James Webb resuelve el gran enigma astrofísico: los agujeros negros nacieron antes que sus propias galaxias
Una medición sin precedentes realizada con el telescopio James Webb reveló que un agujero negro supermasivo dominaba por completo su galaxia hace más de 13.000 millones de años, poniendo en duda los modelos clásicos de evolución cósmica.

Desde que el telescopio espacial James Webb comenzó a explorar los rincones más remotos del cosmos, los llamados “puntos rojos pequeños” (Little Red Dots o LRD) se convirtieron en uno de los grandes enigmas de la astronomía moderna. Estas diminutas y brillantes estructuras, observadas cuando el universo apenas daba sus primeros pasos, parecían ocultar agujeros negros supermasivos. Sin embargo, numerosos modelos teóricos sugerían que las estimaciones de su masa podrían estar exageradas.
Ahora, un equipo internacional de investigadores logró despejar las dudas gracias a la primera medición directa realizada sobre uno de estos objetos. El resultado no solo confirma la presencia de un agujero negro gigantesco, sino que además revela una situación completamente inesperada para los científicos.
La investigación, publicada en la revista Nature, se centró en Abell 2744-QSO1, un objeto tan distante que su luz comenzó su viaje cuando el universo tenía apenas 700 millones de años de edad.
La ayuda de una lupa cósmica natural
Para alcanzar semejante nivel de detalle, los astrónomos combinaron las capacidades del James Webb con un fenómeno conocido como lente gravitatoria. En este caso, la gravedad de un cúmulo de galaxias situado entre la Tierra y el objeto actuó como una gigantesca lupa natural, amplificando la señal procedente del universo temprano.
Gracias a esta combinación, los investigadores pudieron estudiar con precisión el movimiento del gas que gira alrededor del centro de Abell 2744-QSO1. Mediante espectroscopía de alta resolución, analizaron la velocidad de ese material y reconstruyeron su curva de rotación.
Los datos mostraron un comportamiento perfectamente compatible con el movimiento kepleriano esperado alrededor de una masa extremadamente compacta. El análisis permitió calcular que el objeto central posee una masa equivalente a unos 50 millones de soles.

Esta evidencia descarta otras explicaciones posibles, como la existencia de un cúmulo estelar muy denso o concentraciones de materia oscura capaces de generar el mismo efecto gravitatorio.
“Nuestros resultados representan una medición dinámica y directa de la masa de un agujero negro en el universo primitivo”, explicó Ignas Juodžbalis, investigador de la Universidad de Cambridge y autor principal del estudio. Además, el trabajo confirma que los métodos indirectos utilizados habitualmente para estimar masas de agujeros negros continúan siendo fiables incluso a distancias extremas.
Participación española en una investigación histórica
El estudio contó también con una importante contribución de científicos españoles. Los astrofísicos Michele Perna, Santiago Arribas y Pablo G. Pérez-González, del Centro de Astrobiología (CAB), participaron en el procesamiento e interpretación de la compleja información obtenida por el James Webb.
Su trabajo resultó fundamental para reconstruir la dinámica del gas que rodea al agujero negro y comprender las condiciones físicas presentes durante las primeras etapas de la historia cósmica.
Un agujero negro más grande que su propia galaxia
La mayor sorpresa llegó cuando los investigadores intentaron calcular la masa de la galaxia anfitriona.
Los resultados fueron desconcertantes. La información obtenida indica que el espacio disponible para albergar estrellas es extremadamente reducido. De hecho, incluso las estimaciones más conservadoras muestran que el agujero negro posee, como mínimo, el doble de masa que todas las estrellas de la galaxia juntas.
La diferencia es extraordinaria. En el universo actual, las galaxias suelen tener masas aproximadamente mil veces superiores a las de sus agujeros negros centrales. En Abell 2744-QSO1, esa relación aparece completamente alterada y supera en tres órdenes de magnitud los valores observados en galaxias cercanas.
Por esta razón, los científicos lo consideran el agujero negro masivo más “desnudo” jamás detectado.
Una posible semilla de los primeros gigantes cósmicos
El objeto presenta además otra característica singular: se encuentra en un entorno químicamente muy primitivo, prácticamente libre de elementos pesados.
Esta condición lleva a los investigadores a pensar que podrían estar observando una auténtica “semilla” de agujero negro supermasivo en una etapa temprana de crecimiento. Sería la primera vez que se captura un objeto de estas características en pleno proceso de acumulación de materia.
El descubrimiento aporta además una evidencia significativa a favor de la llamada teoría de la “primacía del agujero negro”. Según esta hipótesis, los agujeros negros gigantes pudieron formarse y desarrollarse antes incluso de que nacieran las primeras generaciones de estrellas dentro de sus galaxias.
Los investigadores creen que este coloso cósmico no surgió tras la muerte de una estrella masiva, sino mediante el colapso gravitatorio directo de enormes nubes de gas primordial. De ser así, Abell 2744-QSO1 representaría una ventana única hacia uno de los procesos más antiguos y fundamentales de la historia del universo.
Referencia de la noticia
Juodžbalis, I., Marconcini, C., D’Eugenio, F. et al. A direct black-hole mass measurement in a little red dot at high redshift. Nature 653, 1017–1021 (2026). https://doi.org/10.1038/s41586-026-10579-4
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