Seres vivos “inmortales”: este es el truco que utilizan los árboles para vivir miles de años

Revelamos el truco biológico de los árboles milenarios, una combinación de crecimiento lento, protección del genoma y una regeneración celular perpetua. Veamos cómo lo logran.

Seres vivos “inmortales”: este es el truco que utilizan los árboles para vivir miles de años. Créditos: MYL Studio
Seres vivos “inmortales”: este es el truco que utilizan los árboles para vivir miles de años. Créditos: MYL Studio

La búsqueda de la longevidad extrema ha fascinado a la humanidad desde tiempos inmemorables, pero mientras nuestra especie lucha por alcanzar un siglo de existencia, el reino vegetal ha perfeccionado estrategias para burlar al tiempo durante milenios.

Determinados árboles pueden atravesar cinco mil inviernos y seguir fotosintetizando de manera perfecta. No es magia ni la “fuente de la juventud” vegetal: es una combinación de fisiología lenta, arquitectura modular y una biología del recambio que, en plantas funciona a una escala que los animales no tenemos.

Nos interesa descubrir cómo determinados árboles logran vivir en el planeta Tierra por miles de años, cómo administran la energía y atraviesan y se recuperan de situaciones ambientales extremadamente hostiles.

En rincones remotos de la Tierra, ejemplares como el pino Bristlecone llamado Matusalén, o el milenario Ginkgo biloba, no solo sobreviven, sino que mantienen una vitalidad asombrosa que desafía nuestras concepciones biológicas sobre el envejecimiento.

La ciencia moderna ha comenzado a desentrañar los mecanismos moleculares que permiten a estos gigantes mantener sus células madre siempre jóvenes y sus sistemas inmunológicos en alerta máxima.

Vamos a explorar los descubrimientos más recientes en fisiología vegetal sobre por qué para ciertos árboles la muerte no es un destino programado, sino un accidente externo que puede evitarse mediante trucos biológicos fascinantes.

Pino Matusalén: metabolismo en “modo ahorro”

El caso emblemático es el pino longevo Pinus longaeva apodado “Matusalén”, fechado por dendrocronología en alrededor de 4850 años al momento de su datación clásica, y aún vivo hoy. Su sola existencia es un recordatorio de que la longevidad extrema es posible, sobre todo cuando la vida ocurre en ambientes donde crecer rápido no es una opción.

En árboles de alta montaña o suelos pobres, la disponibilidad de agua y nutrientes limita el crecimiento. Esa lentitud tiene consecuencias biológicas: menor demanda energética sostenida, menos “estrés metabólico” y, en términos generales, menos oportunidades para que errores bioquímicos y daños se acumulen con rapidez.

En resumen, para estos árboles una vida menos intensa puede ser una vida más larga. El árbol aplica una estrategia austera, invierte en mantenimiento y resistencia, no en velocidad de crecimiento

Este principio no implica invulnerabilidad, sino que el árbol paga el precio de la permanencia con una estrategia austera, invierte en mantenimiento y resistencia, no en velocidad de crecimiento. Y, en el balance evolutivo, esa “economía de recursos” puede estirar el reloj biológico durante siglos o milenios.

Morir por partes: la ventaja de un cuerpo modular

En animales, la muerte suele ser un evento relativamente rápido porque depende del colapso de sistemas integrados: si fallan órganos clave, el organismo entero se apaga. En plantas, la historia es distinta, la muerte puede ser gradual, distribuida y, a veces, compatible con seguir viviendo “en otra parte” del mismo cuerpo.

Un árbol puede perder grandes ramas, sufrir daños por viento, hielo o rayos y aun así conservar tejidos activos que sostienen funciones esenciales. Lo vegetal tolera la amputación de módulos (ramas, brotes, sectores del tronco) sin que eso equivalga necesariamente a un final inmediato.

Esa modularidad se vuelve aún más impresionante cuando aparece el clonado natural. El ejemplo célebre es Pando, una colonia de Populus tremuloides en Utah; muchos troncos visibles comparten un mismo sistema de raíces interconectadas, de modo que el “bosque” puede comportarse como un solo organismo que renueva sus partes aéreas a lo largo del tiempo.

Para ciertos árboles la muerte no es un destino programado, sino un accidente externo que puede evitarse mediante trucos biológicos fascinantes.

Las edades estimadas para este tipo de organismos clonales varían según el método, y esa incertidumbre es parte de la ciencia. Los enfoques genéticos recientes intentan acotar el rango y, además, entender cómo un individuo tan antiguo evita que el daño genómico lo degrade.

Un árbol puede perder grandes ramas, sufrir daños por viento, hielo o rayos y aun así conservar tejidos activos que sostienen funciones esenciales. Créditos: MYL Studio
Un árbol puede perder grandes ramas, sufrir daños por viento, hielo o rayos y aun así conservar tejidos activos que sostienen funciones esenciales. Créditos: MYL Studio

Otro ejemplo notable es el abeto noruego Old Tjikko, cuyo sistema radicular ha perdurado por más de 9500 años, o las praderas de Posidonia oceanica que podrían superar los 100 mil años de antigüedad. Estas estrategias clonales demuestran que el verdadero truco para vivir miles de años no siempre reside en la fortaleza de un solo tronco, sino en la capacidad de un genotipo para expandirse y reinventarse perpetuamente bajo el suelo.

Fabricar “repuestos” constantemente: meristemo

Tejidos con células indiferenciadas capaces de dividirse y generar nuevos órganos durante toda la vida, eso es el meristemo. Esa reserva de “células con potencial” permite que una planta repare, regenere y reconfigure su cuerpo de manera continua.

Los animales también tenemos células madre en ciertos tejidos, pero en general están orientadas a mantenimiento local, no a reemplazar de forma masiva y permanente órganos enteros. En cambio, en plantas, la capacidad de generar nuevo tejido a partir de meristemos es un rasgo estructural del organismo, no un parche. Por eso la propagación clonal y el cultivo in vitro son posibles: la biología vegetal ya trae incorporada esa plasticidad.

El árbol aplica una estrategia austera, invierte en mantenimiento y resistencia, no en velocidad de crecimiento.
El árbol aplica una estrategia austera, invierte en mantenimiento y resistencia, no en velocidad de crecimiento.

En árboles, el cambium vascular (un meristemo lateral) es crucial: produce xilema y floema secundarios año tras año, y sostiene el engrosamiento del tronco durante periodos larguísimos.

En el Ginkgo biloba, un estudio con individuos de hasta cientos de años observó que, aunque cambian ritmos y capas celulares, no aparece una “senescencia” (que es un proceso biológico de envejecimiento celular, en el que las células detienen su división de manera irreversible, pero permanecen metabólicamente activas en el tejido), evidente a nivel del organismo completo; más bien se ve un reacomodo hacia mantenimiento y defensa.

Muchos troncos visibles comparten un mismo sistema de raíces interconectadas, de modo que el “bosque” puede comportarse como un solo organismo que renueva sus partes aéreas a lo largo del tiempo.
Muchos troncos visibles comparten un mismo sistema de raíces interconectadas, de modo que el “bosque” puede comportarse como un solo organismo que renueva sus partes aéreas a lo largo del tiempo.

Ese giro hacia defensa no es menor: en los ejemplares más viejos se reportan patrones de expresión vinculados a resistencia y metabolitos protectores, como si el árbol, con la edad, priorizara blindar su integridad antes que maximizar crecimiento. Esa podría ser una de las claves funcionales de “llegar lejos” sin colapsar.

Tolerancia al estrés: custodiar el genoma durante siglos

Hay un desafío teórico famoso entre los científicos, en las plantas no existe una “línea germinal” segregada de manera temprana como en muchos animales; por eso, mutaciones somáticas podrían terminar en células reproductivas. Si un árbol vive tantos siglos, se debate si no debería acumular errores genéticos.

Las mutaciones somáticas son alteraciones en el ADN de células no germinales. Estas mutaciones no se heredan, ocurren esporádicamente durante la vida o por factores ambientales, y son una causa clave de enfermedades (como el cáncer en animales, el envejecimiento y diversas malformaciones, provocando mosaicismo genético en los tejidos afectados).

Una pieza importante del rompecabezas vino de un roble de 234 años, al comparar genomas de ramas terminales, se encontró un número bajo de mutaciones somáticas “fijadas”, lo que sugiere que las células madre de los meristemos estarían protegidas frente a la acumulación de errores. No todas las células del árbol están igual de expuestas, y los nichos que sostienen el crecimiento a largo plazo parecen tener mecanismos de resguardo.

La longevidad extrema también exige tolerar estrés ambiental crónico. Los árboles longevos que no solo “viven lento”, también reorganizan y regulan su biología molecular para resistir calor, sequía y escasez.

Mirado en conjunto, el “truco” vegetal no es una única receta: es un paquete de estrategias que combinan recambio continuo (meristemos), tolerancia a la pérdida (modularidad), prudencia energética (crecimiento lento) y custodia del genoma (protección de nichos celulares, regulación epigenética y defensas).

En un planeta que cambia tan rápido como el planeta Tierra, entender esas tácticas es una pista sobre qué condiciones ecológicas hacen posible la longevidad, y cuáles podrían apagarla.

Referencias de la noticia

De Pascua, et al. "Ancient mountain pines are biodiversity anchors with a unique physiology". PNAS. 5 de febrero del 2024.

Richard Dixon, et al. "Secret of Longevity in Ginkgo Biloba Trees". University of North Texas Research News. 2 de febrero del 2020.

Luis F. García del Moral Garrido. "Matusalén y la inmortalidad en el mundo vegetal". The Conversation. 2026.

Rozenn M. Pineau, et al. "The somatic genetic structure of Pando, the world’s largest plant". PMC 2024.