Clonación en mamíferos: el impactante descubrimiento científico que confirma por qué es peligrosa
Un experimento con un ratón demostró que las mutaciones genéticas afectan a las generaciones venideras hasta detener su reproducción. Por qué la clonación jamás debería llegar a los humanos.

Por décadas, la clonación ha sido sinónimo de promesa, misterio y fascinación. Desde la célebre oveja Dolly (primer mamífero clonado allá por 1996, hace ya casi 30 años) hasta los experimentos más sofisticados de la biotecnología moderna, el sueño de replicar la vida parecía avanzar sin freno. Sin embargo, después de 20 años de un experimento sin precedentes, la ciencia vuelve a recordarnos algo esencial: la naturaleza tiene límites que no pueden ignorarse.
Un estudio liderado por el investigador japonés Teruhiko Wakayama (de la Universidad de Yamanashi), y publicado recientemente en Nature Communications, acaba de demostrar. con gran contundencia, que la clonación en mamíferos no puede sostenerse indefinidamente.
Y es que, llegado a un punto específico, los clones simplemente dejan de nacer. No es por azar ni por mala técnica, sino por una acumulación progresiva y fatal de mutaciones. En pocas palabras, la vida -literalmente- colapsa.
Cuando la clonación atenta contra sí misma
El experimento que confirma la más reciente teoría comenzó en 2005, 9 años después de la histórica clonación de Dolly. El protagonista fue un único ratón hembra de pelaje agutí y de quien, a partir de sus células somáticas, se generó la primera camada de clones.

Luego, se repitió el proceso con cada nueva generación, como si se tratara de una especie de “fotocopia de fotocopia”.
En un principio, y para sorpresa y asombro de los científicos, todo marchó bien. Así fue como se sucedieron las primeras 25 generaciones: los ratones clonados crecían normales, vivían unos dos años -como cualquier ratón- y hasta mostraban una ligera mejora en la tasa de éxito del procedimiento.
No mentimos si decimos que la idea de pensar que la clonación seriada podía continuar para siempre era tentadora. Pero la naturaleza, siempre tan sabia, tenía otros planes.
Fue a partir de la generación 25 que algo empezó a fallar. Los embriones no prosperaban con la misma frecuencia, por lo que la tasa de clones viables caía sin freno. Ya para la generación 57, el éxito era prácticamente simbólico: apenas 0,6% de los intentos llegaba al nacimiento. Mientras que la generación 58 no sobrevivió más de un día.

¿Qué estaba ocurriendo? Todo se explicaba con una acumulación silenciosa, progresiva e irreversible de mutaciones genéticas.
Mutaciones acumuladas, vida apagada
El equipo de investigadores científicos secuenció el genoma de los ratones clonados en distintas generaciones, y la conclusión fue demoledora. Porque cada generación incorporaba 70 nuevas mutaciones puntuales (SNVs), así como también cerca de de 1,5 mutaciones estructurales (SVs), como reordenamientos cromosómicos o pérdidas de fragmentos enteros de ADN.

Entre las generaciones 23 y 57, se duplicó la cantidad de mutaciones dañinas. Comenzaron a evidenciarse pérdidas de cromosomas, translocaciones y anomalías que afectaban genes indispensables para el desarrollo. Ello explicaba los embriones que no se formaban, los nacimientos fallidos y el progresivo derrumbe del linaje clonado.
En definitiva, la naturaleza confirmaba que la clonación tenía fecha de vencimiento.
Por qué el sexo es clave para salvar a la especie
Pese a acumular mutaciones, los científicos advirtieron algo asombroso: los ratones seguían siendo fértiles.
Así las cosas, cuando los científicos cruzaron clones tardíos con machos normales, las crías que nacían por reproducción sexual mostraban tasas de nacimiento normales, camadas más grandes, placentas sin anomalías y, principalmente, una reducción drástica de las mutaciones heredadas.
La reproducción sexual funcionaba como un sistema natural de limpieza genética. Lo que la clonación no podía corregir, el sexo sí.

“Más allá de cierta cantidad de generaciones, la clonación conduce inevitablemente a la acumulación de mutaciones que solo la reproducción sexual puede depurar”, explicó Wakayama.
Un experimento que nadie volverá a repetir
En total fueron más de 1.200 los ratones clonados que formaron parte de este experimento. Se trató de un trabajo que expertos como Lluís Montoliu -del CNB-CSIC- describen como “heroico”, aunque probablemente irrepetible, tanto por su complejidad técnica como por las restricciones éticas actuales.
De hecho, el estudio también desafía teorías clásicas, como la famosa hipótesis de la Reina Roja, que propone que el sexo es necesario para adaptarse a entornos cambiantes.

Aquí, en condiciones controladas, sin presiones ambientales ni amenazas externas, la clonación fracasó a raíz de las mutaciones inevitables que genera el paso del tiempo.
Clonación en humanos: la frontera que no debe cruzarse
El hallazgo reabre un debate tan científico como ético (y antiguo). Para la jefa de la Unidad de Edición Genómica en Ratón del CNIO, Sagrario Ortega, la conclusión es clara:
“La clonación es una herramienta valiosa para investigación y biotecnología, pero jamás debería aplicarse en humanos. La naturaleza siempre va un paso adelante”.

Y la evidencia es contundente: no existe la clonación infinita.