¿Cuántos terremotos hay al año en el mundo? Los números tras el temor al 'Big One', la catástrofe latente en California
Mientras los sismos de Venezuela y Colombia reavivan el miedo sísmico en Latinoamérica, un estudio detectó en California la mayor tensión en mil años sobre la falla de San Andrés.

El 24 de junio, un doblete sísmico de magnitud 7,2 y 7,5 sacudió Venezuela y se sintió en Bogotá. Seis semanas después, un sismo de magnitud 7,4 remeció el noroeste colombiano y llegó a Ecuador, Panamá y Perú.
En ambos casos, algo que parecía lejano golpeó con una fuerza que la infraestructura no estaba lista para absorber, en una región de riesgo sísmico hasta entonces subestimado.
El hallazgo reactivó una pregunta que los sismólogos se hacen hace décadas: no si va a ocurrir el "Big One", sino cuándo.
La puerta que decide el tamaño del próximo gran sismo
Lo que más desvela a los científicos no es la falla en sí, sino Cajon Pass, una garganta al noreste de Los Ángeles por donde circulan a diario 160.000 vehículos, trenes, fibra óptica y gas.

Ahí convergen San Andrés y San Jacinto, y el modelo de la geofísica Liliane Burkhard, de la Universidad de Berna, muestra que ese cruce funciona como "puerta sísmica": a veces bloquea el paso de una ruptura entre fallas y, otras veces, la deja avanzar y las une en un solo evento cercano a magnitud 7,5.
En 1857, cuando eso ocurrió, el sismo de Fort Tejon —magnitud 7,9— mató a apenas dos personas, porque ahí vivían 1.500. Hoy viven casi 13 millones.
Los números del temor
Esa brecha entre riesgo geológico y exposición humana es un patrón global, y los números lo confirman. Cada año se producen en el planeta más de 500.000 sismos, según estimaciones acumulativas de las redes sismológicas mundiales: la inmensa mayoría son señales que solo detectan los instrumentos.

De ese total, unos 67.000 —el equivalente a 185 por día— superan la magnitud 3, el umbral a partir del cual el movimiento empieza a sentirse. Y apenas 15 por año alcanzan magnitud 7 o más, el rango que la comunidad científica asocia con capacidad destructiva; a eso se suma, en promedio, un sismo de magnitud 8 o superior anual, según el Servicio Geológico de Estados Unidos.

¿Por qué hay tantos? Porque la corteza terrestre nunca deja de moverse: está fragmentada en placas que se rozan, se separan o se hunden unas bajo otras sin pausa, acumulando tensión que tarde o temprano se libera como energía sísmica. La mayoría de esos episodios ocurre en fallas menores o alejadas de zonas pobladas, por eso pasan inadvertidos.

Además, buena parte del salto en la cantidad de sismos catalogados en las últimas décadas no se debe a que la Tierra tiemble más, sino a que las redes de monitoreo mejoraron: hay más sismógrafos, más sensibles y mejor distribuidos, que hoy registran eventos que hace medio siglo pasaban desapercibidos.
Construcción social del desastre
Ese avance en la medición no tuvo un correlato equivalente en la construcción ni en la percepción social del riesgo. Venezuela es un buen ejemplo: la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) registra allí más de mil sismos por año, pero recién los eventos de junio dejaron en evidencia que el 80% de la población vive en zonas de amenaza sísmica elevada.
Encontraron un video de como arranco el terremoto en venezuela
— ElBuni (@therealbuni) June 29, 2026
Se ve como todos los edificios se hacen mierda en menos de 7 segundos, algunos se caen
Duro 45 pic.twitter.com/L7SDFo6odw
El país cuenta con normas de diseño sismorresistente, pero su cumplimiento en la práctica es desigual, y gran parte del parque edilicio urbano se levantó antes de que esas normas existieran o sin control técnico adecuado. De ahí surge una idea que repiten sismólogos y especialistas en gestión del riesgo: los terremotos, en rigor, no matan.
Lo que suele convertir el temblor en tragedia es el colapso de construcciones vulnerables, no la magnitud del sismo en sí misma. Es la lógica detrás de lo que en gestión del riesgo se conoce como la construcción social del desastre: el peligro natural es constante, pero el desastre depende de cuánta vulnerabilidad acumuló la sociedad expuesta a él.
Medir vs. percibir vs. prevenir
Ese contraste entre lo que la ciencia mide y lo que la sociedad percibe es, quizás, la lección más incómoda de estos meses. California ya formó un grupo de trabajo para proteger los ductos y cables que cruzan Cajon Pass, y Southern California Edison invirtió 300 millones de dólares en refuerzo sísmico entre 2016 y 2025: respuesta tardía, pero concreta, a un riesgo conocido hace años.
En Venezuela y Colombia, en cambio, los sismos de este año expusieron otra carencia: alertas tempranas poco operativas y normas de construcción desactualizadas. La lección no es de un solo continente: el modelo que reveló la "puerta sísmica" de Cajon Pass, dice Burkhard, podría aplicarse a fallas similares en Turquía, Nepal o Nueva Zelanda.

Nadie sabe con exactitud cuándo se activará San Andrés, como tampoco nadie anticipó el día exacto de los sismos de Venezuela o Colombia. Pero la ciencia sí puede señalar dónde está cargada la tensión, y esa información marca la diferencia entre un susto y una catástrofe.
Referencia de la noticia
Mellen, R.. Why California's 'Earthquake Gate' Keeps Scientists Up at Night - National Geographic.
Burkhard, L. M. L., Smith-Konter, B. R., Scharer, K. M., & Sandwell, D. T.. Cajon Pass and the Southern San Andreas Fault System: Earthquake Cycle Stress Accumulation and Present-Day Loading". Journal of Geophysical Research: Solid Earth, AGU.
U.S. Geological Survey (USGS). Earthquake Facts & Earthquake Fantasy" / "Why are we having so many (or so few) earthquakes?.