La geoingeniería en el Ártico funciona: el histórico experimento que engrosó el hielo 32 cm

Por primera vez, una prueba realizada durante todo un invierno demostró que inundar el hielo marino con agua del océano puede hacerlo más grueso, más brillante y retrasar su deshielo. ¿Será posible aplicarlo a gran escala?

El experimento buscaba una manera de frenar los impactos del cambio climático
El experimento buscaba una manera de frenar los impactos del cambio climático

El hielo marino del Ártico disminuye desde hace décadas y los modelos climáticos indican que podría desaparecer casi por completo durante los veranos antes de mediados de siglo. Mientras el mundo intenta reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, algunos científicos exploran y se cuestionan: ¿es posible proteger directamente el hielo para ganar tiempo frente al calentamiento global?

Un estudio publicado en la revista Earth's Future aporta ahora la primera evidencia obtenida en condiciones reales de que una técnica propuesta hace años puede funcionar.

Durante el invierno de 2024-2025, un equipo internacional llevó a cabo un experimento en Cambridge Bay, en el Ártico canadiense, donde inundó sectores del hielo marino con agua bombeada desde el océano. Al finalizar la temporada, las zonas tratadas presentaban hasta 32 centímetros más de espesor que aquellas donde no se realizó ninguna intervención, una diferencia equivalente al adelgazamiento registrado en esa región durante los últimos 50 años.

¿Por qué echar agua sobre el hielo puede hacerlo más resistente?

La idea parece contradictoria, pero tiene una explicación física.

Cuando el océano comienza a congelarse durante el otoño, el hielo aumenta gradualmente de espesor a medida que pierde calor hacia la atmósfera. Sin embargo, la nieve que cae sobre su superficie actúa como un aislante, similar al de una vivienda, reduciendo la pérdida de calor y frenando el crecimiento del hielo.

Los investigadores aprovecharon ese mecanismo.

En lugar de retirar la nieve, bombearon agua de mar sobre el hielo. El agua empapó la capa de nieve y se congeló rápidamente, formando una nueva capa sólida. Al mismo tiempo, esa transformación permitió que el frío penetrara con mayor facilidad y favoreciera un crecimiento adicional desde la parte inferior del hielo.

Para comprobar si la técnica funcionaba, el equipo convirtió un kilómetro cuadrado de hielo marino en un laboratorio al aire libre. Dividieron el área en once sectores: algunos permanecieron intactos y otros recibieron una o dos inundaciones durante distintos momentos del invierno. En total, bombearon cerca de 30.000 metros cúbicos de agua de mar y luego realizaron más de un millar de mediciones del espesor del hielo, además de observaciones con drones, sensores y satélites.

Los resultados confirmaron que las parcelas inundadas dos veces alcanzaron el mayor crecimiento, con incrementos de entre 30 y 32 centímetros respecto de las zonas de control.

Un efecto inesperado: el hielo también se volvió más brillante

El aumento del espesor era el objetivo principal del experimento. Sin embargo, apareció otro resultado que sorprendió a los investigadores.

Durante la primavera, el hielo tratado permanecía mucho más blanco que el hielo natural.

Ese cambio implica un aumento del albedo, es decir, de la capacidad de reflejar la radiación solar hacia el espacio. Cuanto mayor es esa reflectividad, menor es la energía absorbida y más lentamente comienza el deshielo.

Las imágenes obtenidas con drones y satélites mostraron que las zonas intervenidas destacaban claramente por su mayor brillo, un efecto que los modelos utilizados hasta ahora ni siquiera contemplaban. Los autores creen que el nuevo hielo podría contener una estructura interna diferente, con pequeñas burbujas de aire capaces de dispersar mejor la luz, aunque todavía será necesario investigar ese mecanismo.

El equipo también ensayó una segunda estrategia. Cuando comienza el deshielo primaveral, el agua suele acumularse en charcos sobre la superficie del hielo. Como esos estanques son mucho más oscuros, absorben más radiación solar y aceleran la fusión. Los investigadores perforaron pequeños orificios para drenar parte de esa agua y comprobaron que, en pocos días, la superficie recuperó gran parte de su brillo.

Aun así, los propios autores son cautelosos. El estudio demuestra que la técnica funciona a pequeña escala, pero todavía quedan interrogantes importantes antes de pensar en una aplicación más amplia. Será necesario evaluar sus costos, la enorme complejidad logística de intervenir grandes superficies y, sobre todo, sus posibles impactos sobre los ecosistemas árticos y las comunidades que dependen del hielo marino.

Lejos de plantearse como una alternativa a la reducción de emisiones, los investigadores sostienen que este tipo de intervenciones solo podría convertirse, en el futuro, en una herramienta complementaria para conservar zonas especialmente vulnerables. Lo que sí cambia este experimento es que, por primera vez, una idea que hasta ahora solo existía en simulaciones por computadora demostró funcionar en el mundo real.

Referencia de la noticia

Blanchard-Wrigglesworth, E., Ceccolini, A., Smith, A., Woods, A., Sherwin, C., Borowski, K., et al. (2026). Artificial flooding leads to thicker and brighter Arctic sea ice.