No es solo lluvias, sequías y más calor: te contamos el efecto de El Niño que recorta años de vida en medio planeta

El Pacífico se calienta y los modelos anticipan un fenómeno potente para fin de año. Detrás de las sequías y las inundaciones se esconde una factura mucho menos conocida: la salud humana.

Sabemos que El Niño, si bien ocurre en el Pacífico ecuatorial, modifica el clima de todo el planeta a través de sus "teleconexiones". Lo que no sabíamos es que reduce la espectativa de vida de quienes lo padecen.
Sabemos que El Niño, si bien ocurre en el Pacífico ecuatorial, modifica el clima de todo el planeta a través de sus "teleconexiones". Lo que no sabíamos es que reduce la espectativa de vida de quienes lo padecen.

El Pacífico ecuatorial volvió a entrar en ebullición y los pronosticadores no se andan con vueltas. La NOAA mantiene activo su "El Niño Watch" con un 82 % de probabilidad de que el fenómeno emerja entre mayo y julio, y un 96 % de que se consolide en el verano boreal 2026-27.

Lo más inquietante es que la onda Kelvin que recorre el océano —ese gigantesco pulso de agua cálida que viaja bajo la superficie— corre hoy más caliente que en el mismo punto del legendario evento de 1997-98.

Si bien aún no podemos afirmar que se trate de un "super Niño", sabemos que será un evento poderoso y cuya magnitud será cada vez mayor como consecuencia del calentamiento global antropogénico, dibujando un escenario donde es necesario prepararse para resistir sus efectos.

El mapa que se repite, cada vez más extremo

Para entender lo que viene, podemos mirar hacia atrás. El Niño de 1982-83, uno de los más violentos del siglo XX, fue una verdadera clase magistral de destrucción encadenada.

Las costas de Perú y Ecuador se inundaron mientras Australia, Indonesia y el sur de África se resecaban hasta el incendio. En las Galápagos, el calentamiento del mar arrasó con poblaciones enteras de aves marinas y blanqueó arrecifes de coral que tardaron décadas en recuperarse: un colapso ecológico documentado que todavía se estudia como caso testigo.

Los principales episodios de El Niño, como los de 1972-73, 1982-83, 1997-98 y 2015-16, han provocado algunas de las mayores inundaciones, sequías, incendios forestales y blanqueamientos de coral del último medio siglo.

Ese patrón no es casualidad, sino la firma de las llamadas teleconexiones: el calor acumulado en el Pacífico reorganiza la corriente en chorro y redibuja el clima a miles de kilómetros.

El problema es que ahora ese mapa se traza sobre un planeta más caliente y con menos margen. Veintinueve países ya enfrentaban crisis alimentarias antes de que el fenómeno se formara, y naciones como Etiopía, Somalia o Zimbabue todavía arrastran las heridas del Niño anterior. Un segundo golpe, más fuerte que el primero, llega antes de que los sistemas hayan podido cicatrizar.

La consecuencia silenciosa: el reloj de la vida

Pero la ciencia acaba de poner sobre la mesa una consecuencia que veníamos pasando por alto, y que no aparece en ningún informe meteorológico. El Niño no solo moja, seca y quema: también nos recorta, en silencio, meses de vida. Y eso ocurre incluso en los países ricos que se creían a salvo.

El gráfico a) muestra cuánto se redujo la esperanza al nacer en EE.UU. con El Niño de 1998. El b), los cambios acumulados en la esperanza de vida de los países en la cuenca del Pacífico. En c), el impacto en la esperanza de vida al nacer, en cinco años, luego de los eventos El Niño por países.
El gráfico a) muestra cuánto se redujo la esperanza al nacer en EE.UU. con El Niño de 1998. El b), los cambios acumulados en la esperanza de vida de los países en la cuenca del Pacífico. En c), el impacto en la esperanza de vida al nacer, en cinco años, luego de los eventos El Niño por países.

Acá aparece el dato que cambia la conversación. Un estudio publicado en Nature Climate Change midió algo que casi nadie había cuantificado: cuánta esperanza de vida nos cuesta cada Niño. El resultado es contundente. El evento de 1982-83 borró 0,5 años de esperanza de vida promedio en los países de la cuenca del Pacífico; el de 1997-98, otros 0,4 años.

No es un parpadeo: el efecto sobre la mortalidad persiste durante más de una década después de que el océano vuelve a la calma.

Lo más revelador es quién paga la cuenta. Los mayores impactos sanitarios recaen sobre los niños y los adultos jóvenes —los más vulnerables al calor, las enfermedades transmitidas por agua y la inseguridad alimentaria—, mientras que el mayor peso económico golpea a la población de mediana edad.

Y si hablamos de impactos económicos, tenemos que mencionar cifras descomunales: el equivalente a 2,6 billones (millones de millones) de dólares en pérdidas de bienestar para 1982-83 y 4,7 billones para 1997-98, montos que rivalizan con presupuestos sanitarios nacionales enteros.

El hallazgo más incómodo es que ni los países de altos ingresos quedan exentos, lo que anticipa un panorama todavía peor para las regiones más expuestas y con menos recursos para responder.

¿Por qué esto debería preocuparnos justo ahora?

Porque el cambio climático está cargando los dados. Cuando el hielo marino del Ártico retrocede, se debilita un mecanismo natural que amortiguaba la intensidad de El Niño, lo que permite que los eventos sean más fuertes y duraderos.

La proyección de los autores es para tomar nota: bajo un escenario de emisiones moderadas, la pérdida acumulada de esperanza de vida podría trepar hasta 2,8 años para el año 2100.

El Niño deja de ser un episodio pasajero para convertirse en un erosionador lento de las décadas de progreso sanitario que tanto costó construir.

El extraordinario evento El Niño de 1877-78 contribuyó a una hambruna global que acabó con cerca del 4 % de la población mundial. Hoy estamos mejor preparados para resistir el embate de un evento similar.
El extraordinario evento El Niño de 1877-78 contribuyó a una hambruna global que acabó con cerca del 4 % de la población mundial. Hoy estamos mejor preparados para resistir el embate de un evento similar.

La buena noticia es que el conocimiento abre la puerta a la prevención. Integrar los sistemas de alerta temprana de El Niño en la planificación de salud pública, reforzar los planes de acción contra el calor y la mala calidad del aire, y proteger a los trabajadores informales y al aire libre dejan de ser recomendaciones abstractas: son medidas que salvan años de vida concretos.

La meteorología y la salud, dos mundos que la mayoría de la gente suele pensar por separado, hoy ponen en claro que hablan el mismo idioma.

El Pacífico nos está mandando una señal clara y, por primera vez, podemos leerla en su dimensión más humana. El verdadero costo de El Niño 2026 no se medirá únicamente en hectáreas inundadas ni en cosechas perdidas, sino en algo mucho más íntimo: el tiempo que vivimos. Anticiparlo, esta vez, depende de nosotros.

Referencias de la noticia

Xu, R. et al. (2026). Enduring impacts of El Niño on life expectancy in past and future climates. Nature Climate Change.

Glynn, P. W. (Ed.). (1990). Global Ecological Consequences of the 1982-83 El Niño-Southern Oscillation. Elsevier.

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