"Lo más parecido al infierno": el asteroide que mató a los dinosaurios no los congeló, pero sí asó la Tierra en 2 horas
Una nueva investigación plantea que la extinción de los dinosaurios pudo ocurrir mucho más rápido de lo pensado. Una gigantesca nube de polvo habría convertido la Tierra en un verdadero horno pocas horas después del impacto.

Hace 66 millones de años, un asteroide de unos 10 kilómetros de diámetro impactó contra la Tierra cerca de la actual península de Yucatán, en México. La colisión dio origen al cráter de Chicxulub y marcó el final del período Cretácico, provocando la desaparición de alrededor del 75 % de las especies que habitaban el planeta, entre ellas casi todos los dinosaurios.
Lo que todavía genera debate entre los científicos no es si el impacto causó esa extinción masiva, sino cómo ocurrió exactamente. Durante años, una de las hipótesis más aceptadas sostuvo que la mayoría de las especies sucumbió lentamente como consecuencia de un prolongado invierno global, con temperaturas muy bajas y una drástica reducción de la luz solar.
Sin embargo, una investigación publicada en Journal of Geophysical Research: Biogeosciences propone un escenario muy distinto. Según sus autores, el golpe inicial pudo haber sido mucho más letal de lo que se creía y habría acabado con gran parte de la vida terrestre en apenas una o dos horas.
La clave estuvo en una inmensa nube de polvo
El trabajo, liderado por investigadores de la Universidad de Purdue, reconstruyó lo que ocurrió inmediatamente después del impacto del asteroide. La colisión vaporizó más de 1.000 kilómetros cúbicos de roca y sedimentos, expulsando ese material a decenas de kilómetros de altura.
Hasta aquí, el mecanismo ya era conocido. La novedad del estudio es que identifica el papel decisivo de una enorme nube de polvo extremadamente fino que quedó suspendida en la atmósfera tras el impacto. Ese polvo actuó como una tapa gigantesca: en lugar de permitir que el calor escapara al espacio, lo devolvió continuamente hacia la superficie.

El resultado fue devastador. Los cálculos indican que la radiación térmica sobre el planeta llegó a ser unas tres veces y media más intensa que la producida únicamente por las esférulas, generando un ambiente capaz de provocar incendios forestales espontáneos y eliminar rápidamente a la mayor parte de la fauna terrestre.
Un planeta convertido en un horno
Los investigadores comparan aquel escenario con un auténtico infierno. La espesa nube de polvo bloqueaba casi por completo la luz solar mientras retenía el calor cerca del suelo, elevando las temperaturas hasta niveles extremos.
En esas condiciones, solo habrían tenido posibilidades de sobrevivir aquellas especies que lograron refugiarse bajo tierra, permanecer bajo el agua o encontrar algún tipo de protección natural frente al intenso calor.
Esa podría ser una de las explicaciones de por qué pequeños mamíferos, anfibios, reptiles y otros organismos resistentes lograron superar la catástrofe, mientras que los grandes dinosaurios desaparecieron casi por completo.
Del calor extremo a un largo invierno global
Paradójicamente, el mismo polvo responsable del intenso calentamiento inicial también habría sido el origen de un cambio climático completamente opuesto.
Una vez que cesó la lluvia de esférulas y se extinguieron los incendios, las diminutas partículas permanecieron suspendidas en la atmósfera durante años, e incluso décadas. Al bloquear gran parte de la radiación solar, desencadenaron un invierno global que redujo drásticamente las temperaturas y alteró las cadenas alimentarias en todo el planeta.
Los investigadores destacan además que ese polvo tenía apenas 2,5 micrómetros de diámetro, un tamaño similar al de las partículas presentes en el humo de los incendios forestales actuales. De haber sobrevivido al calor inicial, muchos animales igualmente habrían enfrentado graves problemas respiratorios por la inhalación de ese material.
Un rompecabezas que todavía no está completo
Aunque los resultados fortalecen la hipótesis de una extinción extremadamente rápida, los propios autores reconocen que aún hacen falta más evidencias geológicas para confirmar el alcance global de los incendios provocados por el impacto.
Hasta el momento, las señales más claras de esos incendios se encontraron en Norteamérica. Sin embargo, los científicos creen que futuras investigaciones podrían identificar rastros similares en otras regiones del planeta y ayudar a reconstruir con mayor precisión las primeras horas posteriores al choque del asteroide.
Resolver este interrogante va mucho más allá de conocer el destino de los dinosaurios. Comprender cómo reaccionó la Tierra frente a uno de los mayores desastres naturales de su historia también permite entender la capacidad de recuperación de los ecosistemas y por qué algunas especies consiguieron sobrevivir mientras otras desaparecieron para siempre.