El lago que se cura con el mismo sol que lo enferma: nanotecnología argentina contra las toxinas del agua
En el embalse que le da agua a siete de cada diez cordobeses, un equipo de científicos combina satélites y nanotecnología solar para frenar las floraciones tóxicas que el calor multiplica cada verano

Cada verano, el embalse San Roque —fuente del agua del 70 % de los cordobeses— se tiñe de un verde intenso que no tiene nada de inofensivo. Detrás de esa mancha hay cianobacterias, organismos capaces de liberar toxinas que afectan el hígado y el sistema nervioso, y que el calor cada vez más extremo ayuda a multiplicar año tras año.
Frente a ese escenario, que se repite en embalses de todo el mundo a medida que sube la temperatura del agua, un grupo de investigadores del CONICET y de la Universidad Nacional de Córdoba encontró una respuesta tan simple como sofisticada: usar la misma luz solar que potencia el problema para destruir las toxinas que genera.
Cuando la cura está en la enfermedad
La clave está en unas nanopartículas fotocatalíticas (que reaccionan químicamente ante la luz solar), muchísimo más finas que un cabello humano, montadas sobre plataformas flotantes. Al recibir radiación solar se activan y desencadenan una reacción química que rompe las cianotoxinas, transformándolas en agua, dióxido de carbono y oxígeno.

El investigador Maximiliano Burgos, que desarrolla la tecnología junto a la Dra. María José Esplandiu, del Instituto de Nanociencia y Nanotecnología de Cataluña, la describe como una especie de fotosíntesis al revés: en lugar de generar materia orgánica, la destruye.
[SOCIEDAD] Aparecieron carpinchos "teñidos" de verde en Entre Ríos: organizaciones ambientales denunciaron que hay cianobacterias en el Río Uruguay. https://t.co/O5t3nNkQns pic.twitter.com/KWdltzAkV8
— ElCanciller.com (@elcancillercom) February 12, 2025
Pero el proyecto no ataca a ciegas. Desde hace más de quince años, el Instituto de Altos Estudios Espaciales Mario Gulich analiza imágenes satelitales del San Roque para calcular la concentración de clorofila y anticipar dónde se están gestando las floraciones.
Esa vigilancia remota, con la misma lógica que usan los sistemas de alerta temprana frente a otras amenazas climáticas, es la que permite decidir con precisión dónde ubicar cada plataforma, en lugar de tratar los ocho kilómetros cuadrados del embalse en su totalidad.
El sol, motor de la solución
Si el ensayo funciona a escala real, el impacto no se limitaría a Córdoba. La eutrofización golpea a decenas de embalses semiáridos de la Argentina, y el aumento de la temperatura global solo va a ampliar la temporada en la que las cianobacterias encuentran condiciones ideales para crecer y liberar sus toxinas.
Por eso el equipo ya trabaja en un segundo frente: convertir la biomasa de algas que se retira del lago en energía y otros bioinsumos, bajo un esquema de economía circular que le da un destino productivo a lo que hoy es apenas un residuo maloliente en la orilla.
La ciencia argentina, en definitiva, no promete borrar de un día para el otro décadas de contaminación acumulada. Pero sí ofrece algo valioso: una herramienta capaz de convertir al sol, motor del problema, en el motor de su propia solución.