Los océanos ya no pueden con tanto calor: cómo el desequilibrio energético amenaza la comida que ponemos en la mesa

Los mares absorben el 91% del exceso de calor que acumula el planeta. Ese dato, silencioso durante décadas, está llegando a un punto de quiebre. Las consecuencias no son solo climáticas: son pesqueras, alimentarias y geopolíticas.

El océano cubre el 70% de la superficie terrestre, pero ha absorbido más del 93% del exceso de calor procedente de las emisiones de gases de efecto invernadero desde la década de 1970. Esa capacidad cada vez está mas cerca de ser sobrepasada. Imagen: NASA
El océano cubre el 70% de la superficie terrestre, pero ha absorbido más del 93% del exceso de calor procedente de las emisiones de gases de efecto invernadero desde la década de 1970. Esa capacidad cada vez está mas cerca de ser sobrepasada. Imagen: NASA

El planeta tiene fiebre, pero el termómetro más preciso no está en el aire sino bajo el agua. Desde hace nueve años consecutivos, el Desequilibrio Energético Terrestre, la diferencia entre la energía solar que entra y la que sale al espacio, rompe récords. Y los océanos, que actúan como una esponja térmica gigantesca, absorben la mayor parte de ese excedente. Tal como advierte la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en sus informes sobre el estado del clima, el calentamiento oceánico ya no es una proyección futura: es un proceso activo que está reconfigurando los sistemas naturales del planeta. El problema es que esa esponja tiene límites. Y estamos llegando a ellos.

El océano, principal amortiguador del cambio climático, está alcanzando su límite: tras años absorbiendo el exceso de calor del planeta, su capacidad se reduce y el sistema se acelera, dando lugar a olas de calor marinas, migración de especies y un impacto creciente sobre la pesca y la seguridad alimentaria global.

Lo que hace especialmente preocupante esta situación es que el océano ha funcionado, durante décadas, como un amortiguador del cambio climático. Al absorber el calor, enmascaró durante mucho tiempo la velocidad real del calentamiento. Pero como señala Grist, esa capacidad de absorción tiene un techo termodinámico: cuanto más cálido está el océano, menos calor adicional puede retener. El resultado es un sistema que, lejos de estabilizarse, se está acelerando. El calentamiento de los mares ya no es silencioso. Se manifiesta en tormentas más intensas, en el deshielo de los polos y en fenómenos que antes eran estadísticamente raros: las olas de calor marinas.

Las olas de calor marinas, eventos en los que la temperatura superficial del océano supera sus valores históricos por semanas o meses, eran consideradas curiosidades científicas hace veinte años. Hoy son una nueva normalidad. Según información consignada por Eos, la frecuencia de estos eventos aumentó un 50% entre 1987 y 2016, y su intensidad continúa escalando. Sus efectos no se quedan en el agua: suben directamente a nuestra mesa.

Cuando el mar se calienta, los peces se van y los pescadores también pierden

El calentamiento oceánico está reordenando la geografía de la vida marina de una manera que no tiene precedentes históricos recientes. Las especies de peces, en busca de aguas más frías y oxigenadas, están migrando hacia los polos a una velocidad que los ecosistemas costeros no pueden acompañar. Tal como documenta la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en su informe El estado mundial de la pesca y la acuicultura 2024, las capturas en zonas ecuatoriales y tropicales muestran descensos sistemáticos, mientras que las poblaciones de peces están reapareciendo en latitudes donde históricamente no existían.

En el caso del Mediterráneo, mar que se calienta a un ritmo de 0,4°C por década según el Instituto Español de Oceanografía (IEO), las consecuencias son visibles y concretas. Especies emblemáticas como el bacalao y el atún rojo enfrentan disrupciones severas en sus cadenas tróficas, provocadas por la reducción del fitoplancton, base de toda la red alimentaria marina. Sin fitoplancton en cantidad suficiente, el zooplancton disminuye, los peces pequeños desaparecen y los grandes depredadores pierden su fuente de alimento. Es una cascada que empieza en lo microscópico y termina en la lonja.

La acuicultura, que muchos consideraban la solución al agotamiento pesquero, tampoco escapa a este fenómeno. El episodio más dramático de los últimos años ocurrió en Chile en 2016, cuando una ola de calor marina desencadenó una proliferación masiva de algas tóxicas, conocidas como bloom de algas, que causó la muerte de millones de salmones atlánticos, con pérdidas estimadas en más de 800 millones de dólares. No fue un accidente aislado: fue una señal de lo que el calentamiento puede hacer en sistemas de producción que dependen de la estabilidad térmica del agua.

De los arrecifes blanqueados a la seguridad alimentaria: la amenaza que viene desde abajo

El blanqueo de corales es, quizás, la imagen más difundida del daño que produce el calentamiento oceánico. Pero más allá de la devastación visual, esos arrecifes son infraestructura biológica crítica: albergan al 25% de todas las especies marinas y proveen alimento y sustento a más de 500 millones de personas en el mundo, según datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Cuando un arrecife blanquea y muere, no desaparece solo una postal tropical: desaparece una fuente de proteínas, un hábitat de cría para peces comerciales y una barrera natural contra la erosión costera que protege comunidades enteras.

Blanqueamiento de corales en Okinawa, Japón, 2016 – Imagen de The Ocean Agency/Banco de Imágenes Oceánicas.
Blanqueamiento de corales en Okinawa, Japón, 2016 – Imagen de The Ocean Agency/Banco de Imágenes Oceánicas.

El impacto más severo se concentra en Asia, donde el 90% de la producción acuícola mundial tiene lugar, y donde poblaciones costeras enteras dependen del mar para su seguridad alimentaria. Pero Europa no es inmune. Tal como explica el informe de Oceana Europa sobre el impacto del cambio climático en los océanos, el Mediterráneo es uno de los mares que más rápido se está calentando del planeta, y la productividad pesquera española acusa ya consecuencias directas: desplazamiento de especies, reducción de capturas tradicionales y aparición de especies invasoras que compiten con las autóctonas.

La convergencia de todos estos factores, olas de calor marinas, migración de especies, colapso de arrecifes y reducción de fitoplancton, configura una amenaza sistémica para la seguridad alimentaria global que va mucho más allá de los titulares climáticos habituales. Tal como concluye el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) en su Sexto Informe de Evaluación, sin reducciones drásticas de emisiones, el deterioro de los ecosistemas marinos comprometerá de forma irreversible la capacidad del océano de proveer alimentos a una población mundial en crecimiento. El mar, que durante milenios fue fuente inagotable de vida, nos está enviando una advertencia que no podemos seguir ignorando.

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