Europa prohíbe quemar ropa nueva a las empresas del sector: el armario entra en la batalla climática

La Unión Europea veta la destrucción de prendas y calzado sin vender y obliga a las empresas a apostar por la reventa, la donación y la reutilización. Una decisión que conecta economía circular y crisis climática.

Gran parte de la ropa desechada por las grandes marcas terminan en lugares tan remotos como el desierto de Atacama, en el norte de Chile. Imagen. CC
Gran parte de la ropa desechada por las grandes marcas terminan en lugares tan remotos como el desierto de Atacama, en el norte de Chile. Imagen. CC

La escena es incómoda: toneladas de ropa nueva, jamás estrenada, trituradas o incineradas para proteger márgenes y marcas. Esa práctica, habitual en la industria textil, acaba de recibir un freno histórico. La Unión Europea aprobó normas que prohíben a las empresas destruir ropa y calzado nuevos no vendidos, como parte de una estrategia más amplia para hacer los productos más duraderos, reparables y circulares, tal como indica la plataforma oficial de economía circular de la Comisión Europea.

Cerca del 35 % de los microplásticos marinos procede del lavado de fibras sintéticas como poliéster o nylon, ampliando el problema más allá de la atmósfera. En términos absolutos, la moda emite aproximadamente 1,2 gigatoneladas de CO2 al año.

El veto se implementa a través de actos Delegados y de Ejecución de la Ecodesign for Sustainable Products Regulation (ESPR), en vigor desde julio de 2024, según explica la publicación especializada Asuene. La norma prohíbe la destrucción de existencias de ropa, accesorios textiles y calzado sin vender, salvo excepciones justificadas por motivos de seguridad o productos dañados, bajo supervisión de las autoridades nacionales.

En lugar de quemar o triturar stock, la Comisión Europea impulsa alternativas claras: reventa, reacondicionamiento, donación y reutilización, tal como detalla la propia Comisión. El calendario ya está definido: las grandes empresas deberán cumplir la prohibición a partir del 19 de julio de 2026, y las medianas se incorporarán en 2030, incluyendo también obligaciones de transparencia sobre productos no vendidos.

Un problema que humea: residuos y CO2 invisibles

La magnitud del desperdicio es difícil de ignorar. Cada año en Europa se destruye entre el 4 % y el 9 % de los textiles sin vender, antes de que nadie los use, según indica la Comisión Europea. Ese gesto aparentemente “contable” tiene consecuencias atmosféricas: la destrucción de ese stock genera alrededor de 5,6 millones de toneladas de CO2 anuales, una cifra comparable a las emisiones netas totales de Suecia en 2021, según recoge ESG News.

A escala global, el problema es aún más inquietante. Se estiman unas 92 millones de toneladas de residuos textiles al año en el mundo, equivalente a un camión de ropa vertido o incinerado cada segundo, tal como señalan datos recopilados por Business Waste y citados en diversos informes sectoriales. Si la tendencia no cambia, la basura textil podría escalar hasta entre 134 y 148 millones de toneladas anuales hacia 2030, según estadísticas globales difundidas por Rawshot.

Desde la óptica meteorológica, estos números no son abstractos. Cada tonelada incinerada implica energía fósil consumida, emisiones liberadas y presión adicional sobre un sistema climático ya tensionado por récords de temperatura, olas de calor más frecuentes y eventos extremos más intensos.

Fast fashion y clima: por qué importa al pronóstico del futuro

La industria de la moda es responsable de alrededor del 10 % de las emisiones globales de CO2, más que la aviación internacional y el transporte marítimo combinados, tal como explica Business of Fashion citando estudios sectoriales. En términos absolutos, la moda emite aproximadamente 1,2 gigatoneladas de CO2 equivalente al año, según el Climate Council.

El impacto no se limita al momento de tirar la prenda. Aproximadamente dos tercios de la huella de carbono de una pieza de ropa se concentran en la producción de fibras, el procesado y el tintado, procesos altamente intensivos en energía y agua. Además, cerca del 35% de los microplásticos marinos procede del lavado de fibras sintéticas como poliéster o nylon, ampliando el problema más allá de la atmósfera.

En un contexto en el que se producen entre 80 y 100 mil millones de prendas nuevas al año y el consumo de ropa se ha multiplicado por cuatro en dos décadas, la decisión europea marca un punto de inflexión. No resuelve el problema por sí sola, pero introduce una señal potente: el armario también es política climática. Y en un mundo donde anticipar riesgos es clave, desde una helada hasta una cadena de suministro interrumpida por inundaciones, cada tonelada de CO₂ evitada es, también, una forma de pronosticar un futuro más estable.

Referencia de la noticia

Martyna Solis, Davide Tonini, Charlotte Scheutz, Loredana Napolano, Fabrizio Biganzoli, Dries Huygens, Contribution of waste management to a sustainable textile sector, Waste Management, Volume 189, 2024, Pages 389-400, ISSN 0956-053X, https://doi.org/10.1016/j.wasman.2024.08.037