El agua de la Tierra, en duda: la Luna desafía la teoría de los asteroides
Un nuevo estudio basado en muestras lunares del programa Apolo cuestiona una de las hipótesis más aceptadas sobre el origen del agua en la Tierra. Los resultados sugieren que los impactos de meteoritos aportaron mucho menos de lo que se creía.

Durante décadas, la ciencia dio por sentado que el agua de la Tierra llegó desde el espacio profundo. Asteroides y cometas, cargados de hielo, habrían bombardeado el planeta primitivo hace miles de millones de años y sembrado los océanos. Ese escenario coincidía con el llamado Bombardeo Intenso Tardío, un período —entre hace 4.100 y 3.800 millones de años— en el que los impactos fueron frecuentes y violentos en todo el sistema solar interior.
Sin embargo, una nueva investigación basada en rocas lunares devueltas por las misiones Apolo pone en jaque esa explicación. El trabajo sugiere que los meteoritos solo pudieron haber aportado una fracción mínima del agua terrestre, muy lejos de ser la fuente principal.
La Luna como archivo del pasado
A diferencia de la Tierra, cuya superficie se renueva constantemente por la tectónica de placas, la Luna es un registro casi intacto del pasado. No tiene atmósfera, ni océanos, ni actividad geológica significativa desde hace miles de millones de años. Todo lo que impactó allí quedó, en gran medida, preservado.
Esa característica convirtió al satélite natural en una suerte de archivo cósmico. Durante décadas, científicos analizaron el regolito lunar —la capa de polvo y fragmentos de roca de su superficie— para reconstruir la historia de los impactos en el vecindario terrestre.
Un equipo liderado por el doctor Tony Gargano, del Lunar and Planetary Institute (LPI) y la Universidad de Nuevo México, decidió mirar ese archivo con una herramienta distinta: el análisis de isótopos triples de oxígeno, uno de los elementos más abundantes en las rocas.
Una nueva forma de leer las huellas de impacto
Tradicionalmente, los estudios se apoyaban en elementos siderófilos, conocidos como “amantes del metal”, que son comunes en meteoritos pero escasos en la corteza lunar. El problema es que los impactos extremos pueden fundir, vaporizar y mezclar materiales, lo que dificulta separar qué llegó del espacio y qué ya estaba allí.

El enfoque isotópico permitió sortear ese obstáculo. Según Gargano, la “huella” del oxígeno ayuda a distinguir entre el material añadido por los impactores y las alteraciones causadas por la vaporización durante el choque.
Al comparar muestras lunares con meteoritos conocidos, el equipo concluyó que al menos un 1 % del regolito analizado proviene de material de impacto, probablemente de meteoritos carbonáceos. Con ese dato, pudieron establecer un límite máximo a la cantidad de agua que esos cuerpos habrían aportado al sistema Tierra-Luna.
Mucha agua, pero no del espacio
El resultado es contundente: desde el Bombardeo Intenso Tardío, los meteoritos solo pudieron entregar una cantidad ínfima de agua en comparación con la que ya existía en la Tierra.
“Nuestros resultados no dicen que los meteoritos no hayan traído agua”, aclaró Justin Simon, coautor del estudio e investigador de la NASA. “Dicen que el registro lunar hace muy difícil sostener que esa haya sido la fuente dominante de los océanos”.
Claves para el futuro de la exploración
Paradójicamente, esa pequeña cantidad de agua sí podría haber sido crucial para la Luna. Hoy se sabe que gran parte de su inventario hídrico está concentrado en regiones permanentemente en sombra, sobre todo en los polos.
Por ese motivo, agencias como la NASA, la ESA, China y Rusia planean instalar futuras bases en el polo sur lunar. El hielo disponible allí podría servir para consumo humano, producción de oxígeno, combustible y hasta protección contra la radiación.
En ese contexto, incluso un aporte mínimo de agua por impactos podría haber marcado la diferencia. No para crear océanos, pero sí para abrir la puerta a una presencia humana sostenida fuera de la Tierra.
Un legado que sigue dando respuestas
El estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, reunió a científicos de instituciones como la NASA, el Jet Propulsion Laboratory y el Scripps Institution of Oceanography.
“Somos la generación que no voló a la Luna, pero que heredó sus muestras”, resumió Gargano. “Ese material sigue siendo la referencia clave para entender cómo se formó nuestro mundo… y por qué terminó siendo habitable”.
Referencia de la noticia
Anthony M. Gargano et al, Constraints on the impactor flux to the Earth–Moon system from oxygen isotopes of the lunar regolith, Proceedings of the National Academy of Sciences (2026). DOI: 10.1073/pnas.2531796123