La Antártida, el espacio exterior, Bélgica y Argentina conectados por el Nobel de Física y un megalaboratorio de hielo
El Nobel de Física 2026 tiene una historia argentina detrás. Y es que un astrofísico nacido en Mendoza trabaja en IceCube, el gigantesco detector de neutrinos en la Antártida y que motivó el premio.

A priori, no hay mucho que puedan llegar a tener en común la Antártida, el espacio exterior, Bélgica, y la provincia argentina de Mendoza. Ni siquiera hay una proximidad geográfica entre cualquiera de estos cuatro puntos.
Sin embargo, en las últimas horas el Premio Nobel de Física 2026 unió estos cuatro escenarios de una manera tan inesperada como atrapante.
Esta semana, la Real Academia de las Ciencias de Suecia entregó el Nobel de Física al científico belga Francis Halzen (82). El investigador fue reconocido por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube, una gigantesca instalación científica ubicada bajo el hielo de la Antártida y que ha revolucionado la astronomía de neutrinos
Y en este mismo megalaboratorio, sumergido en el hielo y a miles de kilómetros de cualquier ciudad, también trabaja el astrofísico y doctor en Física Marcos Santander, nacido en General Alvear, Mendoza, Argentina.

En este impactante escenario del Polo Sur trabajan en la detección, observación y análisis de neutrinos provenientes del cosmos. Se trata de partículas subatómicas capaces de atravesar enormes cantidades de materia y transportar información sobre algunos de los fenómenos más extremos del universo.
Un gigantesco detector escondido bajo el hielo de la Antártida
IceCube es uno de los experimentos científicos más particulados construidos por el ser humano. Está instalado en la Antártida y utiliza el propio hielo como parte fundamental de su sistema de detección.

“IceCube se encuentra en la Antártida, en una superficie completamente de hielo, y se encarga de capturar y analizar partículas subatómicas que vienen del cosmos”, explica Santander en diálogo con Meteored.
El proyecto ocupa aproximadamente 1,5 kilómetros cúbicos en el punto más austral de la Tierra y sus sensores se encuentran distribuidos hasta unos 2 kilómetros de profundidad.
Para construir este laboratorio, los científicos recurrieron a una manguera especial de agua caliente a alta presión para abrir agujeros de entre 2 y 3 kilómetros de profundidad.
Por allí se introdujeron los 86 cables que contienen los 60 detectores de luz -extremadamente sensibles-, y luego la superficie volvió a congelarse, dejando a los sensores atrapados en el hielo.
Este proceso dio como resultado un gigantesco cubo de hielo convertido en detector de partículas.
La detección de "partículas fantasma" por medio de la luz
En el mundo de la ciencia, los neutrinos son conocidos popularmente como “partículas fantasma”, dado que interactúan muy poco con la materia. Pueden atravesar enormes distancias y cruzar grandes cantidades de materia sin prácticamente detenerse.

Esto les permite llegar a la Tierra transportando información desde lugares extremadamente lejanos del universo. Claro que, por esa cualidad, los neutrinos son muy difíciles de detectar.
Pero en el momento en que un neutrino interactúa con la materia, produce partículas secundarias que generan una señal luminosa. Y esos diminutos destellos son captados por los sensores de IceCube.
“Nos permite captar la luz. La idea de IceCube es hacer astronomía, pero en vez de lentes normales utilizamos estos neutrinos para observar. Es la primera vez que se implementa”, señala el investigador mendocino.
Cómo comenzó el proyecto que terminó en un Nobel
Allá por 2009, cuando IceCube daba sus primeros pasos, detectar neutrinos de muy alta energía todavía representaba un enorme desafío y provenían de rayos cósmicos que chocaban con la atmósfera.

Hasta que en 2013 llegó el cambio, cuando consiguió detectar los primeros neutrinos de alta energía. Esta novedad abrió la puerta a la posibilidad de utilizarlos como una herramienta completamente nueva para estudiar el cosmos.
Y precisamente a partir de la detección de neutrinos de alta energía de origen astrofísico y el desarrollo de IceCube como observatorio comenzó a gestarse el reconocimiento a Halzen, que llegó a su punto cúlmine con el Nobel de Física 2026.

La técnica permite investigar fenómenos extremadamente violentos del universo, como explosiones estelares y otras fuentes cósmicas.
“(Halzen) lo merece mucho y viene trabajando en esto desde hace más de 40 años. Estoy muy orgulloso de él en particular y de todo el camino realizado. Pudimos terminar el observatorio en la Antártida y operarlo”, comenta Santander.
Otro inesperado vínculo de Mendoza con el Nobel
Pero la historia que vincula al Nobel con el espacio, la Antártida, Argentina y Bélgica tiene otro capítulo. Porque el mismísimo Halzen también pasó por Mendoza.

El científico belga estuvo en Malargüe en 2023, como parte de la evaluación internacional del observatorio de rayos cósmicos Pierre Auger. Su participación se produjo en el proceso que permitió que el observatorio continuara funcionando y tomando datos durante otra década.
El observatorio de Malargüe detecta rayos cósmicos, partículas subatómicas que llegan desde el espacio, mientras que IceCube busca, principalmente, neutrinos.En ambos casos, los científicos no ven directamente la partícula que llega desde el cosmos. Detectan las señales que produce cuando interactúa con la materia.