La guitarra de árboles que solo se ve desde el aire: la historia de amor detrás del homenaje más conmovedor de Córdoba
Más de siete mil árboles dibujan un instrumento gigante que nació como homenaje de un hombre a su esposa fallecida y hoy se distingue incluso en imágenes satelitales.

Con los pies en la tierra, la frondosa arboleda no deja ver demasiado. Son hileras prolijas, sombra y viento que atraviesa el follaje. El secreto aparece recién cuando la mirada se eleva y abarca el conjunto: entonces se distingue una guitarra perfecta, formada por más de 7 mil árboles que dibujan el contorno, las cuerdas, el puente y hasta una estrella.
La guitarra está a unos 19 kilómetros al norte de General Levalle, en el sur de Córdoba. La silueta alcanza unos 2,5 km de largo y unos 400 metros en su parte más ancha. Desde el aire, el diseño se distingue con nitidez.
Detrás de esa silueta que sorprende a pilotos y curiosos en Google Earth hay una historia de amor que empezó en los años 60 y que se vuelve más conmovedora cuando se la observa con la perspectiva no sólo de la altura sino del tiempo.
Un homenaje vivo
La obra surgió de la decisión de un hombre que perdió a su esposa demasiado pronto y eligió transformar un deseo pendiente en un homenaje visible desde el cielo.
Pedro Martín Ureta regresó de Europa cuando era joven y volvió a hacerse cargo de la tradición estanciera familiar. Ya en Córdoba y con 28 años conoció a Graciela Yraizoz, once años menor. Se enamoraron, se casaron y formaron una familia con cuatro hijos. La vida transcurrió entre trabajo, crianza y proyectos compartidos.
Durante un vuelo sobre la llanura, Graciela observó un campo cuya forma le recordó a un balde. Según relataron sus hijos a distintos medios, esa imagen le dio una idea concreta: imaginó su propio terreno con la forma de una guitarra. Lo comentó en su casa. Pedro escuchó y dejó el proyecto para más adelante.

Pero ese momento no llegó. En 1977, Graciela sufrió un aneurisma cerebral y murió. Tenía sólo 25 años y estaba embarazada del quinto hijo.
Pedro quedó viudo, con cuatro chicos a su cargo. Poco después decidió cumplir el sueño de Graciela, como forma de homenajearla y convertir el dolor en un proyecto a largo plazo.

Hacia el final de la década comenzó a plantar los árboles. Medían entre 15 y 25 centímetros. No había drones ni imágenes satelitales de fácil acceso. Tampoco paisajistas convencidos: varios dudaron de que el proyecto fuera viable.
Pedro siguió adelante con ayuda de empleados y familiares. Enfrentaron sequías, heladas y animales silvestres que dañaban los brotes jóvenes. El crecimiento fue lento, pero constante.
Los contornos se plantaron con cipreses californianos, de un verde intenso que define la caja del instrumento. Las cuerdas se trazaron con eucaliptos medicinales, que desde lo alto aportan un tono más azulado. El puente y la estrella se delinearon con pinos cipreses de piña. El diseño se planificó como si fuera un plano técnico, pero se ejecutó con paciencia, árbol por árbol.

Tres décadas más tarde, los árboles alcanzaron su altura definitiva y la silueta se volvió completamente nítida desde el aire, incluso en imágenes satelitales.
Hay un detalle que vuelve esta historia todavía más humana: Pedro nunca vio su obra desde arriba. Le tenía miedo a volar. Recorrió el campo a pie, conoció cada línea y cada árbol, pero jamás subió a un avión para contemplar el conjunto. Solo la conoció por fotos.
Pedro murió en 2019, a los 79 años. Años antes había vuelto a formar pareja y tuvo otra hija, pero la guitarra quedó como huella perdurable de aquel primer amor. No es un monumento inmóvil: es un bosque vivo que crece y se transforma con cada estación.
Desde arriba sorprende por su escala; desde abajo, por su precisión. Y aunque nació de una historia personal, terminó convirtiéndose en uno de los paisajes más conocidos del sur cordobés, donde memoria, romance y naturaleza componen un paisaje único.