni vehículos a combustión fósil. Era un viaje lento, ruidoso y, sobre todas las cosas, fascinante; todo ello sobre rieles.
La nieve, el vapor y el silencio de la altura formaban parte del paisaje cotidiano. Ese tiempo se extendió entre 1910 y 1984, tuvo nombre propio: el Ferrocarril Trasandino Los Andes - Mendoza, una obra de ingeniería monumental que conectó Argentina y Chile atravesando la imponente Cordillera de los Andes.
En los años dorados del tren en Argentina, era posible unir el Océano Atlántico con el Pacífico por medio del ferrocarril, combinando el Trasandino (que partía de Mendoza) con otros recorridos. Pero la historia del tren Trasandino no solo habla de progreso y hazañas técnicas, sino que también guarda un costado misterioso, una leyenda que se coló en los vagones y se instaló para siempre en el imaginario popular. La del enigmático y aterrador Futre, el fantasma de la Cordillera de los Andes.
El tren que unió dos océanos
El ferrocarril Trasandino fue mucho más que un medio de transporte. Representó una revolución logística y simbólica para la región. Permitía unir el Atlántico con el Pacífico mediante una conexión ferroviaria que atravesaba algunos de los paisajes más extremos del continente.
Viajemos juntos x la cordillera de Los Andes y busquemos restos del Ferrocarril Trasandino #BuenMartes sobran las palabras! pic.twitter.com/LGaFof0tDo
— Marcelo (@MarceloAlt1965) January 16, 2024
Inaugurado a comienzos del siglo XX, el tren implicó desafíos técnicos inéditos. Las pendientes pronunciadas, las condiciones climáticas severas y la geografía abrupta obligaron a desarrollar soluciones innovadoras, como sistemas de cremallera que permitían a las locomotoras ascender por sectores de gran inclinación.
Fueron los hermanos Juan y Mateo Clark (de padre inglés y madre sanjuanina) los ideólogos de esta maravilla a fines de 1800, inspirados en el mismo tendido que se había ejecutado para la línea del telégrafo.

Las obras no fueron nada fáciles de ejecutar, sobre todo durante el crudo invierno en los Andes mendocinos. Fuertes vientos, temporales, nevadas y temperaturas bajo cero marcaron el ritmo de esta monumental obra encabezada por la Compañía Clark de Ferrocarril Trasandino.
Así fue como el 5 de abril de 1910, cuando las obras del tendido ferroviario de los dos lados de la cordillera (a la altura de Mendoza en Argentina y de Los Andes en Chile) estuvieron terminadas, ambos extremos finalmente se juntaron entre sí. Y ese día fue histórico, ya que se libró el servicio y se completó el primer viaje completo.

Durante casi 80 años viajar en el Trasandino era una experiencia única. El recorrido ofrecía postales de glaciares, túneles cautivantes e interminables, puentes colgantes y estaciones de altura que parecían suspendidas en el tiempo. Cada tramo era una invitación a contemplar la magnitud de la montaña y la audacia humana para atravesarla.
Durante décadas, el tren transportó pasajeros, mercaderías, historias y sueños. Fue un símbolo de integración regional y un motor económico que dinamizó el comercio y el turismo entre ambos países.
Un viaje lleno de épica y belleza
Los relatos de quienes llegaron a viajar en el Trasandino coinciden en una sensación compartida: el viaje era tan importante como el destino. La travesía ofrecía cambios abruptos de paisaje, desde viñedos y valles hasta cumbres nevadas y quebradas profundas.

Las locomotoras a vapor dejaban una estela sonora que se mezclaba con el viento de la montaña. En invierno, la nieve transformaba el trayecto en una postal cinematográfica; en verano, el cielo despejado revelaba la inmensidad de la cordillera en todo su esplendor.
El Trasandino también fue escenario de encuentros culturales. Pasajeros de distintas nacionalidades compartían vagones, conversaciones y miradas asombradas frente al paisaje. Era un espacio de intercambio que reflejaba la diversidad de la región.
Sin embargo, entre esas historias también empezó a circular otra, menos tangible pero igual de persistente. Y que al día de hoy despierta el interés de turistas y locales
El Futre, el fantasma que llegó con el tren y sus distintas versiones
La leyenda del Futre es uno de los relatos más intrigantes vinculados al tren Trasandino. Descripto como una figura elegante, vestida con capa oscura y sombrero, el personaje comenzó a aparecer en testimonios de trabajadores ferroviarios y viajeros. Y tenía (tiene) una particularidad: le falta la cabeza, por lo que se presenta decapitado y sombrío.
Una de las versiones sobre el origen del Futre se remonta a la época de construcción del ferrocarril que atravesaba la cordillera. De acuerdo a este relato, el protagonista era un inglés llamado Foster, apodado “Futre” por los trabajadores chilenos debido a su vestimenta elegante (el término significa justamente eso en el lunfardo).

Sobre su muerte existen varias versiones también. La más difundida afirma que era pagador de la obra y fue asesinado cuando no pudo pagar salarios a los trabajadores que llevaban adelante la traza del tren. No obstante, otro relato sostiene que era un ladrón que asaltaba jornaleros y terminó muerto y enterrado en la montaña.
Ambas versiones coinciden en el detalle de que murió decapitado, lo que explica su aspecto en los relatos sobre su aparición.
De hecho, la leyenda cuenta que suele aparecer como un hombre elegante, sin cabeza y que pregunta por el dinero antes de desaparecer. Y es uno de los mitos más escuchados en boca de los lugareños en las zonas de Potrerillos, Uspallata y Punta de Vacas (Mendoza).
Todo esto convierte al Futre en parte inseparable del imaginario y la historia del Trasandino.
El legado del trasandino
El tren dejó de funcionar por completo en 1984. No obstante, ya en 1978 -y a raíz de un conflicto diplomático entre los gobiernos de facto de Argentina y de Chile por asuntos de territorio- había sufrido varios sabotajes disimulados. Porque se veía en esta ruta una posibilidad de vía para invasiones ante una inminente guerra (que nunca estalló).

Más allá de su desaparición, la huella del Trasandino permanece en la geografía y en la memoria social. Restos de vías, estaciones abandonadas y túneles silenciosos funcionan a lo largo de todo el corredor internacional (del lado mendocino y también chileno) como vestigios de una epopeya ferroviaria que transformó la región. Y estas estructuras fantasmas son un atractivo de visita obligada para turistas.
Además de ese interés turístico e histórico, el Trasandino también es un tesoro patrimonial. Investigadores, fotógrafos y viajeros buscan reconstruir su historia y rescatar su valor como símbolo de integración y desarrollo.
Y nunca faltan aquellos nostálgicos, melancólicos (¿y soñadores?) que se animan a soñar con la vuelta del trasandino. Eso sí, de sólo pensarlo ya hay que tener en mente una inversión altísima y con trabajos partiendo prácticamente desde cero, dado el estado de abandono (y robo) de los rieles en algunas zonas.