La ciencia advierte: perder una mascota en desastres daña la salud mental. Preocupante ausencia de protocolos oficiales.

Mientras los incendios devastan España sin un protocolo oficial de rescate animal, son los voluntarios quienes cubren el vacío. Lo mismo ocurre en otros desastres, en todo el planeta. La ciencia advierte que perder una mascota en una catástrofe, daña la salud mental humana.

Incorporar a los animales en los esquemas de gestión del riesgo no es un antojo: facilita el acatamiento de las evacuaciones, disminuye las conductas arriesgadas de los propietarios e incluso evita que el personal sanitario abandone sus puestos por proteger a sus mascotas.
Incorporar a los animales en los esquemas de gestión del riesgo no es un antojo: facilita el acatamiento de las evacuaciones, disminuye las conductas arriesgadas de los propietarios e incluso evita que el personal sanitario abandone sus puestos por proteger a sus mascotas.

Entre las escenas de paisajes arrasados por el fuego, hay imágenes aún más desgarradoras: animales calcinados o deambulando sin rumbo entre la ceniza.

En lo que va de 2026, España ha registrado más de 412 incendios que han consumido 280.000 hectáreas, de acuerdo con los datos preliminares del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS).

Son muy pocos los protocolos o procedimientos estandarizados para el auxilio o protección de mascotas en situaciones de desastre, en todo el mundo.

No existe un conteo oficial de cuántos ejemplares han resultado perjudicados, y ello no es fortuito: el país carece todavía de un procedimiento estandarizado para auxiliarlos durante una catástrofe. La Dirección de Derechos de los Animales recién prevé tenerlo finalizado para 2027.

Y eso sucede en todo el mundo, en diferentes desastres: lo hemos visto en los recientes terremotos de Venezuela y Colombia, pero también en inundaciones, huracanes y sequías: la relación entre mascotas y humanos ha hecho que estos se nieguen a evacuar aún a riesgo de su propia vida.

Sin planes oficiales, ese hueco lo llena la ciudadanía organizada, con brigadistas que arriban primero y cuentan con menos medios que cualquier institución pública.

Pero lo que en principio parece un asunto de bienestar animal se convierte, según la literatura científica, en un tema de salud colectiva. Cuando el Estado no prevé qué hacer con los animales de compañía, también está decidiendo, sin ser consciente, cómo responderá la población ante una urgencia.

La falta de planificación tiene un alto costo en improvisación

El episodio que motivó una recogida de firmas con más de 35.000 adhesiones en Change España evidencia ese precio. Una mujer que atendía una colonia de 38 gatos en Girona, España, solo logró localizar a dos después del incendio, y ambos necesitaron ser sacrificados.

La separación obligada de una mascota se vincula con aflicción, cuadros depresivos y estrés posterior a un trauma

Los voluntarios también señalaron que, durante el dispositivo, se retiraron bebederos y comederos que ellos mismos habían colocado. La campaña exige un marco estatal que articule a Protección Civil, bomberos, veterinarios y asociaciones protectoras, algo inexistente hoy.

Perder una mascota en un desastre, genera un trauma profundo porque el vínculo era real, cercano e incondicional. El dolor es válido, aunque a veces otras personas no lo entiendan.
Perder una mascota en un desastre, genera un trauma profundo porque el vínculo era real, cercano e incondicional. El dolor es válido, aunque a veces otras personas no lo entiendan.

La investigación respalda por qué esto trasciende el apego hacia los animales. Un trabajo de 2017 publicado en el American Journal of Public Health evidenció que la separación obligada de una mascota se vincula con aflicción, cuadros depresivos y estrés posterior a un trauma, y que numerosas personas desatienden las órdenes de desalojo o vuelven a zonas peligrosas para recuperarlas.

El ejemplo más recurrente es el huracán Katrina: el 44% de quienes no evacuaron Nueva Orleans en 2005 permanecieron allí por sus animales.

Un año después, Estados Unidos promulgó la ley PETS, que exige integrarlos en los planes de evacuación.

Protegerlos es protegernos

La situación se repite cada temporada de lluvias en América Latina. Tras las crecidas de Bahía Blanca en marzo de 2025, profesionales veterinarios relataron casos de perros y gatos desubicados o extraviados, y advirtieron sobre peligros sanitarios como la leptospirosis por el contacto con aguas contaminadas. Las mismas estampas que en Girona, aunque sin campañas de recogida de firmas con miles de apoyos.

Los precedentes internacionales demuestran que incorporar a los animales en los esquemas de gestión del riesgo no es un antojo: facilita el acatamiento de las evacuaciones, disminuye las conductas arriesgadas de los propietarios e incluso evita que el personal sanitario abandone sus puestos por proteger a sus mascotas en medio de una crisis. Protegerlos resulta, de forma indirecta, una vía para resguardar a las personas.

Para 2027, España espera contar con su propio protocolo, y esperamos que esta acción sea replicada a nivel global, en cada ciudad, en cada país.

Hasta entonces, incendio tras incendio y diluvio tras diluvio, la responsabilidad seguirá pesando sobre quienes disponen de menos recursos para asumirla: vecinos, agrupaciones protectoras y voluntarios que llegan antes que cualquier medida oficial.