Científicos descubren cuánta agua es necesaria para volver a transformar tierras agrícolas árticas en sumideros

Durante siglos, las turberas acumularon carbono, pero luego las drenamos para cultivar y se transformaron en fuentes de emisiones. Un estudio en Noruega midió cuánto hay que subir el agua para eliminar las emisiones.

Las turberas drenadas —antaño enormes depósitos de carbono construidos durante miles de años— están filtrando silenciosamente gases de efecto invernadero a la atmósfera
Las turberas drenadas —antaño enormes depósitos de carbono construidos durante miles de años— están filtrando silenciosamente gases de efecto invernadero a la atmósfera

Para entender lo que pasa en el norte de Noruega, primero hay que entender qué es una turbera. Imaginemos un terreno que permanece encharcado la mayor parte del tiempo. El agua cubre el suelo, y eso hace que casi no entre oxígeno. Sin oxígeno, los microorganismos que descomponen la materia orgánica trabajan muy lento. Las hojas, los tallos, las raíces de plantas que mueren año tras año no llegan a descomponerse del todo. Se acumulan. Capa sobre capa, durante siglos o milenios, forman un depósito de turba.

Ese depósito es, básicamente, carbono almacenado. Las plantas lo tomaron de la atmósfera mientras vivían, y al no descomponerse por completo, ese carbono quedó atrapado en el suelo. Por eso las turberas son, en su estado natural, uno de los sumideros de carbono más importantes del planeta.

El problema empezó cuando intervino la agricultura.

Qué pasa cuando se drena una turbera

Para cultivar en suelos de turbera, lo primero que se hace es bajar el nivel del agua. Se cavan zanjas, se instalan tubos de drenaje, se busca que el terreno se seque. Cuando el agua baja, entra oxígeno al suelo. Y ahí los microorganismos que estaban medio dormidos se despiertan y arrancan a trabajar.

Empiezan a descomponer toda esa materia orgánica que estuvo guardada durante siglos. La descomposición libera dióxido de carbono (CO₂). Lo que antes era un depósito que retenía carbono, pasa a ser una fuente que lo emite a la atmósfera.

Un equipo del Instituto Noruego de Investigación en Bioeconomía (NIBIO) pasó dos años midiendo qué pasa exactamente en una turbera cultivada del Ártico, en el valle de Pasvik, al norte de Noruega. Y los resultados, publicados recientemente, ayudan a entender cómo se puede manejar el agua para mejorar el balance de gases y reducir el aumento del cambio climático.

La dificultad de medir todo junto

Cuando se sube el nivel del agua en un suelo drenado, las cosas no son tan simples como "más agua, menos emisiones". Porque en el suelo conviven distintos procesos y distintos gases.

El metano (CH₄), por ejemplo, lo producen microorganismos que prosperan en ambientes sin oxígeno. Si el suelo se inunda del todo, puede aumentar el metano. El óxido nitroso (N₂O), otro gas de efecto invernadero muy potente, suele aparecer cuando el suelo está húmedo pero no completamente anegado, en condiciones donde la descomposición del nitrógeno queda a medio camino.

"Cada gas reacciona distinto a los cambios en el nivel del agua", explicó Junbin Zhao, investigador del NIBIO y autor principal del estudio. "Uno puede bajar mientras otro sube. Por eso hay que medirlos todos juntos, durante toda la temporada, para entender el efecto real".

Por qué el norte tiene una ventana

En el Ártico, subir el nivel del agua en campos cultivados tiene un efecto especial por las largas horas de luz del verano. Cuando el suelo está más húmedo, las plantas trabajan un poco menos, pero eso se compensa porque el campo alcanza antes el punto donde absorbe más carbono del que libera. Al haber tantas horas de sol, esa ventana de absorción se estira mucho más que en otros lugares.

Las condiciones del Ártico hacen que el suelo pueda volver a recuperar su estatus de sumidero
Las condiciones del Ártico hacen que el suelo pueda volver a recuperar su estatus de sumidero

La temperatura también importa. Si el suelo pasa los 12°C, los microbios se activan y las emisiones suben aunque el agua esté alta. Eso significa que el beneficio de tener el suelo húmedo funciona mejor en climas fríos, y que el calentamiento global podría ir achicando esa ventaja.

Por último, la forma de manejar el campo influye. Cortar el pasto muy seguido saca el carbono que las plantas absorbieron, incluso con mucha agua. Una opción es cultivar especies que aguanten suelos húmedos para no tener que drenar tanto. Y como dentro de un mismo campo hay zonas que se comportan distinto, hacen falta mediciones más precisas para saber bien qué pasa en cada lugar.

La dirección del cambio

Durante siglos, drenar tierras húmedas se consideró sinónimo de progreso. Significaba volver productivo lo que antes era pantano. Hoy, con la perspectiva del cambio climático, esa ecuación se está revisando.

El estudio de Pasvik muestra que, al menos en las turberas cultivadas del norte, subir el nivel del agua puede ser una estrategia efectiva para reducir emisiones. No es una solución única ni automática: la temperatura, la frecuencia de cosecha, la variabilidad del suelo y el comportamiento de los otros gases obligan a mirar el conjunto.

Pero abre una dirección clara. La misma tierra que durante siglos fue drenada para producir, ahora puede manejarse de otra manera. No se trata de volver al estado natural, porque ya es un campo cultivado. Se trata de encontrar el punto justo de agua donde el suelo deje de ser una fuente de carbono y empiece a acercarse a la neutralidad, o incluso a inclinarse del lado de la absorción.

Referencia de la noticia:

Junbin Zhao, Cornelya F. C. Klütsch, Hanna Silvennoinen, Carla Stadler, David Kniha, Runar Kjær, Svein Wara, Mikhail Mastepanov. Substantial Mitigation Potential for Greenhouse Gases Under High Water Levels in a Cultivated Peatland in the Arctic.