El agujero de ozono creció este año: por qué eso no significa que la capa dejó de recuperarse
El agujero de ozono sobre la Antártida alcanzó cerca de 25 millones de km² a mediados de septiembre, unos 5 millones por encima del promedio para esa época y más que el máximo de todo 2025.

Cada primavera austral, sobre la Antártida se abre un área con muy poco ozono en la estratósfera. Este año llegó con fuerza: según el Servicio de Monitoreo Atmosférico de Copernicus (CAMS), el agujero superó los 15 millones de km², más que la superficie de la propia Antártida, a fines de agosto, un poco antes que el promedio y de forma similar a 2025. Durante la primera quincena de septiembre su área aumentó bruscamente hasta unos 25 millones de km² el día 12, alrededor de 5 millones por encima del promedio para ese período.
Los datos independientes de la NASA, obtenidos con otros satélites, confirman el salto: 25,77 millones de km² el 10 de septiembre, frente a una media histórica de 17,85 millones para ese día. La cifra ya supera el pico de todo el año pasado, cuando el agujero alcanzó su máxima extensión el 9 de septiembre de 2025, con 22,86 millones de km².
The reduction of ozone concentrations in the stratosphere and the formation of the Antarctic ozone hole each year are caused by complex meteorological and chemical processes. The status of the currently ongoing Antarctic ozone hole is displayed as a 3D rendered animation. To put pic.twitter.com/VbN67DuWRU
— Thomas Reis (@peakaustria) September 27, 2026
El contraste llama la atención porque 2025 había sido un año alentador. De acuerdo con la NASA y la NOAA, el agujero de 2025 fue el quinto más pequeño desde 1992, el año en que el Protocolo de Montreal empezó a tener efecto, y Copernicus informó que se cerró el 1 de diciembre, el cierre más temprano desde 2019. Frente a eso, la pregunta surge sola: ¿se frenó la recuperación? La respuesta de los datos es no, y vale la pena entender por qué.
Más ancho, pero no más profundo
Para empezar, conviene aclarar qué se mide. La NASA explica que el área del agujero es la región encerrada por una línea de 220 unidades Dobson de ozono total, un valor elegido porque nunca se habían observado registros tan bajos sobre la Antártida antes de 1979. El área, entonces, nos dice cuánto se extiende la zona empobrecida, pero no cuánto ozono falta en su interior.

El mecanismo que abre el agujero depende mucho de la temperatura. Como detalla Copernicus, el frío intenso permite que se formen nubes estratosféricas polares, que activan la destrucción química del ozono a través de compuestos halogenados cuando vuelve la luz solar en la primavera austral. Este año, el crecimiento rápido coincidió con una caída repentina de la temperatura mínima a unos 20 km de altura sobre el polo sur. La propia NASA lo resume así: las condiciones más frías dan como resultado un área mayor y valores más bajos de ozono en el centro del agujero.
Aquí está la clave de la noticia. Según CAMS, otros indicadores, como el valor mínimo de ozono dentro del agujero y el déficit de masa de ozono, se mantuvieron cerca del promedio. Dicho de otro modo, el agujero se estiró, pero no se hizo más hondo. Es como un charco que se desparrama sobre el piso sin que haya caído más agua. Laurence Rouil, directora de CAMS en el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio, lo planteó con claridad: ningún indicador aislado cuenta la historia completa.

Además, el área es una medida sensible a factores que cambian de un año a otro. La temperatura de la estratósfera, los vientos, la fuerza del vórtice polar y la circulación atmosférica provocan variaciones importantes en el tamaño y la duración del agujero. Un año frío en la estratósfera puede producir un agujero amplio aunque la cantidad de cloro y bromo en la atmósfera siga bajando.
Una recuperación que se mide en décadas
Por eso los especialistas miran tendencias y no años aislados. La Organización Meteorológica Mundial destacó que la aparición cada vez más tardía del agujero fue identificada como un indicio sólido de la recuperación inicial, mientras que Copernicus señala una tendencia de largo plazo hacia la disminución de su área. Y, aunque el agujero de 2026 es grande para los últimos años, no estamos ante un récord: el máximo histórico se registró el 25 de septiembre de 2006, cuando alcanzó 29,5 millones de km².

Ahora habrá que observar cómo evoluciona durante las próximas semanas. El agujero suele alcanzar su máxima extensión entre mediados de septiembre y mediados de octubre; después, a medida que la estratósfera se templa, el vórtice polar se debilita y la destrucción de ozono comienza a frenarse, hasta que hacia fines de diciembre los niveles vuelven a la normalidad. La fecha de cierre será otro indicador importante, mientras que hacia finales de este año está prevista la Evaluación Científica 2026, que permitirá actualizar las proyecciones sobre la recuperación de la capa de ozono.
La lección que deja 2026 es menos espectacular que un titular alarmista, pero mucho más relevante: la capa de ozono se recupera lentamente y con importantes altibajos de un año a otro. Un agujero que supera los 25 millones de km² no borra cuatro décadas de avances ni significa que el proceso se haya revertido. Más bien demuestra por qué hay que analizar la tendencia de largo plazo y sostener los compromisos internacionales que hicieron posible una de las recuperaciones ambientales más importantes de las últimas décadas.