Cada vez menos estrellas: advierten que las megaconstelaciones de satélites cambiarán para siempre el cielo nocturno

La propuesta de SpaceX de lanzar hasta un millón de satélites para centros de datos reaviva las tensiones entre la innovación tecnológica, el impacto ambiental y el futuro del cielo nocturno.

Las megaconstelaciones multiplican la presencia de objetos artificiales en órbita terrestre
Las megaconstelaciones multiplican la presencia de objetos artificiales en órbita terrestre

En una noche despejada, lejos de las luces de la ciudad, el ojo humano puede distinguir, a simple vista, hasta unas 4.500 estrellas. Con algo de paciencia en la contemplación, también se puede ver algún satélite cruzando el cielo.

Actualmente hay más de 10.000 satélites de la red Starlink en órbita, pero el número podría multiplicarse de manera drástica: SpaceX presentó ante la Federal Communications Commission (FCC) un plan para desplegar hasta un millón de nuevos satélites, esta vez como centros de datos orbitales para inteligencia artificial.

Ante este escenario, un grupo de astrónomos liderado por Samantha Lawler, de la University of Regina, en Canadá, publicó un análisis en The Conversation en el que advierte que si estos planes avanzan, se verán más satélites que estrellas desde cualquier lugar del mundo, durante gran parte de la noche y sin importar la época del año.

En condiciones ideales, el ojo humano puede distinguir hasta unas 4.500 estrellas a simple vista.
En condiciones ideales, el ojo humano puede distinguir hasta unas 4.500 estrellas a simple vista.

Para llegar a esta conclusión el equipo modeló distintos escenarios de expansión satelital. En trabajos anteriores ya habían estimado que, con unas 65.000 unidades -sumando proyectos como Starlink, Kuiper, OneWeb y Guowang- uno de cada 15 puntos visibles en el cielo nocturno ya no sería una estrella, sino un objeto artificial.

Un cielo cada vez más concurrido

Hoy ya hay más de 10.000 satélites Starlink en órbita. En condiciones óptimas, pueden verse a simple vista como puntos móviles que cruzan el cielo. Para la astronomía profesional, el impacto es más directo: esas trazas aparecen en imágenes de telescopios y complican la recolección de datos.

El problema no es solo la cantidad, sino también la altura orbital. Según la información preliminar presentada por SpaceX, los nuevos satélites operarían a mayores altitudes, lo que los mantendría iluminados por el Sol durante más tiempo después del anochecer y antes del amanecer. En la práctica, serían visibles durante más horas.

Los satélites reflejan la luz solar y permanecen visibles incluso después del atardecer.
Los satélites reflejan la luz solar y permanecen visibles incluso después del atardecer.

Las simulaciones realizadas por el equipo de Lawler, basadas en datos reales de brillo de satélites existentes, sugieren un escenario extremo: decenas de miles de satélites visibles simultáneamente en el cielo nocturno.

La paradoja ambiental

El argumento detrás del proyecto de SpaceX introduce una de las tensiones más llamativas. Los centros de datos en la Tierra consumen enormes cantidades de energía y agua, y su impacto ambiental viene en aumento. Llevarlos al espacio, plantea SpaceX, podría reducir esa huella.

Pero esa idea abre más preguntas de las que cierra. Segun argumentan los científicos, cada lanzamiento de cohetes implica emisiones y consumo de recursos.

El crecimiento de la industria espacial impulsa una frecuencia de lanzamientos sin precedentes.
El crecimiento de la industria espacial impulsa una frecuencia de lanzamientos sin precedentes.

Además, los satélites no son eternos: muchos reingresan a la atmósfera tras algunos años. Ese proceso ya genera contaminación detectable en capas altas de la atmósfera, y su efecto acumulativo todavía no está del todo comprendido.

A eso se suma el riesgo físico. Según distintos reportes sobre basura espacial, cada día varios objetos reingresan a la atmósfera, y aunque la mayoría se desintegra, algunos fragmentos pueden alcanzar la superficie.

Un desafío de ingeniería sin resolver

Más allá del impacto ambiental, el proyecto enfrenta un obstáculo técnico central: el calor.

Los centros de datos generan grandes cantidades de energía térmica que, en la Tierra, se disipan con sistemas de refrigeración activos que consumen muchísima agua. En el espacio, el problema es más complejo. Sin aire que transporte el calor, la única forma de disiparlo es mediante radiación, un proceso mucho más limitado.

Observar el universo requiere hoy filtrar no solo luz, sino también actividad humana en órbita.
Observar el universo requiere hoy filtrar no solo luz, sino también actividad humana en órbita.

No es un detalle menor. La propia experiencia de SpaceX con sus satélites ofrece una pista: uno de sus primeros intentos por reducir el brillo —un modelo experimental conocido como “Darksat”, con recubrimiento oscuro— terminó con sobrecalentamiento y fallas en los sistemas.

Escalar esa tecnología a centros de datos orbitales, con demandas energéticas mucho mayores, es un desafío que todavía no tiene una solución probada.

Tráfico en órbita

El aumento masivo de satélites también incrementa el riesgo de colisiones. Cada impacto potencial genera fragmentos que, a su vez, pueden provocar nuevos choques en cadena, un fenómeno conocido como síndrome de Kessler.

El espacio cercano a la Tierra no es infinito. Las órbitas útiles —especialmente las más bajas— son un recurso limitado, y su saturación ya es motivo de preocupación entre agencias espaciales y organismos internacionales como la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

Sin embargo, la regulación avanza más lento que la tecnología. La solicitud de SpaceX ante la FCC incluyó información general, pero dejó fuera detalles clave sobre las órbitas exactas, el diseño final de los satélites o los planes concretos para evitar colisiones.

Un conflicto abierto

En los últimos años, astrónomos y empresas trabajaron juntos para mitigar el impacto de las megaconstelaciones. SpaceX, por ejemplo, introdujo modificaciones para reducir el brillo de sus satélites.

Pero la nueva propuesta cambió el enfoque, y para los investigadores, implica retroceder en ese diálogo.

El conflicto expone una tensión más profunda: el espacio como frontera de innovación tecnológica frente al espacio como patrimonio común. Mientras empresas privadas avanzan con proyectos cada vez más ambiciosos, la pregunta sobre quién regula —y en beneficio de quién— queda cada vez más abierta.

En el fondo, la discusión no es solo técnica ni económica. También es política. El cielo nocturno podría dejar de ser un mapa de estrellas para convertirse en una red de infraestructura. Y una vez que eso ocurra, advierten, será difícil volver atrás.

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