Una mancha salada en el fondo del océano pudo frenar el calentamiento global hace 20.000 años
Hace 20.000 años, una anomalía en las profundidades del océano Índico pudo cambiar el ritmo del calentamiento global. Un estudio reconstruye cómo una masa de agua hipersalina actuó como caja fuerte de carbono cuando el planeta salía de la última glaciación.

Durante miles de años, el clima de la Tierra no solo se definió en la atmósfera. Mientras los glaciares avanzaban y retrocedían en la superficie, algo mucho menos visible ocurría a varios kilómetros bajo el nivel del mar. En la oscuridad del océano Índico, una masa de agua extremadamente salada quedó atrapada como una cápsula del tiempo. Y ese detalle químico, casi invisible, pudo marcar la diferencia entre un planeta que se calentaba rápido y uno que todavía resistía el cambio.
El hallazgo surge de una investigación liderada por geocientíficos marinos de la Universidad de Rutgers, publicada en Nature Geoscience. Allí, el equipo encontró evidencia de que el final de la última edad de hielo, hace entre 18.000 y 20.000 años, coincidió con la aparición de una “mancha salada” proveniente de las profundidades oceánicas.
El océano como bóveda de carbono
Aunque nos preocupa el aire, el verdadero almacén de carbono está en el agua. El océano absorbe la mayor parte del CO2 del planeta y lo guarda en sus profundidades como si fuera una caja fuerte, evitando que el calor se dispare.
El proceso es fascinante: los organismos marinos atrapan carbono de la superficie y, al morir, se hunden con él. Durante las eras de hielo, la circulación del océano se vuelve más lenta, especialmente en el Hemisferio Sur. Esto permite que las aguas profundas retengan ese gas por milenios, ayudando a enfriar el mundo.
Sin embargo, para que este sistema funcione y el carbono no "escape" de nuevo a la atmósfera, no basta con que el agua esté fría. La clave de esta estabilidad reside en la salinidad, que determina qué tan pesada es el agua y qué tan profundo puede esconder sus secretos.
Microfósiles, sal y memoria oceánica
Desde hace décadas, los científicos sospechaban que la salinidad de las aguas profundas estaba vinculada a los cambios de dióxido de carbono atmosférico a lo largo de los ciclos glaciales. Lo que faltaba era una prueba directa. Esa prueba apareció en forma de microfósiles.
El equipo analizó foraminíferos, organismos unicelulares del tamaño de un grano de arena cuyos caparazones conservan la química del agua en la que vivieron. Es una forma de leer la memoria del océano en miniatura. Los sedimentos se recolectaron frente a la costa occidental de Australia, en el límite entre el océano Índico y el Austral, una región estratégica para la circulación global.

Los registros mostraron algo inesperado: al inicio de la última desglaciación, las aguas profundas del alto océano Índico se volvieron repentinamente mucho más saladas durante varios miles de años. No se trató de un pico aislado ni de ruido estadístico. Fue una señal persistente, acompañada por otras huellas geoquímicas que indicaron un origen profundo.
Esa masa de agua hipersalina, más densa de lo normal, reforzó la estratificación del océano. En términos simples: cerró la puerta. El dióxido de carbono quedó atrapado en las profundidades durante más tiempo, y el planeta se mantuvo más frío de lo que habría estado sin ese refuerzo químico.
Durante el pico de la última edad de hielo, hace unos 20.000 años, las profundidades oceánicas almacenaron carbono de manera mucho más eficiente que hoy. Esa diferencia ayuda a explicar por qué las temperaturas globales promedio fueron significativamente más bajas, incluso cuando otros factores empezaban a empujar hacia un calentamiento.
Cuando la mancha salada subió, el clima cambió
Ese sistema, sin embargo, no era eterno. A medida que el clima empezó a cambiar, la circulación oceánica se aceleró. Las capas profundas comenzaron a mezclarse y la mancha salada, que llevaba siglos atrapada, empezó a emerger.
Los datos muestran que ese aumento de salinidad coincidió con un “envejecimiento” del agua profunda: una señal clara de intercambio con masas más antiguas, ricas en sal y carbono. Según los modelos, parte de esa reorganización habría influido incluso en el Atlántico, intensificando la formación de aguas profundas y empujando a la circulación global hacia el patrón actual.
El resultado fue conocido, aunque no inmediato: el dióxido de carbono comenzó a liberarse a la atmósfera, el planeta se calentó y la era glacial quedó atrás.
Hasta acá, la historia parece un capítulo del pasado remoto. El problema es que también habla del presente. Hoy, los océanos absorben aproximadamente un tercio de las emisiones de carbono generadas por la actividad humana. Son nuestro mayor aliado frente al cambio climático. Pero ya no existe esa mancha salada profunda que ayudaba a enterrar el CO₂ durante milenios.
Saber esto nos obliga a mirar hacia abajo, hacia la oscuridad de las profundidades y nos deja una lección clara: el clima de la Tierra es un sistema de mecanismos finos e interconectados, muchos de ellos ocultos. Descubrir cómo funcionaron en el pasado es la única forma de predecir qué podría romperse -o qué podríamos romper- en el futuro que estamos creando.
Referencia de la noticia
Glaubke, R.H., Sikes, E.L., Sosdian, S.M. et al. Elevated shallow water salinity in the deglacial Indian Ocean was sourced from the deep. Nat. Geosci.