Ballenas en Península Valdés: lo que sus viajes cuentan sobre el mar patagónico
En pleno pico de la temporada, las ballenas francas australes vuelven a llenar los golfos de Península Valdés, y este año el Instituto de Conservación de Ballenas cumple 30 años. El seguimiento satelital revela viajes que llegan hasta la Antártida y abre una ventana al estado del mar patagónico, mucho más allá del avistaje turístico.

Cada año, entre el invierno y el comienzo de la primavera, las ballenas francas australes regresan a las aguas protegidas de Península Valdés para aparearse y criar, y agosto y septiembre marcan el pico de la temporada. Vuelven, además, al mismo lugar donde nacieron: un comportamiento llamado filopatría, o fidelidad de sitio, que convierte a estos golfos patagónicos en una verdadera guardería natural. Este 2026 hay un motivo extra para celebrar: el Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) cumple 30 años.
La población que llega a Valdés es una de las más estudiadas del planeta. El monitoreo científico continuo comenzó en 1971, y desde entonces el programa que hoy coordinan el Instituto de Conservación de Ballenas y Ocean Alliance construyó un catálogo de foto-identificación con más de 5.700 historias de vida individuales, reconstruidas a lo largo de más de cinco décadas. La campaña de relevamiento aéreo de este año es ya la número 56.

Pero la parte más asombrosa de la historia no ocurre en la costa, sino cuando las ballenas se van. Gracias a transmisores satelitales, hoy podemos seguir sus viajes casi en tiempo real. El proyecto Siguiendo Ballenas equipó en septiembre de 2025 a 30 ejemplares en el Golfo Nuevo (cada uno bautizado con el nombre de un elemento de la tabla periódica) en lo que ya es su décima temporada.
Viajes de miles de kilómetros, seguidos desde el espacio
El caso más espectacular de esta temporada es el de Radon, una ballena adulta. Tras dejar Valdés, cruzó hasta el lejano Mar de Scotia, bordeó el banco Burdwood, remontó la plataforma sobre el Mar Patagónico hasta la costa de Santa Cruz, descendió a Tierra del Fuego, atravesó el estrecho de Le Maire (entre Península Mitre y la Isla de los Estados) y hoy mantiene rumbo sudeste, en dirección a la Península Antártica.

No es la única. El juvenil Bismuth se alimentó durante más de tres meses al este de las Islas Georgias del Sur y luego nadó más de 1.900 kilómetros sin detenerse de regreso hacia Península Valdés. Aluminium, una madre con su cría, lleva meses alimentándose al sur de las Islas Malvinas. Para dimensionar la escala: una hembra con su cría recorrió más de 10.000 kilómetros en apenas 264 días de seguimiento.
Cuando se superponen todas las trayectorias, aparece un patrón claro. Las ballenas se reproducen en los golfos resguardados de Valdés, pero se alimentan lejos, en las aguas frías y productivas de la plataforma, el talud continental y la cuenca oceánica frente a la Patagonia. Esos mapas son mucho más que una curiosidad: dibujan la geografía del mar que sostiene a la especie.
Lo que las ballenas revelan del océano que las sostiene
Las ballenas no son solo pasajeras de ese océano: también lo fertilizan. Al alimentarse en profundidad y liberar sus desechos cerca de la superficie, redistribuyen nutrientes que alimentan al fitoplancton, la base de toda la cadena alimentaria marina. Los científicos llaman a este mecanismo la "bomba de las ballenas", y explica por qué estos gigantes funcionan como verdaderas ingenieras del ecosistema.

Ese fitoplancton, además, captura dióxido de carbono, lo que conecta a las ballenas con el equilibrio climático global. Y el escenario donde ocurre todo esto (el Mar Patagónico y el Océano Austral) es una de las grandes piezas del sistema climático del planeta: absorbe enormes cantidades de calor y de carbono. La salud y la productividad de esas aguas determinan, en buena medida, si las ballenas encuentran alimento.
Por eso seguir a una ballena es, también, tomarle el pulso al océano. Un animal que cruza medio Atlántico Sur es un sensor vivo de un sistema inmenso, difícil de medir de otra manera. Y ahí se entiende el valor de sostener 30 años de estudio ininterrumpido: sin una base de datos larga y paciente, sería imposible distinguir lo que es normal de lo que empieza a cambiar. Las ballenas de Valdés no son solo un espectáculo de la Patagonia; son una de nuestras mejores ventanas al mar que compartimos.