Pasar mucho tiempo en el espacio podría cambiar la ubicación del cerebro en el cráneo, según unos científicos
Un estudio con 26 astronautas revela que el cerebro se desplaza hacia arriba y atrás tras pasar tiempo en microgravedad. Los cambios dependen de la duración de la misión y, en su mayoría, se revierten al regresar a la Tierra.

Viajar al espacio es una hazaña tecnológica. También es un desafío biológico.
Las conclusiones fueron presentadas por Rachael Seidler, profesora de Fisiología Aplicada y Kinesiología en la Universidad de Florida, y Tianyi (Erik) Wang, estudiante de posgrado en la misma disciplina y universidad, en declaraciones a The Conversation.
Según explican, la magnitud de estos cambios aumenta cuanto más tiempo permanece una persona en el espacio, un dato clave en momentos en que la NASA proyecta misiones más largas y el turismo espacial deja de ser ciencia ficción.
Un cerebro sin gravedad
En la Tierra, la gravedad ejerce una fuerza constante que empuja los fluidos corporales —y también el cerebro— hacia abajo, en dirección al centro del planeta. En el espacio, esa fuerza prácticamente desaparece. El resultado es conocido por los astronautas: rostros hinchados y una redistribución de líquidos hacia la cabeza.
En condiciones normales, el cerebro, el líquido cefalorraquídeo y los tejidos que lo rodean mantienen un equilibrio estable. La microgravedad altera esa armonía. Sin el tirón gravitatorio, el cerebro “flota” dentro del cráneo y queda sometido a presiones distintas, ejercidas por los tejidos blandos circundantes y por el propio hueso.
Estudios anteriores ya habían observado que, tras un vuelo espacial, el cerebro parecía ubicarse más alto dentro del cráneo. Pero la mayoría analizaba el órgano como un todo. Ese promedio general, advierten los investigadores, podía ocultar cambios relevantes en áreas específicas.
Un análisis región por región
Para afinar la mirada, el equipo analizó resonancias magnéticas de 26 astronautas que habían pasado desde unas pocas semanas hasta más de un año en el espacio. Con el objetivo de medir el movimiento real del cerebro, alinearon el cráneo de cada participante en las imágenes tomadas antes y después del vuelo.
Ese procedimiento permitió comparar cómo se desplazó el cerebro en relación con el cráneo, y no solo en términos absolutos. En lugar de tratarlo como una única estructura, lo dividieron en más de 100 regiones y siguieron el movimiento de cada una por separado.

El patrón fue claro: tras el regreso a la Tierra, el cerebro se había movido sistemáticamente hacia arriba y hacia atrás. Y cuanto mayor había sido la estadía en órbita, mayor era el desplazamiento.
Uno de los hallazgos más llamativos apareció en astronautas que permanecieron cerca de un año en la Estación Espacial Internacional. En ellos, algunas áreas situadas en la parte superior del cerebro se desplazaron más de 2 milímetros hacia arriba, mientras que otras regiones apenas se movieron. Puede parecer una distancia mínima, pero dentro del espacio reducido del cráneo resulta significativa.
Las zonas vinculadas al movimiento y la sensibilidad fueron las que mostraron mayores cambios. Además, ciertas estructuras ubicadas a ambos lados del cerebro se desplazaron hacia la línea media, aunque en direcciones opuestas en cada hemisferio. Al promediar todo el cerebro, esos movimientos se compensan, lo que explica por qué investigaciones previas no los habían detectado con claridad.
Recuperación y desafíos futuros
La buena noticia es que la mayoría de los desplazamientos y deformaciones tendieron a revertirse gradualmente en los seis meses posteriores al regreso a la Tierra. El movimiento hacia atrás, sin embargo, mostró una recuperación menor. Los autores sugieren que esto podría deberse a que la gravedad terrestre tira hacia abajo, pero no hacia adelante, por lo que algunos efectos podrían persistir más tiempo.
De cara al futuro, programas como Artemis obligarán a repensar los riesgos asociados a estancias prolongadas fuera del planeta. Comprender cómo responde el cerebro es esencial para evaluar posibles consecuencias a largo plazo y diseñar contramedidas.
Los investigadores subrayan que sus resultados no implican riesgos inmediatos para la salud ni constituyen una advertencia contra los viajes espaciales. Aunque observaron que mayores desplazamientos en regiones relacionadas con el procesamiento sensorial se asociaban con cambios en el equilibrio tras el vuelo, los astronautas no presentaron síntomas evidentes —como dolores de cabeza o niebla mental— vinculados a la posición cerebral.
En definitiva, saber cómo se mueve y cómo se recupera el cerebro tras la microgravedad ofrece una pieza más del complejo rompecabezas de la fisiología humana en el espacio. Y en una era de exploración renovada, cada milímetro cuenta.
Referencia de la noticia
T. Wang, R.J. Odor, Y.E.D. Dios, E. Mulder, J.J. Bloomberg, S.J. Wood, & R.D. Seidler, Brain displacement and nonlinear deformation following human spaceflight, Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 123 (3) e2505682122, https://doi.org/10.1073/pnas.2505682122 (2026).